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Una sonrisa, por favor. Biografía inacabada de Jean Rhys

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Decía Andy Warhol que nada daba tan buen resultado como el objeto inadecuado en el lugar apropiado. Jean Rhys pertenecía tanto a este mundo como un meteorito: nacida en Dominica, en las Antillas, de padre galés y madre criolla, quiso marcharse a Inglaterra, en la adolescencia, seducida por todos los libros que había leído, sin caer en la cuenta de que en Inglaterra hacía frío, ya que ninguno de esos libros lo mencionaba. El choque con un país gris, de calles grises y gente gris y terriblemente frío conmocionó de tal manera a la joven antillana que nunca se recuperó. Con ochenta años seguiría echándole en cara a Inglaterra y los ingleses estas mismas cosas.

9788426417473-una-sonrisa-por-favorAbandonó los estudios y a su tía Clarice para dedicarse al teatro; fue actriz hasta que se dio cuenta de que el público la aterrorizaba. Llegó a trabajar como corista de gira permanente por el norte de Inglaterra y como extra cinematográfica para sobrevivir. Tuvo un affaire con un hombre rico y de buena posición que al abandonarla la sumió en la desesperación y cuyos cheques mensuales, a los que no podía renunciar, la humillaban.

Su epifanía como escritora está contada de manera conmovedora en su autobiografía inconclusa Una sonrisa, por favor (Lumen, 2009): un día de Navidad, en un mísero apartamento de Bloomsbury, tiene intención de tomarse toda una botella de ginebra y saltar por la ventana cuando viene a visitarla una amiga de sus tiempos de corista. Le trae unas zapatillas rojas como regalo. Cuando Jean le explica lo que estaba a punto de hacer, la otra contesta «Pero, querida, no podrías. Este piso no es lo suficientemente alto», y acto seguido la convence para que se mude a Chelsea. Cuando va a una tienda para comprar cuatro chucherías para decorar su nuevo cuarto también compra, sin saber por qué, plumas y cuadernos. De vuelta a casa, empieza un trance de diez días con sus noches en los que escribe sin parar todo lo que le ha pasado desde que llegó a Inglaterra, el teatro, su vida de corista, la historia con su amante, con tal vehemencia que provoca las quejas del resto de los huéspedes. A partir de entonces sabrá que hay algo en lo que puede volcar toda su extrañeza y tristeza, su insólita percepción de lo que la rodea.

Me permito una digresión aquí: me parece fascinante pensar que Jean Rhys y Virginia Woolf fuesen vecinas en Bloomsbury, aunque ninguna supiera nunca nada de la otra. Es muy estimulante imaginar un té o un picnic entre Virginia y Jean, Jean y Virginia, tan dolorosamente sensibles ambas, tan suspicaces y huidizas; los tentáculos de una chocando contra las antenas de la otra. Probablemente, un desastre, un apenas dirigirse la palabra o una colección de silencios a punto de romperse. Virginia sería para Jean demasiado inglesa y Jean para Virginia demasiado sentimental y caótica. Fin del inciso.

Casada con el escritor, poeta, espía y contrabandista Jean Lenglet, lo acompaña a vivir a Viena y París recién acabada la Primera Guerra Mundial. Tienen un hijo que muere a las tres semanas de vida. Tienen una niña. Malviven en el París dorado de los años veinte. Jean traduce unos textos de su marido para venderlos a algún períodico inglés. Allí le preguntan si también ella escribe y sin pensarlo entrega sus cuadernos. Llegan a manos de Ford Madox Ford, por entonces director de la Transatlantic Review, quien enseguida reconoce en ellos el talento de una escritora original y los publica. Lenglet entra en prisión por un turbio asunto de contrabando y Ford se convierte en amante de Jean con la anuencia de Stella Bowen, su mujer, que lo consideraba una experiencia positiva para el arte de su marido.

De aquel lío a cuatro Jean Rhys sacaría el material de su primera novela, Cuarteto. Si éste llegó a publicarse fue gracias a la insistencia del agente literario Leslie Tilden Smith, que acabaría por convertirse en su segundo marido. Gracias a su paciencia y su comprensión —y a su confianza en el talento de Jean— ella pudo publicar Después de dejar al señor MacKenzie (1930), Viaje a la oscuridad (1934) y Buenos días, medianoche (1939). Él le brindó apoyo y le consiguió contratos; ella le regaló a él arañazos y ojos morados, jarrones y máquinas de escribir rotas, cada vez más lejos por el alcohol y hacia la locura. Al estallar la Segunda Guerra Mundial el hombre se incorporó con alivio al servicio activo; ella lo seguiría por las poblaciones donde se acuartelaba, siempre discutiendo con los vecinos, siempre perseguida y criticada por aquellos odiosos ingleses que la despreciaban. Leslie moriría de un ataque al corazón en 1944.

Max, el tercer marido de Jean, no tenía ni idea de literatura y además estaba enfermo: ella se dedicó a sobrevivir y cuidarlo y el mundo olvidó que una vez hubo una escritora llamada Jean Rhys. Hasta que un lector de la editorial Andre Deustch, Francis Windham, encontró los antiguos libros de Jean y quedó fascinado. Casi al tiempo se publicó el siguiente anuncio en el New Statement:

«Se ruega a Jean Rhys o cualquiera que conozca su paradero tenga la amabilidad de ponerse en contacto con Shasha Moorson, departamento de programación de la BBC, en relación con una futura emisión en el Tercer Programa de Buenos días, medianoche».

La encontraron cuidando de su marido en Devon, en una casita destartalada. Y descubrieron, además, que Jean había seguido escribiendo y que había tenido una idea locamente maravillosa: explicar la historia de la esposa loca de Jean Eyre, desde su punto de vista. Aun incompleta, Ancho mar de los sargazos entusiasmó a los de la editorial André Deustch. Tuvieron que esperar a que muriera Max y a que la propia Jean sobreviviese a un infarto —y a que un sueño le revelase que debía entregar la novela— para publicarla. Fue en 1966 y fue como la erupción de un volcán dormido: el mundo por fin conoció a Jean Rhys; tuvo un grán éxito de crítica y público, arrastró tras de sí la publicación de todas sus novelas —excepto Cuarteto— y dos volúmenes de cuentos: Los tigres son más hermosos y Que usted la duerma bien, señora. La autobiografía Una sonrisa, por favor, se publicó inacabada tras su muerte.

Pero antes, como Dios es el más grande de los humoristas, Jean Rhys fue nombrada Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico por aquellos mismos ingleses «que guardaban un puñal debajo de la lengua para herirme».

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