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—Tú sí que estás maldito. ¡En tu puta madre me cago!

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Nunca he sido fetichista ni he perseguido la foto o el autógrafo de nadie. Sin embargo, cuando supe que Houellebecq visitaba Molina de Segura, localidad a veinte minutos escasos de mi casa, me emocioné bastante, pues en aquel momento (abril de 2014), como hoy, lo tenía por uno de los cinco mejores escritores vivos del planeta.

Fui de los primeros en llegar y me senté a esperar con mi ejemplar de Las partículas elementales. Poco a poco la sala se fue llenando y los organizadores tuvieron que traer más sillas de otras dependencias de la biblioteca. Cuando la sala estaba llena, y muy puntual, apareció el autor, a quien a algunos nos costó mucho reconocer. Estaba bastante demacrado, la verdad sea dicha. Y comenzó el acto.

No se limiten a leer lo que voy a relatar, traten de imaginarlo.

Primero unas absurdas, aburridas y mecánicas palabras protocolarias de una señora que ocupaba no sé qué cargo en el ayuntamiento y, acto seguido, una representante de la organización del ciclo presenta al autor y explica que no va a ser una charla o conferencia, sino que directamente los asistentes podemos empezar a preguntar y él responderá. No obstante anima al autor a que diga unas palabras preliminares. Mientras Houellebecq empieza a hablar —en francés, claro—, oigo murmullo unos sitios por delante del mío.

Cuando Houllebecq termina su presentación los traductores (hay dos: un hombre francés y una mujer española) se miran y titubean. El traductor francés intenta empezar a hablar, pero no logra arrancar. A la traductora española le ocurre lo mismo y dirige unas palabras en voz baja al autor. Éste arquea las cejas y encoje los hombros, lo que en lenguaje universal viene a significar «ni idea». Tímidas risas entre el público con alguna pequeña carcajada, imagino que de quienes hablan francés y ya han comprendido lo que ocurre. Finalmente la traductora se dirige a nosotros:

—Bueno, hay un pequeño problema. El autor es muy propenso a las divagaciones, enganchando una idea con otra, en una especie de espiral de razonamientos. Por eso, cuando ha llegado el momento de traducir, mi compañero y yo no recordábamos de qué había empezado hablando.
(Risas).

—Hemos preguntado al autor y él tampoco se acuerda.

(Carcajadas).

Acto seguido se repite el murmullo del principio pocos asientos delante del mío. No logro ver los rostros de los protagonistas, pero deduzco que alguien está hablando en voz alta y otra persona le pide que guarde silencio, que está molestando. Intervienen dos o tres personas más, todas recriminando al hablador –como es lógico, yo también lo hubiera hecho- y se hace el silencio cuando comienzan las preguntas de los asistentes. Nuevamente la atención se centra en el cuadrante de los disturbios y no cuesta mucho entender que los protagonistas de la escena son los que acaban de discutir, aunque al no haber visto sus rostros no sé quién es el que hablaba y quién el que pedía silencio. El caso es que uno de ellos comienza a decir:

—Yo quería preguntarle al autor si se siente uno de los escritores malditos de este siglo…

Y el otro se pone en pie, lo mira y dice:

—Tú sí que estás maldito. ¡En tu puta madre me cago!

Y abandona la sala.

Con este comienzo, ¿qué puede importar el final de la tarde? Resumamos diciendo que conocimos un poco al hombre tras la obra y, por mi parte, que me traje un recuerdo a casa que, tal vez, me haya hecho un poco fetichista, eso que siempre he presumido de no ser, porque siempre que lo miro se me escapa una sonrisa. Aunque la misma quizá se deba al recuerdo de aquellos dos «malditos» infiltrados entre el público.


Luis Sánchez Martín es contable para poder comer, y autor y editor para poder Vivir. Ha publicado el libro de relatos Sin anestesia (Ediciones Hades, 2015). Su relato Siempre a tu lado, fue finalista del III Certamen de Relatos Contra la Violencia Machista organizado por el Ayuntamiento de Terrassa y aparece publicado en el libro Dejando atrás la violencia (Ediciones Hades, 2015) y en octubre de 2016 verá la luz su primera novela, Bebop Café, dentro del sello editorial Boria Ediciones, puesto en marcha por el propio Martín durante el verano de 2016 en Murcia.

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