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¿Qué tiene más potencia? ¿Un tranvía o un tanga?

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UN TANGUITA LLAMADO DESEO, DE MANUEL LÓPEZ ACAÍÑAS

 

 

Un hombre de cuarenta y pico divorciado y con tendencia a la bebida, predilección por los bares donde hay música en directo, que intenta aparentar menos edad de la que tiene mediante atuendos como cazadoras de cuero o botas, con un enorme todoterreno, problemas de relación con su exmujer —con la que se lleva engañosamente bien—, problemas de relación con su hijo —con el que se lleva engañosamente mal—, problemas de relación con sus compañeros de trabajo —con los que se lleva— y que se ve atraído por una joven, antigua alumna, que aparece de nuevo en su vida para trastocarlo todo. Hasta aquí una historia que hemos visto innumerables veces, la del tipo que va avanzando en la edad mediana sin un proyecto vital, empinando del codo demasiado, intentando ligar con lo que se pone a tiro, y con una conciencia de sí mismo algo elevada si la comparamos con la imagen que los demás tienen de él. Es el personaje que en otro libros o películas trataría de comprar una Harley Davidson para realizar un viaje. En Un tanguita llamado deseo no hay moto, y el viaje que aparece es a Salamanca, pero reconocemos a un estereotipo que el autor, Manuel López Acaíñas, no trata de disimular en ningún momento y que se ha convertido en un cliché de la literatura o el cine en las últimas décadas con planteamientos similares y desenlaces dispares, unas veces tendentes a la destrucción y otra a algo más parecido a la redención o esperanza.

En este sentido Un tanguita llamado deseo propone un juego interesante y en principio «peligroso» para llevar a buen puerto una novela con esos mimbres, y es la de acumular una serie de tópicos en torno a esta historia de crisis en la madurez. Se podría decir coloquialmente que todo suena ya a visto o leído en el argumento. El estilo —sobrio, sencillo, claro— tampoco intenta hacer ningún alarde diferenciador o dar vueltas de tuerca a la propuesta. Y sin embargo López Acaíñas logra accionar los resortes necesarios aquí y allá para que funcione como un motor bien engrasado. Y lo hace con el oficio de los artesanos, sin que se pueda saber exactamente qué interruptores ha pulsado y cuáles no para que todos estos lugares comunes, sin dejar de serlos y de agolparse, resulten atractivos de principio a fin. Tampoco juega con el exceso de sentimentalismo o aquello tan manido de presentar a un protagonista con el que determinados lectores puedan identificarse. Sencillamente… la cosa marcha. En ocasiones el debate tradicional entre forma y fondo termina encontrando una tercera vía, donde el ritmo, el desparpajo, la honradez y la llaneza o espontaneidad de la prosa consiguen que la novela ruede, pues eso es lo que hace, desde la primera página. Una pregunta se queda en el aire: ¿cómo lo hace?

Además de ligera y divertida, en el mejor sentido (indispensable especificar esto en España, donde la literatura ha de ser grave para ser considerada buena), la obra tiene otros elementos bastante a agradecer en estos tiempos. Por ejemplo que el contenido sexual no derive en lo explícito al que tantos novelistas se apuntan hoy día cuando sólo un puñado de elegidos puede manejar algo tan difícil con talento. También que rehuya el cinismo al que podría adscribirse un personaje así, que se aleja de esa exposición habitual resumida como estar de vuelta de todo/vueltadetodismo. Más bien al contrario, termina ofreciendo un patetismo regado con buenas dosis de humor y ternura. Y lo más impensable, y de nuevo tenemos que mencionar a España: el protagonista, en un país donde en líneas generales se odia al trabajo, encuentra paz y sostén en su empleo. Y ese empleo es la enseñanza, en la que como guinda se reivindica la figura concreta del maestro y el alumno, no la de la burocracia, leyes diversas o reivindicaciones del gremio en ocasiones poco comprensibles para quienes no están en los colegios o institutos. Un profesor y alguien dispuesto a aprender, ya está. La labor en el aula como elemento capaz de ayudar a vivir.

Finalmente queda la sensación de que ese supuesto perdedor de entre 45 y 50 no lo sea tanto, tampoco un ganador. O más bien que solemos quedarnos ahí, en la contraposición entre ganador y perdedor cuando lo único que ocurre es la vida cotidiana y corriente con todas sus miserias, pero también sus pasiones y alegrías. Y con el azar que todo lo tuerce o todo lo endereza… o que no afecta, para eso es el azar y hace lo que le da la gana.

 

 

 

 

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