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Un lugar estupendo —e insospechado— para leer

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Cuando yo era pequeña, las lavadoras ya eran un electrodoméstico habitual en bastantes hogares. El lavadero de casa de mis padres era un pequeña pero luminosa galería adjunta a la cocina: su ventana se abría a un vertiginoso patio interior que era como un pozo de Apokolips, pero en soleadito. En el cristal había una pegatina de la Feria de Muestras de Barcelona de 1970, una estilizada imagen que evocaba al dios Hermes, psicopompo y patrón de comerciantes, atletas, viajeros y ladrones.

No recuerdo que en aquellos tiempos se utilizaran muchas secadoras en el ámbito doméstico. En nuestro caso concreto, y afortunadamente, no sólo teníamos un tendedero bien oreado sino que además los vecinos de la escalera disponíamos de una señora terraza comunal en la que se solían tender las sábanas.

No fue hasta que realicé un viaje a Inglaterra, en plan mochilero, que descubrí la existencia de las lavanderías. En el barrio, como mucho, se llevaban algunas prendas a la tintorería, pero lo de lavar la ropa en una lavandería no lo había conocido fuera de películas extranjeras como Mi hermosa lavandería (My Beautiful Laundrette, 1985).

Me pareció un establecimiento francamente práctico para el viajero, aunque siempre pensé que, quita, para estar una en su casa, mejor tener tu propia lavadora, esa máquina liberadora de las labores domésticas y del cotilleo de lavadero público que practicaban (y del que disfrutaban) nuestras abuelas.

Más tarde, empecé a ver lavanderías en Barcelona, imagino que para viajeros y residentes con poco espacio en casa, pero no fue hasta hace relativamente poco que he visto un auge de locales, franquiciados o no, destinados a lavar y secar la ropa, lo cual creo que es una idea excelente: después de tantas modas de franquicias cuestionables, cuando no francamente inútiles, de emprendeduría kamikaze (1) como lo fueron aquellas tiendas de compra-venta de las joyas familiares o las de vapeadoras. Una lavandería (o dos) en el vecindario me parece un negocio razonablemente sostenible, así como un servicio en sí mismo.

Servicio, no sólo porque la precarización vital que ya llevamos como una segunda piel haya convertido a la lavadora doméstica en un electrodoméstico ya no tan habitual, sino porque estos establecimientos disponen de aparatos de tamaño Jumbo para colchas, fundas y mantelerías que no siempre se lavan con comodidad en la lavadora casera, y ¡eh! secadoras.

Por cuestiones de espacio y crematísticas, siempre me he echado atrás a la hora de adquirir una secadora, pero mi terraza en invierno es como aquella umbría acera La calle sin sol (2)y,— últimamente, los dioses de la lluvia se han conjurado en mi contra los días de hacer colada, por lo que la apertura de una lavandería con secadoras cerca de mi casa me ha venido de perlas.

Las lavanderías, como ya pude descubrir en tierras inglesas, son un lugar estupendo para leer. Mientras esperas que la ropa se lave y/o se seque, te sientas comodamente y en relativo silencio a dar cuenta del libro en curso. Tu ropa gira en los tambores creando, como dijera Thomas Harris, un sonido similar al latido de un corazón cuando estás en el feto materno, y así, sintiéndote arropadita en el sentido más primigenio, puedes dar cuenta en un ciclo de lavado y secado de varios capítulos de un libro.

En la lavandería que hay cerca de mi casa incluso dejan revistas y libros a disposición de los clientes, a quienes la empresa invita a practicar el bookcrossing con sus propios libros. Eso me lleva a plantearme si, en un tiempo en el que muchas librerías se diversifican como galerías de arte, cafeterías o centros de actividad cultural de barrio, alguna librería no podría disponer de una batería de lavadoras y secadoras que inciten al recogimiento lector mientras se libra el interminable combate del bien contra el mal, en su versión detergente contra las manchas.


Notas:

(1) Franquicias que se empeñan en salir como champiñones todas a la vez, y que acaban exterminándose mutuamente por un exceso de competencia en un reducido espacio vital comercial.

(2) Un noir de 1948 dirigido por Rafael Gil, ambientado en el Barrio Chino de Barcelona.

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