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El prolongado sabor de la derrota. Recordando a Raymond Chandler.

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«¿Le gustan las orquídeas? Yo las odio. Su tejido es demasiado parecido a la carne humana, sus tallos parecen dedos de cadáveres recién lavados, y su perfume tiene la podrida dulzura de una prostituta».

Son palabras que el general Sternwood le dice a Philip Marlowe la primera vez que se ven, en el invernadero de la mansión de Sternwood, que ha contratado a Marlowe para que libre a su hija menor de un chantajista. Están en El sueño eterno, primera novela que escribió Raymond Chandler, pasados ya los cincuenta años, en 1939.

A principios de esa década, Chandler fue despedido de la compañía petrolera donde trabajaba por llegar borracho al trabajo y tocarle el culo a las secretarias. En vez de buscar su enésimo trabajo, se puso a escribir. Su método para aprender a escribir era, cuando menos, muy curioso; lo explica en El simple arte de escribir, su correspondencia publicada por EMECÉ: se trata de tomar un relato que te guste, analizarlo, y tratar de escribirlo como tú lo harías. Le debió funcionar, pues pronto estuvo publicando relatos cortos en diversas pulp-fictions, entre ellas la célebre Black Mask, donde también publicaba Hammet.

Aunque nació en Chicago, se crió en Inglaterra, donde asistió a la Escuela Pública y donde probó suerte con la poesía, sin resultado. Durante la Primera Guerra Mundial, formó parte de la Real Fuerza Aérea Canadiense y, al término de la contienda, volvió a los Estados Unidos, donde desempeñó los más variados oficios hasta que llegó a ser alto ejecutivo del petróleo, su último empleo serio. Mientras tanto se había casado con Cissy Bowen, diecisiete años mayor que él.

El porqué Chandler escogió escribir género negro no se sabe. En 1946, en su ensayo El simple arte de matar, elogia a Hammet como uno de los grandes creadores del idioma americano, lo equipara con Hemingway y explica la gran importancia de las novelas de Hammet en el desarrollo del género policíaco. Es curioso que Chandler y Hammet sólo coincidieran una vez, en una cena de Black Mask, y que, según testigos, no se dirigieran apenas la palabra. Supongo que Chandler estaría intimidado, pues debía considerar a Hammet el único igual. Hammet destacó por una escritura objetiva, de acciones, gestos, sonidos, que queda patente sobre todo en El halcón maltés y en las novelas del agente de la Continental. Tal vez por eso Chandler optó por la subjetividad. Cuando dicen que la prosa de Chandler es lírica o está teñida de lirismo se refieren a eso: a la subjetividad, la voz de Marlowe narrando.

Creo de verdad que el lenguaje no describe la realidad, sino que la crea, y es el lenguaje de Marlowe el que crea ese Los Ángeles y Baja California donde transcurren sus correrías. Sospecho que Ellroy no soporta a Chandler porque sabe que la poderosa ficción de Chandler es la única que amenaza el Los Ángeles mítico de su infancia que el recrea como un martillo pilón novela tras novela. Queriendo desmentir la afirmación de Auden de que las novelas de Chandler eran poderosas obras de arte, Connolly le dedicó un maligno artículo en el que decía que el único personaje de estas novelas era Philip Marlowe, y que los demás eran estereotipos. Sin darse cuenta, puso de relieve lo que estoy diciendo: la voz de Marlowe crea todo el mundo de sus siete novelas. Alguien que cuenta con la admiración de W.H. Auden, Truman Capote o Guillermo Cabrera Infante, no necesita defensa.

Marlowe es una paradoja; siendo un detective del todo inusual —debía de parecerles muy raro a los lectores habituales de Black Mask— ha quedado como el estereotipo y epítome del detective privado de ficción. Para empezar, su apellido es el de un poeta isabelino, Christopher Marlowe, y puede relacionarse con el Marlow de Conrad, también narrador en primera persona. Como suele decirse, Marlowe tiene estudios, no es sólo un tipo duro que reparte estopa y se lleva al catre a cuanta mujer se cruce por las páginas de sus aventuras. Puede citar a Shakespeare y hacer una crítica pertinente de los diálogos de Hemingway, sabe más de lo que confiesa y siente simpatía por los indefensos y los débiles, conoce todas las partidas del campeón cubano de ajedrez Capablanca, es afable con todo el mundo y tiene una paciencia a prueba de bombas. Obstinado, tenaz, siempre con las peores cartas de la partida en la mano, su dignidad ética y estética es la de aquel que se niega a dejarse vencer, la de quien se niega a decir me rindo.

Decía John Housmann, productor de cine, amigo de Chandler y miembro del Mercury Teather de Orson Welles, que Marlowe, como Chandler, en realidad era un caballero inglés educado en la Escuela Pública, a quien los nativos de California le debían de parecer tan exóticos como los de las islas de los Mares del Sur, y que se dedicaba a impartir justicia entre aquellos salvajes como lo haría cualquier caballero de su Majestad Británica.

Hay algo de cierto en ello. Para los que han querido hacer una lectura social o marxista de las novelas de Chandler, Marlowe es un sentimental que se enfrenta a la injusticia social desde la emotividad. Qué gilipollez. Marlowe es un individuo al que la sociedad intenta aplastar y aprisionar, que no es capaz de entender ese enorme monstruo que es esa ciudad casi recién nacida, el Los Ángeles de 1930-1940, llena de chantajistas que extorsionan a ninfómanas hijas de millonarios pálidos y violentos, morfinómanos que también son médicos, segregación racial, políticos corruptos y policía al servicio de los intereses económicos, de sexo, lujo y violencia, enfrentado todo eso desde la ironía, la afabilidad y la negativa a dejarse vencer y con la ayuda de un código de conducta caduco y que los demás consideran tonto.

Ese mundo fascinante narrado por un personaje excepcional, salpicado de diálogos que son verdaderos intercambios de epigramas es uno de los mundos a los que me gusta volver de vez en cuando, a la búsqueda de palabras utilizadas por culturas hace mucho tiempo extintas y olvidadas.

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