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La magia no sólo es una cuestión de dedos hábiles [por Ramón Mayrata]

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Cuando murió Diana, Manuel el Cubano, a quien conocíamos por don Manuelito, cerró la puerta de la casa y se refugió en la última planta del Hotel Las Sibilas. Era un forastero y no tenía amigos. Aun así hubo quien echó de menos sus idas y venidas por la calle de Hurones con el traje de lino impoluto, la corbata de hebilla y un habano entre los dedos. Añoraban su estampa estival y caribeña que le convertía en un viandante improbable en una ciudad de inviernos extremados.

En la habitación del hotel se sentía perdido. Además el dolor no hacía más que intensificarse. Los camareros le subían puntualmente las comidas y las retiraban sin que casi las hubiera tocado. Por ellos sabíamos que se pasaba el día ante la ventana, arrojando humo por la nariz y ahuyentando las volutas del rostro. Sus ojos irritados acribillaban el cordal de granito que llaman la Mujer Muerta. Según la leyenda, su interior cobija una mujer dormida. Allí había esparcido sus cenizas. ¡Qué pronto se sentía el silencio en aquella ciudad sigilosa!

Don Manuelito esperaba una señal de Diana. Ella había creído firmemente a lo largo de su vida que, al morir, su conciencia emigraría a otro cuerpo. Una reencarnación que se repetiría tantas veces como fuera preciso hasta que se cumpliera su destino. Sobre este asunto no admitió jamás discusión alguna. Incluso había obligado a don Manuelito a jurar que el primero en llegar al más allá daría señales de vida en el plazo de diez días.

De niño, en Cuba, oyó hablar de los ritos congos para posesionarse de los espíritus. Pero nunca creyó esas pavadas. Pero ahora que Diana había muerto deseaba convencerse de que no había desaparecido del todo. Ojala fuera cierto que trataba de comunicarse con él.

El mago manco

Aunque tenía tanto miedo a encontrarla, como a no volverla a encontrar. Quieto junto a la ventana, ni siquiera miraba, esperaba. Las espirales de humo se balanceaban ante la Mujer Muerta, el macizo montañoso que permanecía en absoluto silencio. Ni el más mínimo signo. Cuando llegaba la noche escrutaba las estrellas buscando los ojos de Diana. Miles de estrellas parecían mirarle, pero no localizaba indicio alguno que pudiera dar a entender que la conciencia de Diana se mantuviese intacta y tuviera intención o posibilidades de manifestarse.

Al cabo de los diez días no supo si maldecirla o llorar por ella. Estaba sediento, harto de tabaco y obsesiones, liberado de un peso gracias a los reproches y el desengaño. Volvió a su escepticismo de siempre. Don Manuelito, está usted tonto, se decía a sí mismo. ¿Cómo se te ha podido pasar por la cabeza, viejo idiota, que los muertos pudieran regresar, atravesar las paredes, saludar, sentarse ahí a tu lado y ponerse a charlar sobre lo que habían visto en el otro mundo? Se cansaba de reprenderse a sí mismo en la habitación en penumbra. Ya no tenía nada que esperar. Diana se había ido para siempre y no amanecía. A punto estaba de dormirse, cuando oyó dos golpes y la rozadura de una carta que se deslizaba bajo el hueco inferior de la puerta.

En el sobre la palabra querido, escrita a mano, y nada más. No tenía matasellos ni estampilla. Se asomó al pasillo, sabiendo de antemano que estaría vacío. No reconoció el pasillo que tuvo que recorrer diez días antes para encerrarse en la habitación. Todo parecía haber cambiado de golpe. No obstante no se decidía a abrir el sobre. Detestaba, qué carajo, que los disparatados fenómenos psíquicos que había rechazado hacía un momento le volvieran a parecer posibles. No quería comerse el coco otra vez. Con todo se hubiera cortado una mano para entrar en contacto con Diana. La carta ¿era la señal?


Este fragmento es el comienzo de la novela El mago Manco, de Ramón Mayrata, publicada por Los libros de fronterad. Puedes encontrar este libro —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen en stock— en todas estas libreríasEn este enlace puedes además consultar todo nuestro catálogo.


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