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¿Qué libro dejaría para siempre en la mesita de noche?

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Esta foto es de Brooke Anderson

Uno de los grandes tópicos literarios, sobre todo entre los lectores, se sitúa en la mesita de noche. Ahí está el libro sempiterno en la mesita de noche. «Siempre tengo un libro en la mesita de noche», dirá el lector. Puede ser un libro diferente, claro. Lo que indica es que se lee con frecuencia, antes de irse a dormir, como una costumbre o rito. Puede ser verdad y no indica necesariamente impostura o alarde alguno. Mi intención no es criticar ese hábito o que se cuente a los demás ese hábito, que por otra parte es uno de los más saludables que se puede tener, incluso cuando en determinados contextos hubiese un ánimo de simplona ostentación. Hasta en ese caso sería sano, para una cosa que los seres humanos hacemos bien…

Pero algunas veces me he preguntado sobre el libro que tendría en la mesita de noche. El libro en singular. Uno sólo. Siempre el mismo. Un libro que pudieras leer muchos días, o al menos un buen puñado, antes de dormir o incluso al despertarte en medio de la noche. O al levantarte si es de esas mañanas libres en las que puedes remolonear y hacer planes para conquistar el mundo desde dentro de las sábanas. El libro de la mesita de noche.

Si ahora está usted cavilando, el libro puede pertenecer a cualquier género, ser ensayo, cuento, novela o poesía, y tener la extensión que sea. No hay reglas al elegirlo. Piénselo con detenimiento…

Por mi parte me quedo con el que es para mí el libro por excelencia de mesita de noche, aquel que puede, al extender uno la mano y abrirlo por cualquiera de sus páginas, iluminar la existencia con una ráfaga de ingenio, aquel que siempre provoca un pensamiento o una sonrisa, aquel que (estoy creando suspense) reúne todas las facultades de la autoayuda si la autoayuda no fuese lo que es si no lo que debería ser, aquel que encierra toda la sabiduría sin el más mínimo asomo de pedantería, aquel que (qué irritante es esto, ¿verdad?) no tiene desperdicio en ninguna de sus páginas, aquel cuyas ediciones extendidas son tan buenas como la seleccionada, aquel que  (veeeeenga, que no tiene ya graaaaaaacia) supone un rayo de… Vale, lo dejo ya. Pero porque yo quiero. Estoy hablando ni más ni menos, que de una obra cuyas magnánimas… era un último chascarrillo, vale, vale ya. Bueno: El diccionario del Diablo. Ese es mi libro para la mesita de noche.

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El de la izda. es Ambrose Bierce, que curiosamente está desde hace tiempo como el caballero que hay junto a su mano

No es mi intención describir ahora el libro o la vida de su autor, Ambrose Bierce, sino resumir, aunque ya lo haya hecho arriba haciendo el tonto, el porqué de mi elección. Y en vez de empezar de nuevo a enumerar tomo prestadas las palabras de Ernest Jerome Hopkins, profesor de la Universidad Estatal de Arizona, quien se ocupó de la edición ampliada de El Diccionario del Diablo. Ahí van: «Lo que hizo este hombre fue reírse de la vida, de la gente y de las instituciones y costumbres aceptadas como no había hecho antes ni ha vuelto a hacer hasta el día de hoy ningún escritor estadounidense».

¿Exagera? En absoluto. Resulta impresionante observar cómo las definiciones recogidas en el diccionario satírico de Bierce, publicado hace más de un siglo, siguen vigentes en todos los sentidos, tanto en la inteligencia de sus observaciones como en el estilo irónico y directo en el que se expresan. Salvando algunas referencias históricas podría estar escrito ahora mismito. Con una salvedad, bastante curiosa por cierto: muchos medios de comunicación ni siquiera le darían la oportunidad de publicarlo por políticamente incorrecto. Ambrose Bierce tendría en la segunda década del siglo XXI más problemas para escribir sus textos en los medios que a finales del XIX o principios del XX. Seguramente se vería obligado a tuitear su diccionario, siendo seguido por una legión de haters y otra de fans.

Pues ese sería mi libro de la mesita de noche. Y si no lo conocen trataré de convencerles para que sea el suyo también poniendo diez de sus definiciones, escogidas rápidamente y a vuelapluma, pues cualquiera de sus páginas, insistimos, es una mina de oro:

Aplauso.- Eco de un tópico.

Circo.- Lugar en el que se permite a caballos, ponis y elefantes contemplar a hombres, mujeres y niños comportándose como idiotas.

Decidir.- Sucumbir a la preponderancia de una serie de influencias en detrimento de otra serie.

Ejército.- Clase improductiva que defiende a la nación devorando cuanto pudiera tentar a un posible enemigo a invadirla.

Fidelidad.- Virtud propia de quienes están a punto de ser traicionados.

Impunidad.- Riqueza.

Lamentable.- Estado en el que queda un enemigo o un rival después de un imaginario encuentro con nosotros.

Mulato.- Hijo de dos razas que se avergüenza de ambas.

Realidad.- Sueño de un filósofo loco. Lo que quedaría dentro de la copela si se aquilatara un fantasma. El núcleo del vacío.

Urrraca.- Pájaro cuya propensión al robo hizo pensar a alguien que tal vez podría enseñarle a hablar.

 

 

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