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Presentación Los Nuestros y Fruta para el pajarillo de la superstición

Presentación de Juan Carlos Reche Cala  y Juan Andrés García Román

O de cómo se le quintan a una las ganas de plantar narcisos Es una exageración; hemos descubierto que este tipo de titulares hacen que hagáis más clicks, que nos leáis más (no sé si mejor). En realidad, no es para tanto. Pero sí que es verdad que a veces pasa, digo, lo de los narcisos. Cuando empecé a trabajar con los libreros hablé horas y horas con ellos, por teléfono y en persona. Una vez, incluso, un librero me invitó

Cuando yo era pequeña, las lavadoras ya eran un electrodoméstico habitual en bastantes hogares. El lavadero de casa de mis padres era un pequeña pero luminosa galería adjunta a la cocina: su ventana se abría a un vertiginoso patio interior que era como un pozo de Apokolips, pero en soleadito. En el cristal había una pegatina de la Feria de Muestras de Barcelona de 1970, una estilizada imagen que evocaba al dios Hermes, psicopompo y patrón de comerciantes, atletas, viajeros

«No sé cómo te gustan mis artículos, que escribo sin ganas y a la fuerza, en el último minuto porque me hace falta el dinero…» [Carmen Laforet a Elena Fortún entre mayo y junio de 1951.] Contar —bien, con cierto detalle— cómo es una librería, quién la regenta, qué tipo de libro puedes encontrar en sus estantes, etc., en menos de cuatro mil palabras, tiene una cierta complicación. Lo sé porque lo he intentado ya unas cuantas veces, sospecho que

Tertulia literaria en Libros de Arena [Nota de la librería]  Moderados (es un decir) por el editor jefe de ViveLibro, Ignacio Rodriguez Garcia, Libros de Arena retoma con el año sus charlas entre amigos comenzando esta vez tanto por el trepidante mundo de Lorenzo Falcó («El mundo de Falcó era otro, y allí los bandos estaban perfectamente definidos: de una parte él, y de la otra todos los demás») como por el no menos trepidante de su autor, Arturo Pérez Reverte. Tocaremos temas

«No tiene un nombre glamouroso, una etiqueta que se pueda poner de moda. No tiene el atractivo de la novedad, son cosas que hemos oído una y otra vez. Conocerse, actuar con honestidad… Pero lo complicado no es oírlo, ni entenderlo, cosas así se escuchan constantemente. Lo complicado es aplicarlo en tu propia vida y hacerse consciente de que la clave está en la responsabilidad personal». 1 Llegar a la sede de Continta me tienes tuvo una cierta complicación. Anoté

Hace ya más de veinticinco años de aquel viaje a Cáceres en el que Javier Tomeo dio una charla para setecientos alumnos. A alguien de la universidad se le ocurrió que quien asistiera a las cuatro conferencias de escritores del ciclo que organizaron se le dieran alegremente unos cuantos créditos académicos (en aquella época —aunque parezca increíble— aún existían cosas gratis) Resultado: setecientos chavales llenando el auditorio del antiguo convento de San Francisco sentados incluso en los pasillos, las escaleras

La señora Dalloway Mi primer encuentro con Virginia Woolf fue en la adolescencia; me encontré con un ejemplar de Las olas, o de Al faro, no lo recuerdo, que corría por casa, y salí huyendo. Tal vez fue un encuentro prematuro. Desde entonces siempre me había producido mucho respeto, procuraba no acercarme demasiado a ella. Por otro lado, también estaba el hecho de que supiera que había saltado al Támesis con los bolsillos llenos de piedras un día de 1941. Ahogarme o

La biblioteca desmemoriada «Qué poca gracia tiene esto y qué giro más injustificado ha dado». Hace uno meses pensaba algo parecido al retomar después de un tiempo un libro que dejé por la mitad. Su autor era Eduardo Mendoza. Sin ser una de sus mejores novelas humorísticas sí que tenía cierta gracia. Y era sin duda distraída. De pronto, sin embargo, el tono jocoso derivaba sin justificación hacia un argumento serio, muy sobrio. Y todo hay que decirlo: de diversión nada.

El primer día llovió a cántaros, un chaparrón de los buenos, de esos que luego dejan un olor a tierra mojada un buen rato, incluso en Madrid. Y el segundo también. Pensaba, según llegaba el sábado por la tarde, tan contenta, celebrando que, a buen seguro, entre unas cosas —las lluvias— y otras —un partido de fútbol de esos que paralizan media España y fastidian a la otra mitad—, no iba a encontrarme con el desquiciado mogollón de gente que suele acudir