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Acotar el campo de batalla: nada de sexo con sesentonas ni menores de edad

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9788494333286-vidas-miasClaro que me gusta dormir. Meter mi cuerpo desnudo bajo las sábanas limpias, taparme bien con ellas hasta medio rostro y doblar la almohada para aumentar el volumen y descansar algo más alta mi cabeza. Cerrar los ojos y sumergirme inmediatamente en la placidez del sueño durante varias horas. ¿A quién no va a gustarle todo eso? No es que no me guste dormir, es que no puedo. Y cuanto más lo deseo más imposible me resulta. Ya ni siquiera me meto en la cama. ¿Para qué? La posición decúbito, supino o lateral, me resulta francamente desagradable mientras estoy despierto, me pongo cada vez más nervioso, empiezo a dar vueltas en la cama, deshaciéndola. Las sábanas y la almohada se calientan y me tengo que levantar a fumarme un cigarro y ver la tele, por si hay suerte y encuentro un canal tan sumamente aburrido que me induzca el sopor que necesito… pero nada. No sé qué extraño influjo crea este aparato sobre mí, pues hasta la niebla granulada por falta de señal me mantiene atengo y expectante, con los ojos abiertos como de buey, ante un océano de chisporroteantes insectos tan variables en su monotonía como las olas de alta mar. Y es que todo comenzó cuando decidí convertirme en un crápula y prescindir de la vida ordenada que había llevado siempre. Al principio fue pura afectación, una pose dedicada a mi propia imagen del espejo que al final se apoderó completamente de mí. Sucede a vece que uno intenta engañar a los demás y acaba engañándose a sí mismo, o que, como en este caso, uno intenta engañar a una parte de sí mismo y cuando pasa un tiempo la mentira se apodera de uno y lo controla hasta el punto de empezar todo a ser verdad. El caso es que yo no sé cuándo, cómo ni por qué dejé de comportarme como un play boy para empezar a serlo y convertirme en un sátiro de tomo y lomo. Un día descubrí que de hacer oficio había pasado a oficial y cuando me quise dar cuenta tenía varias maestrías y algún que otro doctorado en mi cursus honorum particular. Casi todas las damas vivas (y alguna muerta) pasaron a ser objetivo de mi buen hacer. Hube pronto de acotar los límites del campo de batalla, pues a poco que penséis os daréis cuenta de las dificultades que reviste tamaña oferta (o demanda, según se mire). Y así fue como inicié la primera criba sin apenas razones de peso, sólo por desengordar mi paquete de acciones potenciales.  Primero eliminé a las mayores de sesenta, por pura pereza y nada más, pues pensad que es más probable que se encuentre uno en tales casos con el pozo seco y requiera aquello más esfuerzos que satisfacciones se puedan obtener. Y ya digo que es una excusa como otra cualquiera, porque por algún lado tenía que cortar. Luego pasé de las menores de veinte por resultar fatigosa su conquista y peligrosa la consumación. No es sólo porque la mayor parte fueran menores de edad y estas puedan acarrear ciertos problemas con la justicia que, francamente, son cuando menos fastidiosos, sino porque el camino hasta el lecho requiere, casi siempre, unos minutos de conversación que en estos casos de mentes inmaduras se vuelve insoportable. […]


Este fragmento pertenece al libro Vidas Mías, de Enrique García Ballesteros. Podéis conseguirlo, ya lo sabéis, en nuestra generosa red de librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos en el correo librerantes@librerantes.com

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