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Nos tenemos que reír. A modo de editorial [más o menos]

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Sobre algún pecado y lo difícil que es dar las gracias sin quedar demasiado moñas

Esta quincena, como me han dicho ya dos libreros —a los que además les tengo aprecio sincero, que esto es lo que tiene, que une mucho—  que parece que estoy enfadadísima, me había propuesto contar nada más que cosas buenas, porque no lo estoy, digo, enfadada, todo lo contrario… pero no me va a salir, estoy viendo, según me he sentado a mi mesa, lo he sentido, «Raquel, contente, con lo maja que tú eres, la paciencia que no tienes, ve a ver si alguien te la presta…», porque me han devuelto un recibo de 140 euros por un descuento que no puedo aplicar. Se trata de un albarán de depósito* con libros que se dejaron para la Feria del libro de Madrid del año 2016. Ahí es nada; no habían venido de vuelta en ninguna de las devoluciones, y se había vendido alguno después, nos dicen, los hemos facturado ahora. El señor que gestiona estas cosas, y que no se ha equivocado una sola vez en toda su vida, dice que no puede cambiar el descuento aunque sean libros que se han vendido fuera de la Feria. Porque yo lo valgo. Digo, porque lo vale él. En el albarán que llegó con ellos iba un descuento y ese descuento se queda así. Que a ver porqué va a cambiar y cómo él ese descuento. O algo así me dijo, en su día. Inexplicable. Inaudito. Casi cortocircuito con esto. El total de la diferencia vendrá a suponer unos 10 euros, tirando por lo alto (no lo he calculado, escribo en caliente, como los toreros metidos en faena y sin capote ni nada).

A mí me parece, y esto lo digo completamente en serio, que devolver un recibo a alguien que trabaja como nosotras, es un pecado de los de irte de cabeza al infierno a la de ya, sin esperar a la muerte, si acaso al sacramento este de los ungüentos, pero rapidito, señor cura, que no hay perdón que valga para una cosa así.

¿O no?

Pero no voy a escribir enfadada. Que me lo he propuesto. Sobre todo porque no lo estoy (o solo cuando me acuerdo del recibo, ay). La verdad es que estoy bastante contenta y agradecida, en líneas generales y particulares.

Por ejemplo, por la gente que colabora conmigo, las dos Belenes, que se ocupan del catálogo y los contenidos web, y Gloria, a.k.a. La Mujer Más Eficiente Del Mundo, que lleva las redes sociales. Y desde hace nada, cuando tenemos mucho lío, Sandra, avezada empaquetadora y mejor persona. Todo el rato sonriendo. De verdad. Es un fenómeno. Hasta hace nada estaba también con nosotras Alfredo, que es, además de periodista como Belén (García Hidalgo), machista teórico convencido. Una risa esto. Luego en la práctica un tío la mar de normal, claro. O tan raro como cualquiera de nosotras. Yo le quiero mucho.

—¿Por qué dices «colabora conmigo» en vez de «trabaja conmigo»? —me pregunta una figura que me he inventado para que me lo pregunte, que lo mismo queda raro, ya, pero es que me viene fenomenal, como me lío tanto cuando escribo*.

—Pues porque esto no da para tener a gente en nómina (y me vuelvo a acordar del recibo, no se me ponga por delante este hombre ahora mismo que le canto las cuarentaytrés, por lo menos), facturan las horas que trabajan y ya está.

Hace años, una librera de Santander, Paz Gil, me contaba, hablando de las épocas difíciles, que ella se felicitaba, y así lo hablaba con sus hermanos y hermanas: «Tenemos para pagar a la gente que trabaja aquí y a los proveedores, ¿no? Pues entonces no va mal». Me he acordado mucho de ella, y de estas palabras suyas, durante todo este tiempo, es uno de mis referentes, sobre todo cuando me he topado con algún sinvergüenza que no te paga porque no le da la gana, o con este burócrata (que no se ha equivocado en toda su vida, decíamos, mare); gente que va por la vida así, dando mal pudiendo evitarlo, con lo bien que sienta el evitarlo, el darte cuenta y hacer las cosas como se deben hacer para que los demás, por ejemplo, pero no solo, también podamos atender cuando toca los pagos.

Dar las gracias sin sonar a hueco es muy difícil, me parece. En este contexto, por ejemplo, decirle  a Concha Quirós que es una de las personas a las que más he admirado y sigo admirando suena, no sé, no me alcanzan las palabras, no sé escribir de verdad si no es desde el estómago, qué le vamos a hacer. Sí que puedo contar que una vez me dijo que estaba muy contenta con la gente que trabajaba en la librería, alguno ya a punto de jubilarse. Lo dijo agradecida, un puntito ufana. Lo recuerdo perfectamente, en ese despacho a rebosar de libros, papeles, recuerdos. He seguido trabajando con ellos, sin pausa, desde que abrimos, es una de las librerías con las que tenemos una relación más fluida, les he pedido mil cosas, me he equivocado qué sé yo la de veces, y siempre me han tratado, no ya ella, que también, sino la gente que trabaja allí, en la librería Cervantes de Oviedo, la contable, la librera que te coge puntualmente el teléfono, con una amabilidad, una paciencia… No sé si me explico. Es como cuando vas al Carrefour y luego al Mercadona. Las cajeras y los cajeros de este último están más contentas y contentos, son más amables. Esto es así. Pues con la librería Cervantes, lo mismo; da gusto. Es decir, Concha hablaba de verdad, no era en absoluto una pose.

Que yo lo que estoy es muy agradecida. Era sobre esto sobre lo que quería escribr hoy. Me enfado muy poco. Tengo uno de los mejores trabajos del mundo porque, además de trabajar con libros, con lo que a mí me gustan los libros, trabajo con gente estupenda, ya iré contando aquí quiénes y cómo, que es bonito; gente que además te enseña un montón sin esperar nada a cambio, si acaso que no les des mucho ruido, que decía mi abuela Chencha.

Tal vez me apunte a clases de mindfullness; he leído que con la práctica regular de esta disciplina llega a importante un pito prácticamente todo, que aprendes a situar casa cosa donde debería ya, a estas alturas, haber aprendido a situar ese puñetero recibo. Jolín.

 

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