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Leyendo Principia: cuando la realidad supera a la ficción

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Fue en mi adolescencia cuando mi madre me regaló por mi cumpleaños un libro de Arthur Conan Doyle. No sabía quién era ese hombre, pero me enganchó su lectura. Me fascinó la forma en que contaba los casos que siempre resolvía de forma magistral el gran detective Sherlock Holmes, esa capacidad del autor para atraparme e invitarme a investigar el caso con todos los detalles y pistas que iba recavando conforme avanzaba en la lectura. No os quiero engañar: jamás logré terminar con éxito una investigación antes que Sherlock Holmes.

Descubro en Principia que el padre del detective más famoso de la literatura llevó a periódicos como The Daily Telegraph sus investigaciones, sucesos reales, es decir, delitos en los que se veían involucradas personas de carne y hueso y no personajes de su imaginario. Entre ellas, la historia de lo que bien podría haber sido un relato más de Arthur Conan Doyle. Os cuento.

En Great Wyrley, un pequeño pueblo del condado de Staffordshire, ubicado en el centro de Inglaterra, comenzaron a aparecer varios animales —vacas, caballos y ovejas— desangrados; presentaban un corte en el estómago que les habría supuesto una muerte lenta y dolorosa.

La noche en que sucedió uno de estos disparatados hechos, varios testigos vieron a George Edalji, abogado e hijo del párroco hindú de la localidad, regresar a la vicaría donde vivía con su padre. Era una noche lluviosa. Las calles estaban vigiladas. Sin más evidencias que las anteriores, la investigación se empeñó en demostrar que había sido este buen hombre el responsable de la última matanza y, por tanto, de todas las anteriores. George habría sido capaz de burlar la vigilancia policial, habría llegado a casa empapado y sin que su padre se hubiera percatado de su ausencia o

El sospechoso fue detenido en el despacho en el que trabajaba en Birmingham y  condenado a siete años de trabajos forzados. Cumplió tres años de condena y fue liberado sin explicación lógica alguna. Necesitaba limpiar su nombre, pues había sido excarcelado pero no exonerado y, por tanto, no podía ejercer su profesión. Acudió entonces a Arthur Conan Doyle.

Fue el escritor quien desmontó el caso. La clave no fue otra que retomar el análisis de las pruebas empleadas para culpar a George. Ninguna había sido tratada correctamente o, al menos, con ánimo de llegar a la verdad. Habían sido recopiladas en contra de George. Os dejo aquí algunos de los atropellos intencionados de la investigación:

—En marzo de 1904, un hombre, llamado Farrington fue condenado por herir a algunas ovejas. Nunca se hizo ningún intento de hallar una relación entre este hombre y George, que se encontraba cumpliendo condena. ¡Cómo iba a ser él, por Dios!

—El experto grafólogo que analizó las pruebas ya había cometido errores anteriormente que habían conducido a injustas condenas.

—El barro encontrado en pantalones y botas —de color marrón oscuro— no correspondía con el de la zona donde se encontró el cadáver del animal. Allí la tierra era una mezcla de arcilla y arena de color anaranjada.

Primera publicación de las investigaciones de Conan Doyle sobre el caso Edalji. The Daily Telegraph. 11 de enero de 1907.

Con todos los datos de la investigación, Conan Doyle preparó un informe y lo presentó en el Ministerio. El caso fue estudiado por una comisión parlamentaria. George no fue indemnizado, pero sí pudo ejercer su profesión de nuevo. Había sido víctima del racismo de sus vecinos. Se habían ensañado con su familia.

Un detalle llamó la atención de Conan Doyle en la entrevista en que George le presentó el caso: su miopía. ¡Qué curioso! Al final va a ser cierto que no hay más ciego que el que no quiere ver. La realidad está ante tus ojos, pero te pones las gafas para obviarla.

¿Qué más os puedo contar? La realidad supera tantas veces la ficción que ojalá hubiese tenido yo el don de Arthur Conan Doyle para documentar y escribir algunos episodios cotidianos. No serían tramas policiales, pero serían historias con tirón. Víctimas habría y verdugos tampoco faltarían. Como ven, criminalizar siempre ha sido muy fácil.


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