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Los Años, una novela para leer y volver a empezarla

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La primera vez que me acerqué a un libro de Virginia Woolf, no recuerdo ahora si Las olas o Al faro, tenía unos 16 años y salí huyendo. Tardé más de 20 años en volver a acercarme a Virginia Woolf; leí La señora Dalloway y después su famoso Una habitación propia y después El lector común, con sus reseñas y artículos literarios. Como los años vuelan y los libros pendientes se acumulan he tardado más de lo previsto en volver a leer una novela suya, Los años, que compré en una papelería que vendía libros y que ahora es una cafetería que vende revistas.

En la contraportada se nos informa de que se trata de la historia de una familia burguesa, los Pargiter, a los largo de unos cincuenta años, por lo que uno se dispone a leer la consabida novela decimonónica o georgiana sobre una familia burguesa y el fin de su mundo, pero no cuenta con la peculiar percepción del tiempo de la señora Woolf.

Organizada como una serie de saltos temporales, de meses, años o décadas, hasta llegar al presente, que en la novela es mediada la década de los treinta del siglo XX, Los años recoge instantes de la vida de los Pargiter, instantes en los que no pasa gran cosa: una velada lluviosa en la que un estudiante prepara un examen de griego, la visita de revista de una casa pobre de Eleanor, la atolondrada hermana mayor, la cena en casa de la prima que está casada con un lord, una preciosa tarde de primavera en la que las nubes navegan hacia el crepúsculo en Hyde Park… no son lo que podríamos llamar momentos epifánicos, como los de Joyce en Dublineses, pues nada cambia en apariencia para los personajes, pero la cadencia de los episodios, puntuada por el cambio de las estaciones, la descripción de las nubes, las flores y el recurso a reproducir el zureo de las palomas, va atrapando al lector en un tono, en una red que le lleva a preguntarse «¿Esto somos? ¿De estas naderías está hecha nuestra vida?» Y a sentir una pena indefinida por el paso del tiempo, aun cuando la novela acaba con una imagen de esperanza, con los Pargiter ya ancianos volviendo de una fiesta al romper el alba.

Roger_Fry_-_Virginia_Woolf
Virginia Woolf, retrado de Roger Fry

Si en la señora Dalloway los pensamientos eran como peces que desde dentro del estanque salieran a la superficie del agua, en Los años estos instantes inconexos serían como gotas de lluvia que al caer formasen un dibujo fugaz en ese estanque y luego desaparecieran. La elección de Woolf por el detalle, la domesticidad, por lo mínimo, me hace pensar en el famoso ejemplo de Tolstoi utilizando las pisadas de unas botas en la nieve para describir la inmensidad de la estepa rusa.

Al acabar la novela, uno se ve tentado de volver a empezarla, como quien apoya la frente en una ventana por la que resbalan las gotas de lluvia, deseoso de descifrar su alfabeto.

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