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Las excusas de Jeffrey Eugenides

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Cualquier reseña sobre un libro que trate, aun por encima, el tema del suicidio ha de empezar citando a Camus y aquello de que la única pregunta filosófica seria es el suicidio. Esta no iba a se menos. A partir de aquí es más difícil seguir; haré lo que pueda.

Hace años, bastantes en realidad, leí la segunda novela de Eugenides, Middlesex, y me pareció que en ella pasaba algo curioso: Calíope —la adolescente de ascendencia griega que descubre que es un adolescente y que era a la vez narradora y protagonista de la novela— resultaba prescindible para el desarrollo de la misma. Lo más interesante de la novela era que la historia de la familia griega en Asia Menor, el Genocidio Armenio, la prosperidad en los Estados Unidos o la decadencia del Detroit industrial, todo ello, pasaba a pesar de ella.

Cuando Calíope nos lo contaba, la novela vivía y palpitaba. Cuando hablaba de sí misma, perdía todo interés y el largo tramo final con la huida a San Francisco te lo podías saltar sin que la novela perdiese nada. En esta no hay una, sino cinco protagonistas que sirven como excusa para explicar la decadencia y caída de los Estados Unidos en el crepúsculo de la crisis del petróleo vista desde los ojos de un grupo de adolescentes de un suburbio residencial de Detroit, pero al terminarla te da la impresión que da lo mismo si las hermanas Lisbon se suicidaron o si se alistaron en las Fuerzas Aéreas. Es más, en la escena del suicidio colectivo, que debería ser el clímax de la novela si se tratase de una novela canónica, flota la sensación de que ya estaba todo dicho, que la cosa se había acabado hacía rato. De que en realidad las hermanas Lisbon son una excusa.

Como también pasa lo mismo en Middlesex, tal vez no se trate de un defecto de Eugenides, sino de un recurso: Hola, soy Jeffrey Eugenides, esta es mi excusa y ahora voy a hablarles de lo que en realidad me importa ¿Y qué le importa? Ese fin del mundo de principios de los setenta en los Estados Unidos que coincide con su adolescencia, en el que los coches se hacen más pequeños, los jardines de las casas se quedan sin árboles y el Presidente acaba yéndose de la Casa Blanca en helicóptero. Las vírgenes suicidas se centra en el último año de vida de las hermanas Lisbon, que son un símbolo pero no un sujeto de esto; en Middlesex tenemos que esperar medio siglo de la historia de la familia en Detroit para llegar a esto, pero al fin y al cabo, el apocalipsis tiene la misma fecha, con o sin las hermanas Lisbon, con o sin Calíope.

Tiene la novela americana, tal vez desde la Generación Perdida, una corriente elegíaca en la que el paso a la edad adulta es visto como la descomposición del mundo, la expulsión del Paraíso, la pérdida de la inocencia. Tanto en la literatura como en el cine, o como en la música popular, no dejan de decirnos que en tal o cuál época América perdió su inocencia, con lo que concluyes que si la ha perdido tantas veces, década tras década, será porque es tonta, pero no es más que un recurso: la identificación del autor de turno con todo el país. Hay unos versos en Mrs. Robinson, de Simon y Garfunkel, que lo expresan muy bien: «¿A dónde te has ido, Joe DiMaggio?/la nación vuelve sus solitarios ojos hacia ti». Las vírgenes suicidas se inscribe en esta corriente elegíaca, aunque trata de desafiarla o reinterpretarla.

Se explicarían así los inesperados y hasta inadecuados golpes de sarcasmo aquí y allí, como para rebajar la tensión o evitar naufragar en una corriente sentimental hemingwayana. También se explica así que se escoja un narrador espectador en tercera persona, como en El gran Gatsby y Lord Jim -sí, no se me escapa que esta no es una novela americana, pero no me negarán la importancia del capitán Marlow en la novela americana-, pero a diferencia de estas, el narrador de Las Vírgenes suicidas no tiene nombre y apenas sabemos nada de él. Acaba siendo una suerte de narrador colectivo, el del grupo de muchachos con apellidos alemanes, griegos, polacos que estaba enamorado de las hermanas Lisbon, de manera similar a como estaban enamorados los trovadores de sus damas, y que veinte años después sigue recordándolas y tratando de entenderlas, mientras su infancia y su adolescencia, la próspera América de la segunda posguerra mundial se va desmoronando y pudriendo como la casa de los Lisbon.

No he leído aún La trama nupcial, no sé qué excusa utilizará Eugenides esta vez para contarnos lo que de verdad le importa. Tal vez ninguna. Tal vez a la tercera haya comprendido que no las necesita.

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