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Menos mal que somos felices, mamá. A modo de editorial

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La frase es de mi hija. No dejará de sorprenderme su capacidad para ser feliz, su sentido del humor, con lo chiquitina que ha sido, la madre tan cargada de trabajo que ha tenido casi desde que era un bebé. Doy las gracias al cielo cada día. De corazón. Recuerdo que me lo soltó cuando llegamos al coche para volver de no sé qué recado, estaríamos comprando los regalos de reyes en Venir a cuento, me parece; me pusieron dos multas casi a la vez: una por aparcar en un sitio reservado para discapacitados y otra por caer mal a uno de los dos policías nacionales que justo acababan de ponerme la primera: vio la cara que puse, y que era de muchísima pena, qué debió sentir o pensar él al verme llegar, me pregunto, ya que sé que no fue compasión, hay gente que tal parece que lleva horchata en vez de sangre en las venas, ¿verdad?; me atizó otra multa, digo, al comprobar, buscando por el coche qué otro castigo podría infligirme, que hacía un par de semanas que debía haber pasado la ITV. Me llevé las dos multas puestas, en fin, además de una buena regañina, delante de mi niña, cual criminal peligrosísimo pillado in fraganti, casi se me saltaron las lágrimas, por un momento pensé que me llevarían presa, qué mal, no les recomiendo tener un desliz así, ándense con mucho ojo, sobre todo sin circulan por Madrid, la policía puede ser así de despiadada, Carmena, qué les das… El caso es que cuando por fin  nos sentamos y arranqué al fin el coche para volver a casa, mi hija me dijo, con una sonrisa de esas de querer comértela porque no se puede ser más lista y más bonita: «Menos mal que somos felices, mamá».

Hace un par de semanas, cuando el último —a Dios pongo por testigo— editor novato con el que voy a trabajar en mi vida me ha dado un señor disgusto, de los que costar tiempo, dinero, humor y esfuerzo, es decir, de los imperdonables, me he tenido que acordar, como tantas otras veces luego de aquellas multas, de esto, sí, menos mal, menos mal.

Aquí pongo una foto que, más o menos, ilustra esto que digo:

Marina Beloki, una de las editoras de Continta Me Tienes

Es de ayer* ¿Por qué no vendemos más libros, con la ilusión que le ponemos?, llamamos a la charla con motivo del día del libro—, en Librería Burma. Nos habíamos juntado, la verdad, no os voy a contar lo que no es, para echar unas risas a nuestra costa. Contábamos con la complicidad de la librería; les encantó la idea cuando se lo propuse. Hemos metido la pata de tantas y tan diferentes y variadísimas formas, que lo raro no es ya que no vendamos mucho, no. Lo que debería estudiar —y luego plasmar en informes que pudiera citar/enlazar el español de tipo medio para cargarse aún más de razón discutiendo en la barra de cualquier bar/muro de facebook— alguna prestigiosa Universidad de Massachusetts y así es el por qué vendemos alguno. Una madre soltera, con ese puntito de carácter que a la fuerza te da el cargo, y tan poquita paciencia, qué cara me la venden, al frente de una distribuidora cuyo catálogo está repartido por unas 200 librerías, no más de 50 —y subiendo, eso también— que de verdad simpatizan y quieren y pueden tomarse el trabajo de conocer y recomendar nuestros libros; unos editores y editoras que, en algún caso, compaginan su actividad editorial con otras labores, algunas harto más lucrativas que su proyecto editorial… ¿Cómo es que sigue esto en pie?

A mí me parece que es porque somos felices, editores novatos huevones y metepatas aparte. Es decir, nos gusta y disfrutamos mucho de lo que hacemos. Sabemos dónde estamos. Qué pretensiones podemos tener, nuestra capacidad de trabajo. Editores novatos huevones y metepatas aparte, digo. En la casa se van quedando, por pura selección natural, las mejores editoriales, las más centradas. Y eso, a la larga, es lo que hace que vendamos esos libros que sí conseguimos vender, que cada vez trabajemos mejor y con más librerías [de calidad; nuestros títulos pintan más bien poco en El Corte Inglés].

Carlos y Cristina Escandón (Principia)

Carlos García Santa Cecilia, editor de los libros de fronteradeligió para la ocasión una anécdota que se recoge en Editor (Trama editorial, 2009). Habíamos podido leérsela estos días de atrás en fronterad. Sirve para ponerle foto guapa a la profesión de editor/editora, me parece:

«Es probable que mi familiaridad con el libro me dé una visión sesgada, pero lo considero una pequeña obra maestra», afirma Maschler, al que por una vez se le escapa la vanagloria. La edición es un oficio –que yo he adoptado en mi tercera reencarnación– en el que conviene que no se deslicen estas consideraciones –ni siquiera mentales–, que a nada conducen, porque tu misión es que brillen el autor y la obra. Corregir una imprecisión, apuntar un adjetivo y tachar mucho de lo que sobra, algo que en los periódicos se hace con normas y el libro de estilo a la vista, pero que en los libros es fruto de la experiencia y de la intuición. Se trata de conseguir la obra que te gustaría leer, que por supuesto no es tuya.

Empezarían luego a contar sus pifias, de eso se trataba, Continta y Principia. No sé la de veces que he escuchado a Quique contar la ya mítica batalla librada con —o contra— todas las tipografías que pueden —o él hizo que pudieran— caber en la portada de una revista digital. Lloro cada vez. Es como ver Arsénico por compasión. Un clásico que nunca defrauda, un reír y no parar. Pena que la fotógrafa, por las risas*, no pudiera captar más momentos como el que aquí se intuye:

O tal vez aquí estuvieran, ahora que miro la foto, por la orientación, riéndose de las tribulaciones de Continta como Star up vasca. Que es que son* de Navarra, no sé si saben. Ello no sólo imprime carácter. Viste un montón. Eso y su colección dedicada a las artes escénicas, o la dedicada al feminismo y sus hamores.

Entiendo, en fin, que anoche triunfamos porque la gente se limpiaba las lagrimillas de la risa con las mangas de la camisa. Y porque vendimos libros, que eso sí que da alegría y felicidad de la buena; que el trabajo de una se vea recompensando con ese gesto, el de ir a leerse justo tu libro, con lo que cuesta y vale.

Menos mal que somos felices, en fin. Gracias a todas y todos.

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