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Laura Freixas sobre lo que han aportado las mujeres a la literatura

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La literatura nos permite fingir, cambiar de identidad *

Madrid, en coche, es un infierno: accidentes, estridencias, frenazos, una casi absoluta falta de educación, conductores —y conductoras, ay— endemoniados, poseídos, ahítos de una agresividad peligrosísima, incontenida, de unas ganas de dar mal, de imponerse, que darían, si una no fuera en el fondo una inconsciente, un miedo como para no salir a la calle más que en bici, a la porra los libros, que los carguen otros, no saldré nada más que por mi barrio,  y por las zonas habilitadas para el paseo. Qué gente más loca. E iré despacito. Porque por qué lleváis tanta prisa, es que no veis que no sabéis circular, que tenéis la culpa de casi todo lo mal que funciona el tráfico de Madrid, tal vez de todo lo que va mal en el mundo, por algo se empieza, que es por vuestra escandalosa  y anárquica manera de conducir por lo que o llegamos de mal humor o exhaustas o no llegamos a tiempo a casi ningún sitio. Que fue por el tráfico por lo que llegué tarde el jueves a Sin Tarima. Habíais provocado un par de accidentes, por lo menos. Malditos. Noelia y Enrique, editora y editor de Recalcitrantes, nos habían convocado este jueves pasado para hablar sobre su proyecto editorial y el papel de la mujer en la literatura. Bueno, más o menos.

—No va a acudir nadie. Literatura y mujer. A quién carajo le interesa eso —me dice cuando le digo a dónde voy un amigo pelín gañán que tengo; buena persona a pesar de los pesares, bruto como él solo.

—Viene Laura Freixas… —le digo, sin convicción ninguna, no creo que se haya leído una sola línea suya.

—Las mujeres no le interesan ni siquiera a las mujeres. Y si la cosa tiene tufo feminista, menos todavía —augura. Odio cuando hace eso; suelo tener que salir corriendo a algún sitio, o estoy en medio de algo, y no puedo pararme a rebatirle… Es odioso.

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Cuando al fin conseguí llegar (media hora de reloj tarde, Madrid, qué puñeta de tráfico que me tienes, decía), Laura ya había comenzado su intervención: «…obras escritas por hombres donde hay mujeres, pero mujeres que se definen por su relación con ellos: por ser la esposa de Bovary, la esposa de León… Lo que han introducido las escritoras son nuevos personajes de mujeres que se definen por sí mismas y por sus relaciones con otras mujeres». Se referirá aquí, nombrándolas, a Virginia Woolf, Lucía Berlín, Katherine Mansfield. Saldrán a lo largo de la velada muchas más. Freixas es una lectora activa, ávida, militante. Continúa: «Aparecen en sus obras niñas y adolescentes, también viejas, que es un personaje, en la literatura escrita por hombres —simplificando, obviando muchos matices—, que es básicamente una bruja». Otro personaje fundamental que introducen en la literatura las mujeres es el del ama de casa. O la mujer artista, «Un personaje que no aparece en la literatura escrita por hombres, o que cuando aparece lo hace en forma de caricatura». Tal vez el caso más llamativo de personaje femenino olvidado sea el de la madre, añade, «es el personaje más silencioso y más misterioso de la cultura. Prácticamente no existe. Las pocas madres que hay nos son presentadas desde fuera por sus hijos, ahora por sus hijas. Pero el punto de vista de la madre es el punto de vista ausente». El último libro de Laura se titula así, El silencio de las madres. Lo leeremos. Anotado queda.

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Creo que, resumiendo mucho, por abreviar, a la pregunta que se planteó como excusa para esta charla, «¿Qué aportan las escritoras?», Freixas contesta cuando apunta que «En esta literatura escrita por mujeres las mujeres aparecen como protagonistas de su propia vida y no definidas por su relación con los hombres».

Y creo también que es por esto por lo que los hombres leen tan poco a las mujeres en comparación con lo que leen a los hombres. Es, sencillamente, porque les importa un pimiento el universo femenino. Una mujer es una compañera, una musa, alguien que les hace sentir bien o mal, un útil, una muleta, un reflejo, acaso un regazo en el que descansar. ¿Qué importancia, qué interés puede tener nuestro universo, casi un compartimento estanco, separado por completo del de ellos cuando hablamos de los cuidados, de las prisas, de ser de verdad madre, del miedo que pasamos al pasar solas por ciertos sitios, la fiesta que montamos cuando conseguimos tener una secadora en casa, lo agotador que es el tener que estar conectada de forma casi permanente con los hijos, los maridos, los jefes, nuestras propias madres, los inválidos de nuestras familias, los de la familia política, los enfermos… qué le puede importar, interesar siquiera a un hombre, lector tipo medio, no digamos ya escritor,* todo esto, la vida real de las mujeres, de la que se nutre y empapa nuestra literatura?

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Acaba Laura: «Noto en las primeras páginas si una novela ha sido escrita por una mujer por la atención crítica a los roles de género y las relaciones de poder entre los sexos. Por ejemplo, ahora estoy leyendo Las hogueras, y me ha hecho mucha gracia —es sólo un detalle, pero es que la literatura escrita por mujeres está llena de estos detalles— un momento en el que la voz narradora habla de una mujer, una maestra que es soltera y que vive en un hotel que en temporada baja está casi vacío, hace mucho frío en invierno:

Asunción Molino va vestida con una bata enguatada y debajo lleva un largo camisón de franela abrochado hasta el cuello. Piensa que alguna ventaja ha de tener con haberse quedado soltera. Al menos no tiene que gastar la absurda coquetería de llevar las piernas descubiertas y los brazos al aire para encandilar a un marido. Ella se puede permitir el lujo de no pasar frío. Nadie la ve.

La novela que cita, Las hoguerasque es la primera que ha publicado Recalcitrantes, editorial centrada en recuperar a escritoras  de calidad olvidadas, y cuya obra, la de Concha Alós, era, hasta ahora, inencontrable, es una gozada absoluta. De verdad. Literatura femenina en estado puro:

—Llegué aquí inflamada de amor al prójimo. Tan tontamente inflamada que sacrifiqué mi tiempo, mi comodidad, mis gustos. Vivía en las dos habitaciones que hay sobre la escuela, dos habitaciones llenas de ratas y de cucarachas, y cuyas paredes se están cayendo. Me moría de hambre y de anemia porque, para no perder tiempo guisando, sólo comía pan y mortadela. Durante el invierno andaba sin medias, con las piernas amoratadas de frío. ¿Y sabes qué conseguí?

Pablo la mira pesaroso, como si de todas aquellas experiencias de Asunción tuviera él la culpa.

—De los desengaños no te hablaré. Es largo de contar, no acabaríamos hoy. Algún día, si considero que vale la pena, escribiré varios tomos sobre el asunto.

Lo que pasa es que casi nunca tenemos tiempo de escribir sobre el asunto. El asunto es ése.

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Me guardo, y acabo así, abrupta, ya oigo que me llaman, para el domingo que viene toda la intervención de Noelia Adáñez sobre este interesante y muy necesario, me parece a mí, proyecto editorial. Así os cuento también, si ha salido ya de imprenta, está al caer, sobre su próximo libro: Hagiografía de Narcisa la bella, de Mireia Robles. Que ganas le tengo. Señor, dame una semana tranquilita.

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