Inicio»Puentes»Libros que leemos»Matar un ruiseñor [por Jerónimo Fernández Duarte]

Matar un ruiseñor [por Jerónimo Fernández Duarte]

2
Compartidos
Pinterest Google+

Harper Lee

*Nota de la editora: por cuestiones que no viene al caso enumerar aquí no publicamos esta entrada el domingo pasado. Estaba programada para hoy. Sirvan las palabras de Jerónimo Fernández Duarte como cumplido homenaje por parte de los librerantes. Gran mujer. Aquí nuestra consideración.

Nelle Harper Lee es una de las dos personas a las que está dedicada A sangre fría, de Truman Capote. No es extraño, pues Capote y Harper Lee eran amigos desde la infancia y Nelle acompañó a Truman a Holcomb, Kansas, en alguno de los viajes que hizo allí para recoger material para su impactante libro. Mientras tanto ella escribía la novela que hoy nos ocupa. He leído alguna tontería deslizada en las reseñas de la película Capote a propósito de que Capote había insinuado alguna vez que había intervenido en la redacción de Matar un ruiseñor; no hay constancia documental. Lo único que consta es una carta de Capote a su tía en la que le dice que Harper Lee está escribiendo una novela sobre su infancia, en la que él aparece como Dill, uno de los personajes principales, y que la novela está muy bien. De hecho, estaba tan bien que ganó el Pulitzer. En la citada película se veía a un Capote que niguneaba el éxito de su amiga, lo que tampoco es cierto: durante aquella época, Capote estaba absorto en su libro; de la muerte de Marilyn Monroe, que era una de sus más queridas amigas, se enteró varios días después al ver un períodico en Palamós.

10LEECAPOTE-master315 Es sin duda fascinante que el Capote niño sea uno de los personajes de la novela, pues Harper Lee se muestra muy sutil en su retrato y nos da algunas claves para entender tanto a la persona como al personaje. Dill es un embustero, el “más grande fabricante de bolas” del mundo, pero eso se debe a que confunde a menudo realidad y fantasía y a que prefiere a menudo su fantasía a la realidad. Especie de fardo que pasa de pariente en pariente, Dill llega a escaparse de casa porque no soporta a su nuevo padre y se refugia en casa de los Finch, en Maycomb, el trasunto de la Monroeville de los relatos de Capote. Sus historias fascinan a Jem y Jean Louise (Harper Lee), los niños protagonistas de la novela y su vocación declarada en un momento de la novela es ser un payaso, un payaso que se planta en medio de la pista y se ríe del público hasta volverse loco. Y, además, pasajes de la novela iluminan otras novelas de Capote: la mansión Radley es como el hotel abandonado en medio de los pantanos de Otras voces, otros ámbitos y la conclusión a la que llega Dill de por qué no huye Arthur Boo Radley es la misma a la que llegan los personajes de Otras voces, otros ámbitos: no tiene sentido huir porque no hay sitio a dónde huir. Y además es imposible no pensar en Carson MacCullers.

Pero sería injusto reducir Matar un ruiseñor a una novela que refleja otras novelas, ya que es una obra suficiente en sí mísma y una digna continuadora de la novela sureña, en especial de sus niños perdidos, pues Capote y MacCullers no son recordados aquí por casualidad, como podría ser recordado Davis Grubb por La noche del cazador, otra novela sureña con niños perdidos. Al leer la novela de Harper Lee uno se reencuentra con un tono familiar, de narración de los avatares de una ciudad pequeña, donde los adultos son observados con asombro desde los ojos de un niño, y el horror y el cariño están a la vuelta de la misma esquina. Me pregunto cuánta importancia deben de haber tenido las abuelas como narradoras orales en la novela sureña, probablemente más que Papá Faulkner, demasiado severo como para luchar con él en serio —siempre, siempre lo veo como un terranetiente con botas de montar y una fusta en la mano.

Matar un ruiseñorEn Matar un ruiseñor hay dos centros aparentes que hacen avanzar la acción: el primero es la historia de la fascinación que el recluso Boo Radley genera en el trío de niños protagonistas y cómo verlo y sorprenderlo dentro de su reclusión es toda su ansia. Estamos aquí en el terreno mítico de la infancia, de las aventis que diría Marsé. El otro centro aparente es el juicio por violación que ha de afrontar Tom Robinson, un joven y tullido negro, y que ha de defender Atticus Finch, el padre de los niños. Esta es la irrupción de la realidad, de la más dolorosa: comprobar que las en verdad buenas y amables gentes de Maycomb pueden seguir sus prejuicios hasta llevar un hombre a la muerte. A menudo se presenta Matar un ruiseñor como un alegato contra la segregación racial o un candoroso canto a la igualdad, pero no es tal: es una novela más resabiada de lo que parece, incluso en el lenguaje empleado. A Harper Lee no se le ocurriría —tampoco era la época— utilizar términos como afroamericano o gente de piel morena, aunque sí utiliza de color, que es como se dividen los asientos en el tribunal.

Porque el verdadero centro de la novela relaciona estos dos centros aparentes y trata sobre cómo encorsetamos a los demás, como no los dejamos respirar una vez los hemos puesto dentro de alguna de nuestras categorías, sean estas las que sean: así Boo Radley es un recluso y un coco para niños sin que tenga la oportunidad de ser otra cosa, los Finch son una familia de abolengo, según la tía Alexandra, hagan lo que hagan sus 3 excéntricos miembros de Maycomb, Bob y Mayella Ewell son un desastre y los Cunnigham, basura blanca. Y Tom Robinson, no es más que un negro. La pequeña Jean Louise, que es la narradora, apunta directamente a las cosas tal y como deberían ser; no sólo en el aspecto racial, también en el de género sus observaciones son agudas y certeras y ambos hermanos hacen la pregunta más embarazosa que puede un niño hacer «Papá, si esto está mal ¿Cómo lo puede la gente hacer?». Contra eso, la honestidad de Atticus Finch, su hermoso espíritu democrático americano, les da el consejo a sus hijos de no juzgar a nadie hasta no vestirse con su piel y andar un poco con ella, para ver por qué la gente hace lo que hace.

¿Y el título? Matar un ruiseñor es pecado, porque es matar a una criatura no sólo indefensa, sino inofensiva. Como le decía la prima Sook a Truman en El invitado del día de acción de gracias, el peor pecado es la crueldad deliberada. Destruir a un inocente es un pecado, es una gran maldad, y hasta que el mundo no cambie, Boo Radley no saldrá de su casa, aunque los niños crezcan y se hagan adultos y sus ojos hayan perdido la capacidad de asombro.

Harper Lee y Mary Badham durante el rodaje de la adaptación de su novela al cine. Mary representaba el papel de la pequeña Harper Lee.

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *