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Otro encuentro con Virginia Woolf

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La señora Dalloway

Mi primer encuentro con Virginia Woolf fue en la adolescencia; me encontré con un ejemplar de Las olas, o de Al faro, no lo recuerdo, que corría por casa, y salí huyendo. Tal vez fue un encuentro prematuro. Desde entonces siempre me había producido mucho respeto, procuraba no acercarme demasiado a ella. Por otro lado, también estaba el hecho de que supiera que había saltado al Támesis con los bolsillos llenos de piedras un día de 1941. Ahogarme o quedarme ciego son dos de mis temores más antiguos e imaginarme a la sra. Woolf hundiéndose lentamente con los ojos abiertos mientras los peces pululaban cerca de ellos me producía desasosiego. Luego está su famosa fotografía, aquella en la que parece una modelo de Dante Gabriel Rosetti, con la piel de marfil y los ojos tristes. Pero como siempre escojo del menú los platos que no estoy seguro de que me vayan a gustar, decidí leer La señora Dalloway.

Claro que me gusta Virginia Woolf, esos extraños ritmos como remolinos. Se lo decía Truman Capote a Laurence Grobel en un libro que Anagrama ha reeditado hace poco en su colección Compactos. De nuevo el agua, el río, la muerte. La traducción ha acabado con los remolinos y tal vez eso ha restado brillantez a la prosa de Woolf. La señora Dalloway empieza con la ídem haciendo un recado en Bond Street. Fue entonces cuando sufrí una auténtica alucinación. La señora Woolf trataba de reproducir el ritmo de las calles de Londres pero era como si no saliera de su salón en Bloomsbury… Le encontré un compañero de té a la señora Woolf del todo inesperado: Louis-Ferdinand Céline. Sí, no me he vuelto loco ni he dejado la medicación. Céline escribió Guignol’s band —¿que no la habéis leído? ¿y a qué esperáis?— que debería llamarse Otro encuentro con la Sra. Woolf —por la canción infantil—, en la que las calles de Londres, repletas de putas y chulos franceses, cobran una vida que la señora Woolf no logra darles, aunque explique viajes en omnibús o la salida de las oficinas en el strand. Ambas novelas incluso comparten una calle, la Totenham Court Road, que es donde vive el infortunado Septimus Warren Smith en la novela de Woolf y  donde suceden algunas de las correrías de Ferdinand.

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Retrato de Virginia Woolf

¿Os imagináis un té entre la sra. Woolf y el dr. Destouches? Ambos comparten un gusto impresionista en la prosa: los sutiles toques de pincel de ella, los brochazos desquiciados de él. Los pensamientos que golpean la superficie como peces en un estanque —de nuevo el agua— en ella, los repentinos estallidos del ruido del Menière en él. Los veo muy correctos en la casa de Bloomsbury, hablando de Shakespeare, que está omnipresente en ambas novelas. Yo pagaría por asistir a esa reunión. Pero despidamos al dr. Destouches, al menos de momento, y sigamos con Dalloway.

La novela es una crítica a los mismos filisteos que encadenaron a Wilde, pero desde la comodidad de un buen piso en Bloomsbury. El príncipe Hal siempre podrá volver a palacio cuando se canse de correr por ahí con Falstaff. Es curioso como la autora no acaba de entender a las clases bajas, entre ellas al mismo Warren Smith, que es el emisario de la muerte para la señora Dalloway, y que creo que es una de las flojedades del libro, que por otro lado es admirable. En cuanto a la locura de Waren Smith, siempre es atrayente, desde Shelley y Byron, el criminal o el loco como rebelde ante la sociedad, pero se es conmovedor que la  Woolf refiera la clínica que debieron tener sus depresiones —y sus propias opiniones sobre los médicos como guardianes del orden social— los delirios no cuadrarían, aunque puedan darse en una depresión con síntomas psicóticos. Y no parece en absoluto una neurosis de guerra —esa catástrofe que corre sorda bajo la novela—. Esto se lo podría haber explicado Céline, prestándole las páginas del viaje en la que se describe un ataque de pánico por estrés postraumático de manera admirable.

No explico mucho más del argumento; os invito a leerla. Yo he hecho las paces con la sra. Woolf. Estoy deseando entrar en su habitación.

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