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Redención (parcial) de un delincuente [por Juan José Ontiveros]

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Uno nunca sabe cómo acabará sus días en la ruleta de la fortuna callejera. Es difícil pronosticar si este ratero o aquel otro cerrará su historia con un navajazo de buenas noches o, en cambio, feliz junto a su familia tras convertirse en un escritor no ya famoso sino algo muchísimo mejor: un escritor leído con el celo del voyeur que por nada del mundo quiere que su Hemingway (“¡pero qué!”, repite incrédulo, “¡qué animal tan admirable! Este párrafo es un seco resbalón en una ducha de miradas sospechosas”) devenga en best-seller mundial. Yo, por citar al lector más incauto, procuro distanciarme en un primer momento de los autores –sobre todo de novela negra, hoy tan en boga– cuyos libros vienen ratificados por los mismos gurús de siempre, con frases grabadas en piedra igual que los diez mandamientos: no robarás libros de bolsillo, no cometerás actos impuros (como leer a Jorge Bucay), no tomarás el nombre de Kurt Vonnegut en vano, honrarás a tu padre (Vladimir Nabokov) y a tu madre (Flannery O’Connor), no citarás mal a Borges ni mentirás acerca de sus fobias literarias, amarás a Proust sobre todas las cosas… Y no codiciarás –sólo un poco, sólo todo el tiempo– haber escrito como Roberto Bolaño. Hay fajas tan exquisitas, con adverbios de tal calibre, que después de leerlas ya no quedan fuerzas para seguir descubriendo el libro en sí, auténtico: esto es, el apasionante submundo que se esconde bajo las sábanas de los compañeros escribientes (muchos no tienen siquiera tiempo para decidir si les ha gustado o no, y finiquitan su opinión con alguna referencia al talento narrativo, cuando no con un sintagma de llave yudoca salido del pubis, que a veces hasta parecen competir por ver quién tiene el calificativo más grande) y la editorial en sus lógicas y lícitas ansias de vender el mayor número de ejemplares posible. Para, con suerte, convertir al escritor “de culto” en uno de culto, sí, vale, pero superventas. Que de algo hay que vivir y pagarles el Erasmus a los críos. Para, también con algo más que buena suerte, seguir escribiendo sin interrupción ni concesiones. Ni vergüenza. Y así seguir cobrando título tras título, reportaje tras reportaje, columna tras columna, los dineros de un trabajo consistente –todo lo más– en mezclar realidad y ficción.

A menudo el interés literario es proporcionalmente inverso al éxito comercial, pues en cierto modo la admiración es tanto más justificable cuanto mayor es el fracaso del autor; no se sabe muy bien por qué. Quizá sea una impostura torticera, como la de esos lectores que en privado devoran La torre oscura de Stephen King o Los pilares de la Tierra de Ken Follett, y después van por ahí pregonando únicamente las virtudes del último “clásico moderno” (oxímoron de crítico más bien perezoso). “Es un mundo complicado”, el de prescriptor literario –conviene aclarar–, “lleno de dudas… y bananas”. Eso le dijo un rubicundo recién baleado a Corto Maltés. Y aquí las balas no se escatiman, rugen incluso en el temblor de la noche, se reciben a quemarropa, se mantienen en el cargador a la espera de que la bestia muestre sus fauces. Nuestro protagonista, Edward Bunker (Los Ángeles, 1933–Burbank, 2005), aprendió muy pronto a esquivarlas y temerlas y cubrirse ante un posible rebote en el cemento de las numerosas jaulas que visitó a partir de los 17 años, edad a la que ingresó en San Quintín convirtiéndose en el preso más joven de Alcatraz.

Edward Bunker

De alguna manera la suya es una historia de redención –si bien parcial– a través de los libros, y no precisamente de la Biblia. Tras haber pasado su infancia y gran parte de la adolescencia en reformatorios y escuelas militares (el divorcio de sus padres, un tramoyista y una corista de Busby Berkeley, agravó el conflicto del ya de por sí conflictivo Edward, al que terminarían abandonando en una casa de acogida) debido a su carácter antiautoritario y a su “necesidad de satisfacción inmediata”, Bunker se refugió primero en la lectura de los clásicos y después en el estudio minucioso de las técnicas narrativas útiles para llevar a puerto novelas como No hay bestia tan feroz, Stark y Little Boy Blue. Todo en Bunker —a ratos su conducta errática, a ratos su nerviosa quietud en una selva cuya única ley vigente es la del talión— revela los códigos del joven delincuente de los años 50 y 60: para qué esforzarse por alcanzar el sueño americano si puedes sobrevivir vendiendo marihuana y dando pequeños golpes aquí y allá.


Este fragmento pertenece al texto El chato mundo de la calle (Edward Bunker), de Juan José Ontiveros, publicado por Negratinta.

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