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El tiempo en Cien Años de Soledad

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cien años soledad

 

Quizá llegue tarde a un debate en el que los ponentes no sólo se han levantado ya de la mesa, sino que además es posible que estén muertos. Tal vez a nadie interese este texto que revolotea batiendo unas alas pesadas y un tanto ruidosas alrededor de un cadáver que nadie vela y que sin embargo está aún lleno de vida. No obstante, tú, lector, amigo que me sigues con regularidad o que has llegado hasta aquí por un capricho azaroso y aleatorio, eres soberano y puedes decidir si quieres seguir leyendo, detenerte en este punto o bien picotear platos más grandes y más sabrosos de entre los muchos que la red te ofrece. Mi intención no es otra que centrarme en un aspecto muy concreto del libro más famoso de Gabriel García Márquez, conocido como Gabo por algunos periodistas que buscan el gesto snob y el trampantojo efectista o imitan el ornamento que popularizaran los jesuitas. Me refiero a la relación natural que en Cien años de soledad se establece entre el estilo y el concepto tiempo.

Mucho se ha hablado ya de elementos como la magia y la realidad en el marco del pueblo imaginario de Macondo. Ríos de tinta que han recorrido las aulas, los ensayos y hasta los blogs literarios nos hablan y estudian este y otros aspectos de la novela. Sin embargo, he encontrado un espacio de reflexión que bien pudiera ser ese cuarto de alquimista donde los miembros varones de la familia Buendía encuentran refugio y energía espiritual cuando necesitan aislarse de la sociedad. Es posible que en esa habitación donde se custodian las herramientas de alquimista que el gitano Melquíades introdujese en la aldea poco después de su fundación, se encuentre también la clave que de manera natural, pero también obedeciendo a una especie de lógica interna que parece algorítmica, desentraña el estilo de construcción de este libro que es al mismo tiempo la gran obra de un demiurgo; un ser que, por supuesto, entiende y hasta es capaz de racionalizar los misterios del mundo, tan incomprensibles para los humanos como el concepto tiempo. A pesar de que Cien años de soledad posee una concepción lineal del tiempo con un principio y un final que acontece, aproximadamente, una centuria más tarde, son muchos los guiños y trampas que, de manera borgeana, nos dan pistas y pautas para sentir, más que entender, que el tiempo permanece encerrado en sí mismo de forma circular. Comenzaremos aclarando que el tiempo de la novela es ahistórico a pesar de que, paradójicamente, el título resalta muy a propósito una referencia temporal; cien años, la historia salta constantemente hacia adelante y hacia atrás ya desde la primera frase: «Muchos años después (futuro), frente al pelotón de fusilamiento (presente), el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota (pasado) en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

Otros elementos, como la longevidad de Úrsula Buendía o la inclusión de aspectos mágicos como las interacciones entre vivos y muertos, deconstruyen el concepto tiempo como mera referencia psicológica usada por los seres humanos para orientarnos en la inmensidad de nuestra historia. Por lo tanto, García Márquez desarrolla un sistema creativo en el que el tiempo es el tiempo de la novela, de la historia, del mundo creado por él mismo que, no obstante, no difiere tanto como parece de lo que conocemos como realidad. Para llevar a cabo su propósito el autor se sirve de un estilo directo en el que podemos encontrar párrafos con varias elipsis pero que sin embargo detiene de vez en cuando el reloj biológico de la literatura para centrarse en aspectos de la vida de los personajes o en su propio perfil y apuntillar el relato de Macondo que es a su vez el relato de los Buendía, que también resulta ser el relato de la historia del hombre; una sucesión de hechos condenados a repetirse como un bucle hasta la desaparición de la especia humana. Siguiendo una lógica tautológica pura, podríamos concluir este texto aseverando que la importancia de Cien años de soledad reside en la capacidad de su autor para comprender a Dios, o al demiurgo que sea, mejor todos los demás autores.

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