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La novela de Ferrara, de Giorgio Bassani [por Jerónimo Fernández Duarte]

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[La novela de Ferrara, de Giorgio Bassani. Editorial debolsillo, 2008]

Cubierta de la novela reseñada en el artículoGiorgio Bassani será siempre recordado por haber recomendado la publicación de El Gatopardo, que había sido rechazado por diversos lectores con el síndrome de Gidé. Pero, aunque hubiera permanecido igual de ciego —o poseído por el nefasto prurito de realismo social o de literatura comprometida— que los demás, es posible que siga siendo recordado por haber escrito La novela de Ferrara, un ciclo narrativo que armó durante 30 años sobre su ciudad natal. Él mismo nos detalla sus dudas en Al final del pasillo sobre si podía o no ser un novelista en la época de los Moravia o los Pratolini; él, un poeta aficionado a la bicicleta, a divagar e incapaz del esfuerzo sostenido que requiere toda novela con enjundia. Lo curioso es que llegó a la novela por el relato. Requerido por la directora de Boteghe Oscura, una revista literaria internacional que se publicaba en Roma, justo terminada la guerra, mientras él era profesor en Nápoles, se decidió a acabar algunos relatos que llevaban años sin terminar y de ellos empezó a surgir el primer volumen del ciclo, que se tituló primero Cinco historias de Ferrara y después Intramuros y que ya contiene el germen de todo lo demás.

Hay una serie de clichés o frases hechas que un contraportadista que se precie no puede ignorar, véase comparar una novela que abarca un período de tiempo de unos cincuenta años con un fresco —y más si la escribe un italiano—. Pues bien, La novela de Ferrara no es un fresco, sino un mosaico; está compuesta de una serie de piezas, por lo general breves, que conforman la imagen general, que es algo más que la suma de sus partes. De hecho, solo su pieza más famosa, que queda engarzada como una joya en el anillo ferrarés, El jardín de los Finzi-Contini, puede considerarse en sentido estricto una novela, si es que lo de estricto o puro tiene algo que ver con la novela. El resto quedaría en lo que los americanos llaman short history y los franceses nouvelle, ese territorio fronterizo e impreciso entre el cuento y la novela, entre las cincuenta páginas y las doscientas. Por ellas van pasando los mismos personajes, a veces al fondo, a veces en primer plano y, en su momento álgido, de la mano del narrador que suponemos es el mismo Giorgio Bassani.

¿Qué nos cuenta Bassani en estas historias? Nos habla de los etruscos o, lo que es lo mísmo, de la burguesía judía italiana, de sus profesionales liberales, sus comerciantes, sus intelectuales que sienten simpatía o incluso militan en el fascismo una vez acabada la Primera Guerra Mundial, aunque deploren su aspecto más violento y callejero y que contemplan con estupor cómo las leyes raciales de 1938 desmoronan todo su mundo. También, y como contraste, nos habla de la sociedad frívola y olvidadiza que aparece tras la Segunda Guerra Mundial, con todos los antiguos simpatizantes y afiliados al fascismo pegándose de guantazos para entrar en el Partido Comunista Italiano. Y nos habla de Ferrara, de sus inviernos crueles, del Po helado, de su niebla y su hermoso cielo primaveral, de sus murallas y bastiones renacentistas, de su rivalidad con Bolonia, del paseo de antes de la cena por el Corso Giovecca, de la salida de misa, donde, sentados en las escaleras, los muchachos, judíos y no judíos, pueden mirar las piernas de las mujeres, de los entierros, donde siempre alguna hermosa jovencita hace ruido o interrumpe, de la costumbre del burdel antes de regresar a casa, de las tesis doctorales inacabadas, de las melancólicas ferias de verano y las atractivas y vulgares jovencitas toscanas encargadas del tiro al blanco, de la angustia del marginado que no entiende por qué ya no es como los otros.

Es interesante señalar que toda esta evocación/invocación surgió cuando Bassani ya no vivía en Ferrara, como Joyce evocó Dublín y sus dublineses mientras daba clases en Trieste —y se me ocurre ahora que aquellos cuentos de Joyce guardan relación con estas historias de Bassani—, primero por salvar el pellejo y no acabar en Auschwitz, como Micól Finzi-Contini, y después porque, habiendo engendrado hijos en Roma y trabajando para una editorial, ¿ por qué no seguir allí?

Acabo diciendo que Bassani es un narrador sutil y rico en matices, pero discreto: no va a tratar de hacernos saber lo listo que es y lo bien que escribe; es demasiado bien educado para eso, amablemente, casi sin darnos cuenta, como hace el lambrusco de la Emilia, acabará por subírsenos a la cabeza. Auténtico maestro de las formas cortas, acabó, gracias a unir pequeñas historias sobre el querido escenario de sus recuerdos, escribiendo una novela que se acerca a las mil páginas y que parece decirnos lo mismo que los —estos sí— frescos en las paredes de los sepulcros de Tarquinia: el pasado se aleja, pero permanece, nunca muere.

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