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Una tumba en Mallorca

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Hay una tumba en Mallorca que quiero visitar. No es que yo sea un gran visitador de tumbas, pero, de vez en cuando, me apetece visitar alguna. Quise visitar la tumba de Pessoa en Lisboa. Supuse que estaría en el cementerio Dos Prazeres, un nombre precioso, ya que es el cementerio más cercano a una de sus últimas casas en la Rua Coelho Rocha. Estaba equivocado, pero eso me permitió conocer un bonito cementerio con tumbas que parecen casitas de muertos y su monumento a los aviadores. No fue hasta mi segundo viaje a Lisboa que pude visitar la tumba de Pessoa, en un rincón del claustro del Monasterio de los Jerónimos.

También quise visitar la tumba de Machado en Colliure, tras pasar frente a su casa de Segovia. En el pequeño cementerio de ese pueblo azotado por el viento, arropada por la bandera republicana, rodeada de tumbas con apellidos catalanes, a los pies de los cipreses y a la sombra del castillo que perteneció a la Reina de Mallorca, la tumba del poeta se sonroja abrumada por las flores, versos y recordatorios que los visitantes dejan sobre su lomo.

Fotografía en blanco y negro de Robert Graves

La tumba que deseo visitar ahora es la de Robert Graves, en Deià, Mallorca, en el cementerio del pueblo, en lo alto de una sierra, orientado a poniente, donde viven las Hespérides. Conocido sobre todo por sus novelas, Graves se describió siempre como poeta. Es un poeta incómodo para críticos y antólogos. De alguna forma, ni José María Valverde en su Historia de la literatura universal  —la de casa de mis padres— ni su coetáneo Connolly, angloirlandés como él, pueden obviarlo, pues lo citan, pero tampoco consideran que deban detenerse en él más de dos o tres palabras. Graves no creía en las escuelas, los períodos, los movimientos ni nada que se le pareciese. La poesía era eterna y no dependía de las modas o los tiempos.

Si algo he admirado siempre de Pere Gimferrer es su desfachatez. En alguna parte de Una tarde en el Ritz, Gimferrer explica cómo, aprovechando que hacía la mili en Mallorca, se acercó a visitar a Graves en su casa, sin conocerlo de nada. Lo encontró, según recuerdo, sentado a una mesa de olivo, en el jardín o huerto de la casa, escribiendo. Sobre la mesa, solo había libros griegos o latinos y diccionarios etimológicos. Es famosa la frase de Graves en la que aconseja utilizar solo aquellas palabras que hayan sido escritas antes al menos medio millón de veces. Semejante actitud en un momento en el que la poesía y el arte en general estaban en plena revolución puede ser la causa de que el poeta Graves haya sido oscurecido por el novelista Graves. Un encuentro recordado en Adiós a todo eso, la autobiografía de Graves, parece ilustrar su relación con la poesía contemporánea. T. E Lawrence —sí, Lawrence de Arabia para sus enemigos— le presentó a Ezra Pound en Oxford, poco después de la guerra, y lo hizo con esta fantástica fórmula: «Robert Graves, Ezra Pound… Estoy seguro de que se detestarán». Lawrence fue profético, pues Graves llegó a pedir la pena de muerte para Pound después de la Segunda Guerra Mundial, en contraste con su defensa de Sigfried Sassoon cuando este desertó en la Primera Guerra Mundial.

Graves se hizo famoso con su autobiografía mencionada, donde no ahorraba el horror de las trincheras y con su gran novela Yo, Claudio. Desde entonces se le considera un novelista especializado en el género histórico. Pero por lo menos tres de las mejores novelas de Graves no pertenecen a lo que consideramos «novela histórica». En 1948, Graves publica La diosa blanca, un complejo ensayo sobre la inspiración poética. Será decisivo, pues toda esta teoría atravesará la obra de Graves, en verso o en prosa, de ficción o no ficción. Como he dicho, ni Rey Jesús, ni El vellocino de oro, ni La hija de Homero, son novelas históricas al uso; son las novelas de un polemista, que aplica su teoría poética para reinterpretar los mitos. No sé si Graves inventó el concepto iconotropía o simplemente fue el más brillante utilizándolo. La iconotropía consiste en la reinterpretación sistemática de los mitos en un sentido generalmente hostil al original. Le servía a Graves para explicar cómo la Gran Diosa original había sido sustituida por cultos patriarcales y cómo los mitos «oficiales» habían desplazado a los «originales». No solo escribió novelas polémicas, sino ensayos polémicos.

Entre 1961 y 1965 ocupó la Chair of Poetry de Oxford, coincidiendo con J. R. R. Tolkien como profesor de anglosajón. En esos años, más o menos, publica sus ensayos Los mitos hebreos, en colaboración con Raphael Patai, y Los mitos griegos. Son ensayos polémicos, con afirmaciones chocantes y muy documentadas. Pero que nadie espere método científico en Graves, eso no le interesa en absoluto; el método de Graves es el siguiente: «Cuando existen dos versiones contradictorias del mismo mito, elijo aquella que es poéticamente más consistente». Graves no es filólogo, ni antropólogo, ni arqueólogo; es poeta, y como tal conoce el mundo. Cuando nos dice que las tumbas de los reyes de Zimbawe son del tipo colmena, como las de los reyes micénicos, y que en las tumbas de Zimbawe se entierran el epidídimo y la espina dorsal del rey para que emitan oráculos y que, por tanto, así debía de ser en Micenas, lo hemos de tomar como una sugerencia poética. O cuando asimila el pharmakos al Rey Sagrado que debía ser sacrificado anualmente, podemos oponerle a René Girard con su Veo a Satán caer como el relámpago, en la que explica de manera mucho más convincente cómo el pharmakos, o chivo expiatorio, solía ser extranjero o alguien sin poder, que era divinizado después de ser asesinado. O echarle un vistazo a los aztecas, cuya religión precisaba un sacrificio diario. Siempre se sacrificaban prisioneros de guerra. Sin embargo, algunas veces logra sorprendentes aciertos, como establecer la relación entre Micenas y Palestina —el habla de la tribu de Dan—, cosa que algunos hallazgos arqueológicos han confirmado.

Si tuviera que aislar el núcleo del talento de Graves, a lo Harold Bloom, sin atreverme a llamarlo genio, me fiaría de la elección de un gran lector, Jorge Luis Borges. Para su Biblioteca Universal, Borges eligió precisamente Los mitos griegos entre todas las obras de «este hombre diversamente admirable». Así, Graves sería un ensayista poético, pues su teoría de la poesía, el servicio y culto a una Diosa que es muchas Diosas, cuyo siervo sufriente aspira toda la vida a ser coronado por ella y morir, dirige toda su obra. Y como dijo él en uno de sus poemas, el título de poeta solo se consigue con la muerte. Y poeta es el único título que adorna su tumba.

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