Trieste

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Estatua de James Joyce en Trieste, por Roberto Taddeo

Trieste siempre me sonó a triste. Más austríaca que italiana, o tal vez más eslovena que italiana, más cercana al Danubio que al Adriático. Trieste es para mí sinónimo de exilio porque allí vivió el suyo Joyce, dando clases de inglés en la Berlitz y añorando las calles de Dublín y el Trinity College. Cierto es que Joyce también pasó parte de su exilio en París, pero ya se sabe: la luz, l’ amour…

También en Trieste esperó Casanova el perdón de la República de Venecia. Lo imagino, y tal vez esta imagen se la debo a Sándor Marai, paseando arriba y abajo por el muelle, esperando el barco de Venecia que traerá la carta donde se anuncia el perdón de sus antiguos carceleros, la oferta para entrar a formar parte del cuerpo de espías del Santo Oficio, que acabará aceptando.

Es un señor ya mayor, aún de notable estatura, pero algo fofo, malhumorado y taciturno. Ya no frecuenta naipes ni mujeres; ya nadie reclama sus servicios. Gasta sus últimas monedas en el exilio triestino, tan lúgubre, tan distinto de su exilio parisino, cuando el mismísimo rey de Francia le encargó poner en marcha el negocio de la lotería, cuando podía permitirse carruajes y criados.

Claudio Magris, hijo de Trieste, es profesor de alemán, y en su compañía recorro el Danubio y su civilización, el Imperio Austro-Húngaro, todo valses y academias militares, acabado con un disparo en Sarajevo y todo lo que vino después. Leyendo a Magris mi cabeza vuela tan lejos que me pregunto si los argonautas no volverían de la Cólquide por el Danubio, tal vez por una rama secreta que desembocaba en Trieste, aunque me digo que eso es imposible.

Stendhal fue nombrado cónsul francés en Trieste, pero apenas si llegó a pasar tres meses en ella. Prefería Milán y, además, no era del agrado del austríaco Metternich, que debía dar el visto bueno a sus credenciales, por lo que finalmente acabó como cónsul de Francia en Civita Vecchia. En aquellos escasos días triestinos, Stendhal tuvo tiempo de describir los dos vientos que fustigan la ciudad: el siroco del sur y el terrible Bora, el viento del norte que llega a arrastrar las personas por la calle.

Me imagino a Italo Svevo impertérrito ante los vientos, cuadrando balances al frente del negocio de tintes de su suegro, leyendo a hurtadillas textos y manuales de psicoanálisis, por el que se ha interesado desde que el hermano de su mujer viajó a Viena para que lo tratara el mismísimo Sigmund Freud. Durante la Iª Guerra Mundial, mientras se queda en Trieste para dirigir el negocio familiar, traduce, junto a su sobrino Aurelio Finzi, médico — y no puedo evitar pensar en los Finzi-Contini, en aquellos tíos de Micòl que tenían origen véneto—, La interpretación de los sueños.

A menudo, habla de literatura con su profesor de inglés en la Berlitz, James Joyce. Ha escrito y publicado dos libros, de los que nadie se acuerda y, después de la guerra, entre balances contables e inventarios, escribe La conciencia de Zeno, en la que un hombre maduro, por consejo de su psicoanalista, escribe los recuerdos de su vida, para tratar de comprenderla, pero destruye este propósito cuando afirma «lo recuerdo todo, pero no comprendo nada». El libro, sin embargo, se publica en Bolonia. A Joyce le gusta y lo traduce al francés y después lo remite a dos críticos franceses que conoce. Mientras tanto, un librero de Trieste envía la novela a Eugenio Montale, amigo suyo, que escribe una crítica elogiosa en una revista de Milán. Lo mismo hacen los críticos franceses en una de París, e incluso recuperan sus primeras obras. El triunfo de Svevo no sucede en Trieste, sino en París — la luz, l’ amour. Pocos años después, lo atropella un coche.

La modernidad irrumpirá de manera mucho más dramática aun en Trieste que de la mano del automóvil o el psicoanálisis. En 1943, los nazis construyen un campo de concentración en La Risiera y dentro de él acabarán erigiendo el único horno crematorio que estuvo fuera de territorio alemán o polaco. De nuevo triste Trieste. Triste hasta cuando imagino a Svevo escribiendo a escondidas, a Joyce yendo y viniendo de sus clases en la Berlitz, encontrando tiempo para escribir su Ulises, a Magris enseñando alemán y viajando por el Danubio y a Casanova, el gran Giacomo, leyendo con avidez la carta que concede el perdón y ofrece un trabajo.

Mientras, Stendhal observa moverse los árboles azotados por el Bora desde la ventana de su habitación y decide no salir a dar un paseo y mirar mujeres bonitas, sino ponerse a escribir una carta. Una carta en la que describe la tristeza de Trieste.

*para la escritura de este artículo ha sido imprescindible la lectura del artículo Sala de espera en Trieste, de Higinio Polo.

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