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Jerónimo Fernández Duarte

Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en Hemingway son dos imágenes violentas. La primera explicada por él mismo en París era una fiesta; la soberana paliza que le pegó a su mujer por perderle la maleta donde guardaba todos sus manuscritos. La segunda explicada por Guillermo Cabrera Infante, no recuerdo ahora si en Cine o sardina o en una entrevista de prensa; Hemingway le invitó a pescar el pez espada. Una vez en alta mar, el

Una idea de Harold Bloom  que me sorprendió leyendo El canon occidental fue la de que muchas de las lecturas verdaderamente creativas son erróneas de manera deliberada. Como leí el libro hace seis o siete años, y ahora además está fuera de mi alcance, entre mis libros de Barcelona —tengo una biblioteca escindida y medio embalada—, me es difícil asegurar si eso es lo que en verdad escribía Bloom o se trata de una lectura, a su vez, errónea por mi parte. De todos modos,

Sirgar era el método por el que se remontaban los ríos navegables antes del vapor y cuando no soplaba viento. Consistía en que un hombre o un animal remolcaban la embarcación tirando de ella por la orilla. El Ebro era navegable hasta Zaragoza hasta no hace mucho y en Camí de Sirga, de Jesús Moncada, nos habla de esos tiempos, del último siglo de vida de la villa de Mequinenza, antes de ser sepultada por un pantano de los muchos que

Christopher Isherwood fue la primera persona a la que W.H. Auden oyó decir algo gracioso, cuando ambos iban camino de la escuela, a los cinco años. Su amistad se mantendría a lo largo de los años y llegarían a escribir libros —de viajes, reportajes, obras de teatro— a cuatro manos y a emigrar juntos a los Estados Unidos. Hijo de un oficial británico muerto en la Iª Guerra Mundial, Isherwood vivió en la Inglaterra del rey Jorge V yendo a

  Sirgar era el método por el que se remontaban los ríos navegables antes del vapor cuando no soplaba viento. Consistía en que un hombre o un animal remolcaban la embarcación tirando de ella por la orilla. El Ebro era navegable hasta Zaragoza hasta no hace mucho. Esta novela nos habla de esos tiempos, del último siglo de vida de la villa de Mequinenza, antes de ser sepultada por un pantano de los muchos que construyó cierto dictador que andaba

La foto de la solapa de todos los libros de Sándor Márai, esa fiebre primaveral —los libros, no Márai— que prendió en nuestras librerías en la segunda mitad de la pasada década, muestra al autor ya maduro, vestido con un abrigo grueso, holgado, algo informe en los hombros, un punto viejo. Una corbata irreprochable asoma por entre sus solapas. Lleva también una boina espantosamente calada, tal como la lleva Malkovich haciendo de Ripley. Se ha quitado las gafas y las
Cubierta de la novela reseñada en el artículo

[La novela de Ferrara, de Giorgio Bassani. Editorial debolsillo, 2008] Giorgio Bassani será siempre recordado por haber recomendado la publicación de El Gatopardo, que había sido rechazado por diversos lectores con el síndrome de Gidé. Pero, aunque hubiera permanecido igual de ciego —o poseído por el nefasto prurito de realismo social o de literatura comprometida— que los demás, es posible que siga siendo recordado por haber escrito La novela de Ferrara, un ciclo narrativo que armó durante 30 años sobre
Fotografía en blanco y negro de Robert Graves

Hay una tumba en Mallorca que quiero visitar. No es que yo sea un gran visitador de tumbas, pero, de vez en cuando, me apetece visitar alguna. Quise visitar la tumba de Pessoa en Lisboa. Supuse que estaría en el cementerio Dos Prazeres, un nombre precioso, ya que es el cementerio más cercano a una de sus últimas casas en la Rua Coelho Rocha. Estaba equivocado, pero eso me permitió conocer un bonito cementerio con tumbas que parecen casitas de
foto de paul bowles

Déjala que caiga es la respuesta que da uno de los asesinos de Banquo cuando este hace el comentario intrascendente de «parece que se avecina lluvia». Y es la última frase que Banquo oye. En la breve nota introductoria del propio Paul Bowles a la novela —escrita la nota unos 30 años después— nos dice que esa frase le fascina desde que leyó Macbeth con ocho o nueve años. Le entiendo. Aunque nunca fui tan precoz como para leer Macbeth