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¿Por qué un libro sobre la intimidad?

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Cuando la pregunta se deja formular con tal facilidad es porque el juego ya está hecho. Estos son los conflictos que Deleuze (1973: 97) calificaba como «normalizados, codificados, institucionalizados», que ya están representados, resueltos al menos en el modo de su formulación, de cómo deben ser representados. Frente a estos, decía el filósofo, está el conflicto que aún no está normalizado, que se resiste a su representación, «porque dependen de otra cosa más profunda, porque es como el relámpago que anuncia otra cosa y que proviene de otra cosa, emergencia repentina de una variación creadora, inesperada, sub-representativa». La discusión sobre lo público y lo privado, al menos al nivel de las ideas, nos coloca en un campo de representación tramposo, porque nos vende como salida de esa representación un afuera que no es tal afuera, el espacio de lo privado como algo que escaparía a lo público, que se resistiría a su representación, un espacio a partir del cual encontrar otro tipo de verdad, más propia del individuo, una verdad personal que ya no tiene que ser negociada con los demás, una verdad identitaria desde la que construirnos de una forma que sea solo la nuestra.

Ahora bien, este espacio de privacidad está tan representado y depende tanto de la representación como el espacio público; responde a las mismas reglas del juego (de la representación frente a los demás), solo que jugadas aparentemente de otro modo. Su dependencia con respecto a un tipo de representación socialmente consensuada es lo que lo convierte en un blanco fácil de las estrategias comerciales: déjenos ayudarle a construir un entorno de privacidad realmente único para usted y los suyos, podríamos leer en una valla publicitaria como argumento para tratar de vendernos casi cualquier cosa. A diferencia del espacio público, cuya representación se pretende consensuada por una sociedad, la representación del espacio privado hace como si fuera expresión propia o responsabilidad de un solo individuo, proyección de su mundo interior, libre ya de las constricciones del juego social. Pero el mundo privado está tan construido y constreñido por una mirada exterior, sobre la que se proyecta esa representación, como el mundo público; la única diferencia es que esa mirada aparenta ser más selectiva: solo pueden mirar aquellos que tienen el permiso de entrar en mi mundo interior, en mi casa, en mi dormitorio, aquellos a quienes yo decido abrirles mi espacio propio, el espacio que me pertenece a mí de forma exclusiva. Las reglas del juego sobre las que se levanta un espacio y otro son las mismas, son las reglas de la representación frente a los demás, aunque las partidas se jueguen de manera distinta.

A nivel teórico nos situamos dentro de un mecanismo que no permite pensar un afuera desde el que abordar lo social o, si lo preferimos, la construcción del individuo de otro modo que permita escapar a este juego. Nada depende de otra cosa más profunda, retomando la idea de Deleuze, ni nada nos anuncia algo que venga de otro espacio, una variación creadora, inesperada, subrepresentativa. Solo nos resta seguir discutiendo el punto en el que colocar el límite entre un tipo y otro de representación, si traerlo más acá o desplazarlo más allá, haciéndonos creer que de este lado de la raya hay más verdad que del otro, porque es únicamente mía, mi verdad.

Todo esto tiene que ver con ese prejuicio anti-teatral (Barish, 1985) que la cultura occidental ha exhibido y, aunque suene contradictorio, teatralizado como garantía de una verdad que estuviera libre de la necesidad de representar y representar-se frente a los demás. La falta de credibilidad de la representación ha obligado tanto al arte como a la política a mirar en esa misma dirección, tratando de superar la mentira a la que supuestamente nos condenaría el estar frente a los otros, a los que nos liga un interés manifiesto; de ahí la necesidad de seducir, convencer, vender, de ganar votos, cuota de mercado o gloria.

El grito que amenaza de forma permanente los sistemas políticos que tratan de parecer democráticos –no nos representan–, y que ha vuelto a oírse en diferentes entornos de crisis de las democracias  posdictatoriales a partir de los años 90, es la expresión social de este lugar de quiebra de los sistemas de representación. Ante este vacío de representación causado por un exceso de representaciones, el individuo decide atender a los cantos de sirena de una economía de mercado cuyo producto estrella es tú eres diferente a los demás. El ámbito de lo privado, que no de lo íntimo, queda como garantía de un espacio de verdad sobre el que se sostiene una identidad. Cuando la multitud se hace visible físicamente en el lugar de la asamblea las democracias se tambalean; no pueden soportar tanta gente junta, tantas formas distintas. Todo esto no es nuevo, el fantasma del consenso, la necesidad de tener que estar de acuerdo con quien no se está de acuerdo ha acompañado a las democracias modernas desde sus comienzos en la sociedad de masas. El mensaje es claro: cada uno a su casa a seguir buscando su verdad personal, a seguir saboreando su propia intimidad, su yo más auténtico, libre de la mirada de los extraños, en plenitud.

cara A cara: A veces me pregunto por qué sigo bailando from CONTINTA ME TIENES on Vimeo.


Este texto pertenece a A veces me pregunto por qué sigo bailando, coordinado por Óscar Cornago (Continta, 2016). Lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en todas estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

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