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Un perfecto transvase de pintura a poesía

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Enrique Darriba: un Rimbaud de la pintura

Conocí a Enrique Darriba justo después de la muerte de mi padre. Marceliano, que así se llamaba mi progenitor, había estado luchando contra un cáncer durante un año pero alea jacta era. De pronto me vi convertido en un adolescente desnortado en aquel barrio del sur de Madrid, Zarzaquemada, sito en Leganés, y que lindaba con el descampado y los polígonos industriales. Por fortuna, desde aquel septiembre de 1981, Enrique Darriba pasó a ser no mi padrastro, pero sí mi hermano, mi par, Captain, oh my captain!.

Tengo que admitir que antes de conocerlo, no me caía bien. Y me explico. Había oído hablar de él dos años atrás a través de un vecino, Gordillo, mi peluquero, que en paz descanse (cuando se murió de tristeza en 2010, empecé a quedarme calvo). Afirmaba que Darriba era una suerte de Pablo Picasso destinado a superar al mismo genio de Málaga. Además, el nuevo Picasso también escribía poesía y había ganado un premio convocado por el Ministerio de Educación con un ensayo sobre los últimos días de Francisco de Quevedo.

Años después, Darriba me confesaría que yo tampoco le caía bien antes de conocerme. El citado Gordillo le había hablado de que yo era un gran escritor. ¡Rivalidad típica de egos periféricos!

Enrique Darriba

Un día tuve la oportunidad de asistir a la inauguración de una exposición de jóvenes talentos pepineros (llámase así a los naturales de Leganés), donde se exponía, según rezaba el folleto de la muestra, «un magnífico bodegón del pintor prodigio Enrique Darriba». Como tuve oportunidad de comprobar, técnica tenía para aburrir, pero no había nada personal en dicho cuadro, mientras que «mi poesía no le debe nada a modelos anteriores», pensaba para mí a la vez que escrutaba el lienzo buscando posibles fallos. Justo entonces apareció a mi espalda el padre de Darriba, Manuel, un tipo encantador y además cultísimo (la ópera y las obras de Isaac Asimov eran sus principales campos de estudio). «¿Qué te parece?», me preguntó. «Lo ha pintado mi hijo, Enrique Darriba», dijo, señalando la desmesurada firma del autor que ocupaba buena parte del sector derecho de la parte baja del cuadro. «No, si ya», le contesté irónicamente. «¿Te gusta?», insistió. «Domina la técnica, lo reconozco», dije, y a buen entendedor sobran oídos. «Pues es una lástima que no haya podido venir a la inauguración de su primera exposición». «¿Y eso?», indagué. «Se cayó hace dos días y tiene un brazo escayolado». «Mira qué bien, cuánto me alegro», pensé para mí. «Y además espero que sea el brazo con el que pinta».

Aunque Darriba fuese un genio, lo cierto es que buen estudiante no era (a lo mejor eso es común a los genios, por otro lado). De hecho, había repetido curso dos veces y terminó octavo de EGB «con pelos en los huevos», como se decía por entonces. Ese verano de la muerte de mi padre, otro vecino, Ramón López Lozano (supongo que a día de hoy será sólo López), me propuso crear una revista literaria con la ayuda de unos amigos de su clase que amaban la literatura. Todos ellos eran dos años más jóvenes que yo, excepto el inefable Darriba y un tal Castillejo, también de mi quinta, a los que presentaba mi vecino como los Góngora y Quevedo de nuestra generación. Castillejo se apodaba El Chota (baldón que se había otorgado él mismo debido a que su padre, en pleno franquismo, intentó bautizarlo como Satán y el cura se negó. Por ese motivo, decía Castillejo que le había salido una protuberancia en la frente, una especie de cuerno, y de ahí lo de El Chota).

El caso es que Ramón nos convocó a todos a una reunión para poner en marcha Zoraida (que así acabaría llamándose el único número que hicimos, pero no publicamos: dicho único ejemplar desapareció para siempre a manos de Malagón, hoy reputado politólogo. No sé si este hecho influyó en mi apoliticismo posterior que dura hasta ahora, y ahora más que nunca, por cierto). El caso es que el temido encuentro con Darriba estaba a punto de producirse. El lugar: el local de la asociación de vecinos de la colonia, espacio que nos había propiciado generosamente Afrodisio. Éste era un poeta comunista que aspiraba a entrar en la redacción de Zoraida, pero al que dimos largas una y otra vez. Más de uno temíamos que nos metiese el germen troskista en el cuerpo y acabase dinamitando la revista.

Cuando Darriba y El Chota entraron por la puerta, esbeltos, altos y apolíneos como eran los dos entonces, todo el castillo de naipes que había construido sobre el «pintor prodigio» cayó de un soplo. Fue lo que hasta el último de la clase no hubiese dudado en llamar ¡amor a primera vista! ¿Cómo puedes competir con lo que es como tú, y máxime cuando detrás de toda aquella arrogancia adolescente se oculta, en realidad, un tío de puta madre?

Así fue cómo comenzó nuestra amistad y nuestra pasión compartida por el arte y la literatura, y en el momento de escribir estas líneas se cumplen treinta y cinco años de aquella primera vez.

Con los años, Enrique Darriba llegó a ser un pintor excepcional. Además de conocer todas las técnicas, las antiguas y las modernas —no en vano se formó como restaurador y durante una década se convirtió en el mejor copista del Museo del Prado—, había desarrollado un estilo inconfundible. Su obra cumbre fueron «los óxidos», que así conocíamos su descomunal serie de 25 piezas realizada a partir de la investigación sobre la pizarra y la oxidación del hierro aplicando métodos personalísimos.

Por desgracia, nunca pudo organizar una exposición con toda la obra, con lo cual, el mundo del arte se ha quedado sin conocer a un extraordinario pintor y una serie de cuadros que hubiera marcado un hito. Y digo que se ha quedado, porque justo después de haber alcanzado la cima de su lenguaje pictórico, Darriba, a la manera de Rimbaud, decidió abandonar la pintura para siempre.

Al principio, no lo entendíamos. Según él, la pintura se le había quedado corta para expresar lo que llevaba dentro. De hecho, desde hace años se dedica a la pintura meramente «alimenticia» (se encarga de ilustrar las paredes y techos de una conocida cadena de restaurantes con las representaciones hiperrealistas de cerdos y otros animales destinados a convertirse en fast food).

No lo entendíamos, no, pero ahora que tenemos la suerte de publicar su poemario Geometría básica, sabemos a qué se estaba refiriendo.

En su caso, al contrario que para Rimbaud, para el que sus versos se habían convertido en simples «enjuagaduras», la poesía es una continuación natural de sus grandes logros alcanzados como artista plástico. Geometría básica es la obra de un pintor que ha cambiado el pincel por la pluma. La escrupulosa y yo diría «espartana» elección de motivos mínimos (formas cerradas enfrentadas a acontecimientos repentinos de la naturaleza o a las partes y movimientos más sutiles del cuerpo humano) son una apuesta por un lenguaje despojado que revela una influencia clara del haiku y la literatura oriental, fuentes incesantes del poeta en los últimos años.

En la primera parte del libro, titulada de manera homónima, algunos poemas, desde el punto de vista formal, son meros acompañamientos visuales de la caída de una gota de agua. Otros son fugaces efectos de luz, de sonido, los mismos que pudiera emitir una campanilla de Reiki. Detrás del telón del poema, percibimos al pintor con su paleta de sentidos, y vemos cómo deposita sus pinceladas -con cuidado de portador de nitroglicerina- sobre el lienzo ahora transformado en papel (o en pantalla en blanco de ordenador, que sería más apropiado para estos tiempos virtuales que vivimos, ¿pero quién vive?).

Esta primera parte de Geometría Básica se complementa con otra bautizada como Material fungible. Fiel a su título, en este poema-río intenso y de lenguaje aquilatado hasta que los destellos llegan a deslumbrar, asistimos a una autor-hipnosis donde el poeta cronista va dando cuenta de los principales escenarios de su vida (descampados de Zarzaquemada, estancias en la casa materna de Vilanova de Arousa, su servicio militar en Melilla) descritos exclusivamente a través de micro-escenas que los definen por encima de cualquier intento exhaustivo de localización o apunte biográfico. Otra vez lo esencial, la forma informal que conforma a los inconformistas, la búsqueda del conocimiento, lo no escrito, lo no trillado. Antes eran las lajas de pizarra, los óxidos llevados a la volatilidad por la acción homeopática del agua del arte. Ahora volvemos a toparnos con esos mismos materiales, pero quinta-esencialmente, en un perfecto transvase de pintura a poesía.

Madrid, a 17 de noviembre de 2016


Este texto es el prólogo de Geometría básica, de Enrique Darriba (Varasek ediciones, 2017), escrito por Enrique Mercado. El libro lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en todas estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

1 Comentario

  1. […] poco más. Esta semana os recomiendo el prólogo de Enrique Mercado para el último Buccaneers. Enrique sobre Enrique (Darriba, «el Rimbaud de la […]

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