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Reconózcalo: ¿Qué libro escupió usted?

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Hace años, era yo joven e inocente, escribí en un blog un texto llamado Biblioteca de Intragables, que se puede leer aquí con unos decorativos simbolitos producto de un traslado de programa. El post debería haberse corregido, pero ese traslado se llevó a cabo hace unos ocho años y todavía no he encontrado hueco, que anda uno ocupado poniendo tonterías en las redes sociales. El caso es que la Biblioteca de Intragables recopilaba esa serie de libros clásicos o de autores célebres que por lo que sea se te atragantan y pasan a formar parte de esa otra biblioteca alternativa formada por los libros que dejas a un lado. Si seguimos las enseñanzas de Pessoa en varios de sus poemas, ese conjunto de libros descartados serían las lecturas, o mejor dicho no-lecturas, que conformarían con más solidez nuestra substancia que los leídos. Pero no es momento de ponerse filosóficos, sobre todo cuando atendiendo a aquel antiguo post se observan descartes como el mismísimo Quijote, el Hamlet de Shakespeare, los cuentos de Joyce, alguna novela de Faulkner o el primer libro de En busca del tiempo perdido, lo que quiere decir que el resto de la colección de Proust tampoco. Si esa es mi verdadera substancia, la verdad, ni siquiera me caigo bien. Espero que Pessoa esté equivocado y sus palabras sean producto del exceso de saudade que contamina el cielo de Lisboa. Además desde entonces varios libros se han añadido a esa lista; hoy día me caigo peor que nunca al llevar a cuestas una biblioteca de intragables ya insostenible, de estanterías que se desmoronan por el peso.

Esta introducción está relacionada con el asunto del que quiero hablar, es una propuesta para que los lectores de Librerantes reflexionen sobre un punto de su particular Biblioteca de Intragables. No se trata ya de pensar o decir qué libros clásicos se nos atragantaron, sino de algo más curioso, cuáles provocaron un atragantamiento tan abrupto e inmediato que se escupieron casi antes de empezar, en nada, rechazo absoluto; esos que si pusieran un cronómetro apenas se habría accionado el aparato y ya estaría parado con otro clic con el pulgar, aquellos que representan veneno para nosotros —no sabemos muy bien por qué—mientras los demás parecen paladearlos y disfrutarlos. Pero esto qué es, qué pasa aquí, ¿es una alergia?

Si me pongo a pensar tengo varios que pertenecen al Estante de los Escupidos en la Biblioteca de Intragables, casos tremendos donde sentí que Dana, la diosa celta de la literatura, me tenía que hacer la maniobra de Heimlich. Qué barbaridad, qué sofoco.

james-ellroy
James Ellroy con sombrero y pajarita, como Dios manda

El caso más sangrante fue el de Jazz blanco, de James Ellroy, libro que compré con una gran ilusión y ganas para introducirme en el mundo de este autor, del que tenía excelentes referencias, ya que era uno de los escritores preferidos de algunos articulistas que seguía, además de estar elevado a los altares por la crítica. Además el tipo tenía detrás una historia oscura con asesinato de la madre de por medio, y sus entrevistas mostraban una pose de enfermo mental bastante divertida, en comparación con las declaraciones habituales,vacías, repetitivas y parecidas del 95% de los novelistas.

El caso es que, fíjense, ahí se me puede ver hace unos lustros, en pijama, abriendo la novela en el sofá. Miren qué delgado estaba yo entonces, la edad no perdona. Pocos, muy pocos, muuuuuy pocos, minutos después, ahí lo tienen, vean la cara que pongo. Vean ese gesto. Me levanto confuso, me rasco la cabeza como pensando y… lo dejo en una silla. El pijama me queda un poco grande y deja ver la rajilla del culete. Vuelvo a rascarme la cabeza como pensando. Desde entonces estoy tan confuso que, no es broma, de vez en cuando vuelvo a coger Jazz Blanco para mirar su portada, comprobar por el doblez de la página que lo dejé antes de llegar a la diez y volver a cerrarlo sin llegar a ninguna conclusión válida. La prosa basada en frases cortas y ciertamente crípitica de Ellroy produjo en mí una reacción absoluta, todos mis anticuerpos se pusieron en marcha para acabar la lectura cuanto antes. El rechazo fue total y rapidísimo, de susto, en serio.

¿Qué provoca estas reacciones alérgicas tan extremas? También me pasó exactamante lo mismo con una novela de Juan Manuel de Prada, Las máscaras del héroe, pero eso es normal y saludable, poder leérsela sería lo preocupante. Pero, ¿Ellroy?

Quizá no sea cuestión de fustigarse y avergonzarse, confío en que algún día la Inteligencia Artificial consiga averiguar el porqué de tales repulsiones inmediatas, casi eyecciones de libro al estilo del asiento de los aviones. Hasta entonces me fustigo y avergüenzo. Un poco al menos. De manera preventiva.

1 Comentario

  1. 24 Octubre, 2016 de 12:29 — Responder

    Avancen! Sus intragables son mis infumables (lo cual es curioso porque no fumo). Dos veces fracasé con el Ulises, una con el tiempo ese que perdió Proust. Recuerdo un librito de Barco de Vapor, de niño, que lo leía todo, y que no pude, El gigante de hielo. Pude con La broma infinita, de Foster Wallace, con algunas cicatrices; y en breve me voy con el Quijote, a ver si hago bingo. Existe otra categoría de infumables, que son los que te fumas aun a disgusto, como para colgarte una medalla. El de Wallace fue uno de los casos, para mí, también El Aleph, de Borges, que me pilló en mal momento, supongo…

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