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«Mrs. Dalloway no existe, pero es auténtica y tiene una vida y lo que es muy importante, mejora la nuestra». Maite Larrauri

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Entrevista

La filósofa Maite Larrauri comenzó a hablar de Mrs. Dalloway. De su caminar arriba y abajo por las calles de Londres, de ese deseo suyo de comprar flores y de la percepción tan intensa de que aquella mañana era clara y que el aire era muy fresco a esa primera hora. Y estuvo pues, esa expresión de Clarissa Dalloway , «¡Qué fiesta! ¡Qué aventura!», ya que la entrevistadora, al escuchar a Larrauri hablar de uno de los personajes más potentes de Virginia Woolf, se adentraba en una conversación que le iba a proporcionar jugosas enseñanzas.

Se escuchaba a Larrauri decir sobre Mrs. Dalloway, aún sabiendo que lo que recreaba no era la novela de Virginia Woolf, sino la posibilidad de que la escritora hubiera leído al filósofo Henri Bergson, pues al acudir a los escritos de éste, era inevitable no pensar en esos «diálogos subjetivos que forman parte de nuestros hábitos culturalesm, esa vida interior, ese discurso por el que continuamente estamos transitando», del que habla Bergson y del que Clarissa Dalloway, no había duda para Larrauri, era un magnífico ejemplo. Ejemplo que pertenece a la filósofa y al que hace referencia en repetidas ocasiones en La creación según Henri Bergson. Este libro era en verdad el sujeto de la conversación en una mañana de primavera. Aunque Mrs. Dalloway siempre estuvo allí, en su incesante trasiego.

«Conecto con Bergson, porque posee elementos que me sirven para mí en el presente. Hay conexión y simpatía. Y yo soy más con Bergson que sin él, y lo mismo me pasa con los otros. Es juntar mente y corazón», afirma la entrevistada. Y los otros son aquellos que ya están o estarán en esa colección tan especial de Fronterad, titulada Filosofía para profanos, donde la escritura de Larrauri y las ilustraciones de Max se ensamblan de tal manera que se hace difícil concebir a la una sin las otras. Cuando la escritora dice, el ilustrador amplifica. Si Bergson señalaba que «el arte de lo escrito consiste en hacer que olvidemos las palabras», aquí el arte de la ilustración hace que leamos las imágenes como sabia y hermosa literatura.

Algunos de los otros que ha señalado Larrauri: Spìnoza y Hannah Arendt y Simone Weil y Epicuro. Aunque Deleuze siempre será el primero. El primero para ella y el número uno en la colección. «Deleuze no se puede poner el número dos ni el tres ni el ocho. Es mi maestro». En ese libro primero que habla sobre el deseo, ha escrito Larrauri: «Él (Deleuze) tenía la capacidad de ofrecer una puerta de entrada a textos intrincados y que quizá hubieran permanecido opacos sin su mirada».

Pero ahora es Henri Bergson, ese filósofo que no forma parte del panteón de ilustres, aunque fuera famoso en Francia y en el mundo anglosajón, y que obtuvo el premio Nobel en 1927, pero del que Maite nunca oyó hablar en su carrera. «La primera vez fue en unos Encuentros de filosofía en Denia. Yo tenía 30 años». Y si en el libro la autora escribe: «Bergson comparaba su curso con un concierto para un público que no necesitaba ser profesional». Y más adelante, «Sus lecciones se desarrollaban con la alegría de la creación, de la improvisación a partir de un tema, como la interpretación libre de una partitura». Y también, «Bergson no cita eruditamente (a los filósofos) para apoyarse en lo que dicen o para contradecirlos, sino que los piensa a partir de asuntos que de alguna manera tocan la actualidad». Eso mismo puede afirmar la entrevistadora de Larrauri, porque al escucharla, ya en conferencias, charlas o en esta conversación, se tiene la impresión de que ella es los filósofos de los que habla.

Maite Larrauri elige conceptos para desmenuzar entendimientos. De Deleuze eligió el deseo; de Spinoza, la felicidad, y de Bergson, la creación. «La creación es para mí el núcleo de su enseñanza. La llave que abre a la comprensión de sus escritos. La que me facilita la entrada», y con esa llave se adentrará en conceptos como la intuición, el movimiento, la risa o la verdad desinteresada».

«El primer desafío de Bergson consiste en afirmar que la intuición, o sea un conocimiento absoluto de las cosas, es posible. Entender no en relación a, sino en términos absolutos, y no relativo a mis intereses. Si sumamos inteligencia e instinto, tenemos esa intuición de la que habla Bergson». Y sigue: «La intuición es creativa. Saltar dentro de uno mismo, captar la verdad de algo para quedarme con mi esencia. Depurar. Entender mi paso. Así se entenderían mis amigos, mis amores, mis amantes». Habla Clarissa Dalloway: «Como un cuchillo que atravesaba todas las cosas y al mismo tiempo estaba fuera de ellas mirando». Y prosigue Maite, esta vez en el libro: «Podemos tener intuición no sólo de nosotros mismos. De hecho ya hemos tenido esa experiencia: hemos simpatizado con Clarissa Dalloway y con Marcel Proust. Es un buen comienzo». Y tanto, Mrs. Dalloway sigue en su trasiego por las calles de Londres y ahora se ha parado sólo un instante para contemplar los autobuses en Picadilly. Se escucha en el libro de Virginia Woolf: «Su único don era conocer a la gente casi por instinto, Pensó esto y prosiguió su camino».

Como prosigue Larrauri el suyo: «Si confundimos el movimiento con el espacio recorrido, hacemos del movimiento algo divisible en puntos como el espacio. El tiempo es una categoría de pensamiento. El tiempo medible es comparable al espacio medible. Tantas horas, tantos centímetros. Pero Bergson dice que no, y habla del tiempo subjetivo». Y explica la paradoja del movimiento que formuló Zenón, la de Aquiles y la tortuga. Y añade: «El tiempo no medible, el que transita, el que discurre, el que no va de un sitio a otro sin más, es el que nos debe interesar. Como a Clarissa, que sentada en el autobús que ascendía por Shaftesbury Avenue, dijo que ella se sentía en todas partes; no ‘aquí, aquí, aquí’; y golpeó el respaldo del asiento, sino en todas partes. (…) Ella era todo aquello. De manera que, para conocer a Clarissa, o para conocer a cualquiera, uno debía buscar a la gente que lo completaba; incluso los lugares».

Palabras e imágenes, de eso se va llenando la enriquecedora mañana, pero ahora hay que atender bien pues llega la verdad desinteresada que la filósofa desmenuza para que quien escucha entienda: “Se hacen descubrimientos que facilitan la vida, y tienen todo el interés en cuanto a la especie humana. En la física, por ejemplo, son descubrimientos relativos a nosotros, pero no es un conocimiento en sí mismo, pues se han aplicado unas lentes preexistentes, algo ya sabido. El progreso de la ciencia es que va cambiando la óptica y se van construyendo verdades relativas, pero la Verdad desinteresada no tiene ninguna eficacia en cuanto a la especie humana”. Leo: «Los descubrimientos científicos no tienen la grandeza de una verdad desinteresada». Una pausa y sigue la palabra: «Fijémonos en una obra de arte. En Mrs. Dalloway, en lo que Virginia Woolf consigue si conectas con ella. Si lo haces, te aproximas más a ti misma. Esa es una verdad desinteresada. Mrs. Dalloway no existe, pero es auténtica y tiene una vida y lo que es muy importante, mejora la nuestra». Larrauri suena aquí muy convincente, se detiene apenas, y eleva la voz: «Nuestra mejora de vida no es por lo instrumental sino por el júbilo». Y pone un ejemplo muy simple: «Una lavadora te facilita las cosas, pero no te hace feliz». Larrauri sonríe.

Y surge la risa como elemento de estudio. Se lee en el libro: «La risa no ha sido objeto de atención por parte de los filósofos… Y sin embargo, como demuestra Bergson, un estudio de la risa puede aportar elementos muy valiosos para entender la libertad humana». Y dice Larrauri en la conversación: «La risa es escarnio, necesita del grupo. Es algo que la naturaleza ha creado para combatir la mecanización. La risa es una forma de romper esa mecanización. La risa de grupo es un punto de vista. Si la vida transcurriera sin detenerse no habría risa. Bergson separa la comedia de la tragedia. La comedia generaliza. Coge un sector y lo reduce a un mínimo común denominador. Avaros, hipocondríacos… ».

Casi al mediodía, se habla de la figura del artista. «Los artistas capturan verdades, y las capturan en particular. Hamlet es uno. El Quijote es otro. El arte expresa la verdad particular de algo». Pero entonces, por qué el arte es universal. «Porque la expresión de verdad, de autenticidad por parte de un artista, es contagiosa. Puedo conmoverme con Mrs. Dalloway, pero es Virginia Woolf quien está escribiendo, quien ha escrito. El grado de autenticidad del libro, no es una impostura». Y ella, la filósofa, escribe: «Su sinceridad es contagiosa, nos empuja a que también seamos sinceros con nosotros mismos» .

Se acaba la mañana y la conversación y al recorrer las páginas de La creación según Henri Bergson, vuelve el disfrute de la exquisita sabiduría de las ilustraciones de Max. Después, paseamos, señalamos la mañana azul y cielo limpio que rejuvenece calles y edificios. Mientras, Mrs. Dalloway continua transitando las calles de Londres, comprando flores y preparando la fiesta. Una maravilla.

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