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«Me dijo también que en España había 6.000 lectores». Una historia de Javier Castro

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Hace ya más de veinticinco años de aquel viaje a Cáceres en el que Javier Tomeo dio una charla para setecientos alumnos. A alguien de la universidad se le ocurrió que quien asistiera a las cuatro conferencias de escritores del ciclo que organizaron se le dieran alegremente unos cuantos créditos académicos (en aquella época —aunque parezca increíble— aún existían cosas gratis) Resultado: setecientos chavales llenando el auditorio del antiguo convento de San Francisco sentados incluso en los pasillos, las escaleras y hasta en las tumbas de las capillas laterales. Aquello era un gallinero —una fiesta—. Javier se quedó mudo cuando vio aquel gentío esperando su conferencia.

Yo había llegado una hora antes y estaba sentado en la primera línea del frente, velando armas con el entusiasmo que da la juventud. Llevaba un par de bolsas de plástico con veinte de sus libros y estaba dispuesto a asaltarle para que me los dedicara todos. En aquel entonces yo era —como sus personajes— un solitario… un raro: no sabía muy bien cómo eran estas cosas de la vida literaria. Al acabar la conferencia me lancé a la mesa bolsas en mano como si me fuera la vida en ello. Lo normal es que Javier se hubiera asustado recordando aquella admiradora de Misery de Stephen King que acaba secuestrando a su escritor favorito, pero me dijo que le llevase los libros al hotel en el que se hospedaba, que por la noche me los dedicaría y los dejaría en recepción al irse.

Gallitigre

No recuerdo muy bien lo qué pasó aquella tarde tras el acto, solo que —con la cabezonería que a veces tenemos los tímidos— conseguí apuntarme al grupo de los elegidos que le acompañaron a tomar unas cervezas. Nos reímos mucho con él… Le gustaron unas croquetas –esta cosa tan absurda sí que la recuerdo nítidamente— y se manchó la chaqueta con la salsa de algo. Entonces con un gesto teatral sacó de uno de los bolsillos un espray con espuma anti-manchas. Nunca viajaba sin aquella maravilla —contó— y asistimos, como quien asiste a un milagro mariano a la desaparición de la mancha.

46197690Al volver a ver tantos años después los libros que me dedicó y llenó de dibujos, pienso en aquella mancha desapareciendo lentamente como mis propios recuerdos. Y también en cómo desapareció el propio Tomeo no sólo de la vida sino de las mesas y estanterías de las librerías. Tal vez esa lección sobre la facilidad con la que se borran las cosas fue lo más importante que aprendí de él aquel día. Me dijo también que en España había 6.000 lectores y que yo era uno de ellos. Que conocía ya casi a todos… Ahora que lo pienso tal vez deberíamos organizar algún día una mega rave, un fiestorro, un encuentro entre estos 6.000 para celebrar que aunque el tiempo borra casi todo —como aquel espray fantástico anti-salsas— nos quedan los libros donde todavía podemos escuchar como ríen y hablan los que ya no están.

Al volver a ver el gallitigre para escribir este pequeño texto, de repente me ha entrado la curiosidad por saber cuántos dibujaría Tomeo. Tal vez apenas sean unas docenas y esta extraña especie esté especialmente protegida y a punto de desaparecer también. Por si las moscas cuido el libro, lo cierro con delicadeza, le acaricio el lomo, le limpio el polvo una vez al mes…


Javier Castro es el responsable de la más que peculiar y librerantísima Fundación New Castle, uno de esos proyectos que, que, que… mejor conózcanlo por ejemplo en esta entrevista , en este reportaje o en esta noticia. Además co-dirige la Editorial Micromegas.

 

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