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Quien lee vive más. A modo de editorial

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El poder del silencio de los libros, que despierta nuestros sentidos antes de que conozcamos el tesoro que encierra

Ayer fue un día bastante triste (salvo la tardenoche, como luego estuvimos de librerías). Muy triste; me lo pasé discutiendo con una librera a la que un tipo más listo que donde los hacen —ya hemos hablado de él en anteriores entregas: no se ha equivocado en toda su vida una sola vez, al menos no que nosotras sepamos— le ha pasado graciosamente un balón que no tenía por qué ir para ella —o tal vez sí, no lo sé— y que entró en una dinámica tan mala como la mía; esto es, el discutir no para llegar a una solución, sino para acabar demostrando, nada más, que llevábamos razón, cada una en lo suyo. Ambas, la librera y esta pequeña a la par que coqueta —y algo ingenua y asaz cabezota en ciertas ocasiones— distribuidora, hemos mandado a la porra el sentido común, enzarzándonos en una serie de comunicaciones, por llamarlas de alguna manera, que no han servido, al menos en mi caso, nada más que para acabar hecha polvo, triste, diría que hasta exhausta, porque comunicar, lo que se dice comunicar, nada: no nos entendemos un pimiento, un manzanas traigo detrás de otro, qué mal, de verdad. No lo intenten en sus casas; el sentido común, el humor, son bienes tan preciados. Tenemos, en fin, esta librera y yo, un desacuerdo que se va a solucionar, o eso espero, porque voy a dar mi brazo a torcer. El izquierdo, que es el que me duele*. Ya lo contaré en detalle, cuando consiga cerrar el tema (cobrar el dinero que nos deben), porque es de manual y porque me animáis;* lo haré en plan didáctico, con números de albarán, sus facturas, una de las cuales tuve que rehacer hasta tres veces (sigue pendiente, podéis sentir penilla aquí, que estamos discutiendo por una diferencia de unos 10 euros, más o menos), correo va, correo viene, etc., todo lo que ha pasado y por qué, varias meteduras de pata mías y solo mías de por medio. Que por lo menos aprendamos no solo que lo importante no es llevar razón, que es lo que de momento ya llevamos (llevo) aprendido. Será en otro editorial, más adelante. Hoy sería incapaz, aparte de que —qué peso acabo de notar, al ir a escribirlo— aún no se ha acabado, sospecho que irá para largo. Bueno.

Este domingo de sol y viento frío en Madrid, lo que yo quería era haber escrito sobre un libro muy especial de la editorial Polibea. Como tiene un fondo tan amplio, voy así, conociéndolo poquito a poco. Quería dejaros esta referencia…

«Cada vez que se publica un libro modifica la vida de hasta aquellos que nunca lo leerán». Esto que oí una vez al prosista y poeta Ramón Mayrata, me reveló, con la calidad del resplandor, el poder del silencio de los libros, su presencia en el mundo con una energía espiritual que despierta nuestros sentidos aun antes de que conozcamos el tesoro que encierra, cosa que sucede en el momento del amanecer, «cuando el alma —parafraseando a Jorge Guillén— vuelve al cuerpo y la luz invade todo el ser». (…) Por eso el silencio de los libros es universal, tiene la hondura de lo medular y su territorio puede albergar todo tipo de criaturas, cada una con su propia vida escrita con líneas más o menos torcidas. En el libro dos silencios se entrecruzan: el del autor que siempre cuenta más de lo que cuenta, y el del lector que tiene caracteres de inaugural, pues la sucesión de palabras misteriosamente sumadas se le tornan chispas de conocimiento, riosamente sumadas se le tornan chispas de conocimiento, fuente de regocijo, desvelo de dudas que da más peso a la verdad, iluminación sucesiva de su propia existencia. Así hasta llegar al final, a la última página, tras lo cual se abre otro silencio más: el del poso sin ceniza —pues sigue alentando— de todo lo que en el camino de la lectura ardió. En silencio pregonamos nuestro incombustible amor a amigos tan fieles que dejan de ser ellos para ser nosotros.

[Es el comienzo de Quien lee vive más, de Javier Lostalé (Polibea, 2013)]

 Qué más puedo añadir. Leer es una gran cosa. A mí me salva la vida a diario.

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