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Letizia, la novia cadáver. Por Juan José Martín Ramos.

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A José Ángel Cilleruelo

 

LETIZIA, de Salvador Espriu, vio su primera luz en 1937 en las Edicions de la Rosa del Vents, en un volumen que, aunque titulado en cubierta solo con el nombre de la protagonista del relato que nos ocupa, se completaba por aquel entonces con el relato «Fedra» y un conjunto de textos breves bajo el epígrafe «Otras prosas», tal como lo hemos conocido en las posteriores ediciones que se han impreso, ya con el título finalmente establecido de Letizia y otras prosas. Es así, pues, que, hasta lo que se nos alcanza, es esta la primera ocasión en que, a través de Editorial Polibea—merced a la generosidad de Edicions 62—, Letizia, de manera exenta, y solitaria como su protagonista («sola bajo la tierra mojada»), llega hasta el lector, reivindicando la atención exclusiva que merece, aunque es más que probable que en la intención de Espriu no se hallara este afán de protagonismo que nosotros sí hemos querido otorgarle.

Salvador Espríu. Por Arturo Espinosa.
Salvador Espríu. Por Arturo Espinosa.

Lo mismo que expresa José Ángel Cilleruelo en la presentación de este volumen, yo también he sido un lector tardío de Salvador Espriu. Quizá sea un lugar común. O, tal vez, producto de un mismo sistema educativo —bajo el que estudiamos los nacidos en los primerísimos sesenta (Cilleruelo y yo, por ejemplo)—, o un escueto signo de los tiempos que nos tocó vivir a los lectores de mi generación, mi memoria de Salvador Espriu se remonta a esa lejana emisión del añorado programa «A fondo» en el que el blanco y negro resaltaba el valor de la palabra literaria que hoy le niegan los espacios televisivos, más coloridos, pero más atentos a los índices de audiencia y las tendencias de mercado editoriales. En ese «A fondo», de diciembre de 1976 —yo tenía, por tanto, quince años—, conducido afinadamente por Joaquín Soler Serrano, tuvimos la ocasión de conocer y ver por vez primera a Salvador Espriu —como ya nos ocurriera, en otras emisiones del programa, con Borges, Sarduy, Onetti, Chacel, y tantos otros—. Luego, no hubo correspondencia ni en los libros de texto ni en las aulas, y la memoria —también la literaria— de Salvador Espriu se difuminó con el paso del tiempo en el vago recuerdo —acaso inexacto, como cualquier recuerdo— de un señor severo, de traje y corbata oscuros —como un maestro estricto y temible—, ojos escrutadores de sagaz inspector al acecho de tu renuncia, y un alma que la guerra alteró en las convicciones y en el sentido de las cosas. Un hombre que, sabedor del poso indeleble que deja incluso la palabra oral, y fielmente inconsciente a esa máxima artaudiana de que todo debe colocarse cabalmente según un orden fulminante, destilaba ante el presentador su palabra pausada, en grupos de no más de tres o cuatro palabras cada vez, seguidas de un breve pero intenso silencio que presagiaba la nueva andanada certera de sabiduría esencial.

Un viejo volumen de narraciones de Salvador Espriu, publicado por Al-Borak en 1971, con tra-ducción de J. F. Vidal Jové, el primer traductor al catalán del Ulysses de James Joyce, está en mi casa desde no sé cuándo (como tampoco recuerdo la ocasión en que fue adquirido, aunque con el indicio ligero de que fue en una librería de lance, ni tampoco el impulso que suscitó la compra). El volumen no reunía las prosas completas de Espriu, pero, por supuesto, incluía Letizia y otras prosas. Y yo —eso sí lo recuerdo como se recuerda un deslumbramiento—, muchos años después, lo abrí precisamente por el texto que nos ocupa. Todos los libros, más tarde o más temprano, encuentran a su lector. Un par de horas fueron suficientes para saber, como al que se le revela el sentido final de su existencia, que un día querría ser el editor de Letizia… sólo Letizia.

No me consta una atención especial de la crítica y la filología a este relato, como sí es sabido que, de hecho, toda la producción narrativa de Espriu —realizada en su mayor parte hasta la guerra civil o los primeros años de la posguerra—se halla opacada por su poesía y su producción teatral posteriores (recientemente Gabriella Gavagnin y Víctor Mar-tínez-Gil han reivindicado la importancia de la obra narrativa, frente a los otros géneros, del autor de Santa Coloma de Farnés).

Sea, pues, esta edición de Letizia que hoy damos a la imprenta, como decían nuestros mayores, un acto de reconocimiento de amor por un texto que nos maravilló, un acto de desagravio a un autor al que debíamos haber prestado más atención, y un puente que brindamos de mutuo reconocimiento entre la cultura catalana y la castellana, especialmente a través de la obra de un hombre que siendo pro-fundamente catalanista expresaba su sincera ansia de entendimiento de y entre la diversidad ibérica, incluyendo en ese deseo a la cultura portuguesa por la que Espriu manifestaba una gran admiración.

Letizia —particularmente este relato, pero también de manera dispersa otros títulos suyos de aquellos años— nos ha brindado el (re)conocimiento de un autor que en la década de los treinta escribía en la misma sintonía de aliento vanguardista de los modelos —estoy convencido que asumidos conscientemente— narrativos de la década anterior (Salinas, Ayala, Espina, Jarnés…), sobre la base del humor, la reutilización contemporánea del mito, la transposición de los planos espaciotemporales, la utilización de determinadas asociaciones de imágenes, el empleo de la metáfora y los símbolos para la conformación de un espacio de hermetismo deliberado, la prosopopeya, la hibridación entre narración y prosa poética, la presencia de elementos urbanos y su sentido de modernidad, la influencia del psicoanálisis a través de elementos oníricos de caracterización simbólica e inconsciente… todo ello se da en el relato de Espriu, como se da en ilustres antecedentes tal que Sijé, de Eugenio d’Ors, Cazador en el alba, de Ayala, Vísperas del gozo, de Pedro Salinas…… Así pues, un afán transgresor —como en todo ideal de vanguardia— que nos sorprendía en la atildada figura de un Salvador Espriu que, en la recordada entrevista, esbozaba sonrisas como al que se le escapa un travieso sarcasmo de secreto significado excepto para sí mismo.

En Letizia, por mor de su subtítulo, «un cuento de Poe sin miedo y sin Poe» —así ha traducido magistralmente José Ángel Cilleruelo el intraducible juego de «un conte de Poe sense Poe ni por»— sabemos del homenaje y el débito de Espriu al relato Ligeia de Poe —las referencias góticas, el uso de determinada iconografía característica, incluyendo el nombre de la protagonista que guarda relación de proximidad fonética con el de la del cuento del bostoniano—. Pero creo que el lector se perdería algo importante, o al menos interesante, si lo leyera tan sólo en esa clave.

En primer lugar, habría que inscribir el relato de Espriu en la tradición de narraciones, breves o largas, que, tituladas con el nombre de una mujer —ahí están las Vera, las Carmen, las Aurelia, las Olivia, las Teresa, las Sijé, o sencillamente la Eva futura de Villiers (como las clásicas Fedra o Antígona, sobre las que Espriu también ha reescrito)—, se nos representan como la encarnación de un universal femenino, o incluso de femineidad, de naturaleza distinta según la época. (A este respecto es reseñable la importante cantidad de obras de Espriu —sean líricas, dramáticas o narrativas— que gravitan en torno a un nombre de mujer, clásico u original: Ariadna, Laia, Fedra, Antígona, Letizia, Mari Ángela la herbolaria…).

En segundo lugar, siendo ambiciosos, y sabiendo el conocimiento profundo que Espriu atesoraba sobre mitología, a la que, por ejemplo, dedicó el magnífico Las rocas y el mar, el azul, podemos contemplar Letizia como una relectura del Orfeo clásico —en dirección inversa, pues el viaje espiritual que describe el protagonista de nuestro relato hacia el encuentro de la amada es del más allá hacia el más acá— y una anticipación —que nosotros aventuramos en el vacío, sin más red razonada que la reescritura que de un libro hace cada lector— del Orfeo moderno de Cocteau.

En tercer lugar, y en relación con el tipo femenino que representa Letizia, yo he querido acercarme a ella en virtud de uno que, aunque transversalmente, me ha gustado identificar —apropiándome del título de Tim Burton, en una broma que sé que a Espriu le divertiría (tímidamente)— como novia cadáver cuyo antecedente ibérico más antiguo me lleva en la memoria a aquellos romances que cantaban a Doña Inés de Castro, reina después de muerta, y la pasión necrófila de Don Pedro I de Portugal, que nos traslada al Vera, de Villiers de L’Isle-Adam, antecedente que a mí me parece más claro que Ligeia.

Es precisamente el parentesco con este relato de Villiers lo que me hace interpretar Letizia como un nuevo cuento cruel, definido, entre otros aspectos, por la pulsión erótica que tiñe la enfermedad y la muerte. En el texto de Espriu la «crueldad» se actualiza, además, se moderniza a través del retrato de una burguesía urbana de reflejos esperpénticos, como esa romería mortuoria, que, según avanza el relato, se va transmutando en farsa carnavalesca, y sus personajes en divertidas y extravagantes catrinas —algunas de hilarantes nombres— de un Día de Muertos, en un requiebro grotesco y satírico tan querido al estilo y espíritu mediterráneo de Espriu.

E igualmente, se actualiza, siendo este su lado más importante, mediante la turbulenta abismada ambigüedad moral del duelo fúnebre del protagonista/narrador, tejida con un erotismo de trazas obsesivas —lo que le ofrece su sesgo de ironía, diríamos negra, si no fuera por el fondo pasional que canaliza—, pero al mismo tiempo sin dejar de reivindicar su insobornable y obsesiva lubricidad en el crescendo circular y vertiginoso en que desemboca la deseada superposición/identificación de las dos mujeres Letizia/Carola en un solo cuerpo objeto de deseo…  deseo infiel y culpable a un tiempo.

Algunos que conocieron a Espriu hablan de la finura de su humor y de su carácter que confundía a interlocutores poco avisados. Tal vez esa narrativa, y de manera especial Letizia, que cultivó hasta la posguerra —más allá de sus posteriores reescrituras—, con sus asociaciones absurdas de signo surrealista, las caracterizaciones arquetípicas, la sátira y la caricatura veladas y otras más explícitas, las claves culturales secretas, el dominio de la insinuación, la revisión de los mitos clásicos (todo ello el lector lo encontrará en Letizia, pero también en Fedra, también en los relatos de Ariadna en el laberinto grotesco, en Dr. Rip, etc.), constituya el retrato más fiel del espíritu burlón y melancólico de un poeta y hombre de teatro de vocación trágica, que en aquella televisión de 1976 no movía un músculo y se nos antojaba un viejo profesor severo y terrible, pero cuyos ojos vivaces y su sonrisa involuntaria delataban al joven vanguardista de aquellos treinta que siempre fue.


Este texto es el epílogo de Letizia, de Salvador Espriu (Editorial Polibea, 2017), escrito por Juan José Martín Ramos. El libro lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en todas estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

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