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La lectura, una de las bellas artes

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Una idea de Harold Bloom  que me sorprendió leyendo El canon occidental fue la de que muchas de las lecturas verdaderamente creativas son erróneas de manera deliberada. Como leí el libro hace seis o siete años, y ahora además está fuera de mi alcance, entre mis libros de Barcelona —tengo una biblioteca escindida y medio embalada—, me es difícil asegurar si eso es lo que en verdad escribía Bloom o se trata de una lectura, a su vez, errónea por mi parte. De todos modos, lo que quiero aquí es dilucidar si hay lecturas erróneas o correctas y si, dentro de estas últimas, se trata de varias lecturas correctas o de sólo una. Por otro lado, todo esto nos lleva a que la lectura es un acto, una acción; depende del talento y de la voluntad del que lee lo provechosa que pueda llegar a ser.

Cuando Bloom habla de lecturas erróneas deliberadas quiere decir que, sabiendo lo que el escritor quiere decir, el lector lo interpreta de manera diferente. Claro que, en este caso, el lector suele ser también escritor, y la lectura se enmarcaría en lo que Bloom llama agonismo —he utilizado el término en alguna ocasión anterior— y las dos facetas que comporta, la piadosa y la blasfema, el intentar responder al desafío de un texto previo con nuestro propio texto. Creo que los buenos libros son aquellos que cambian nuestra lectura de otros libros, como un aminoácido cambia toda la estructura tridimensional de una proteína y la relación de los diferentes aminoácidos entre sí.

Por supuesto, cuanto mejores sean los libros que leamos, mejores lectores seremos. Aunque si sólo leyéramos buenos libros, o los mejores libros, yo pondría en duda que verdaderamente nos gustara la lectura. ¿Y la cultura? ¿Nos ayuda a ser mejores lectores? Sí y no. Si entendemos cultura como un conjunto de datos que nos hará invencibles en el trivial, desde luego que no. Si la entendemos como un conjunto de referencias que ayuda a establecer comparaciones y analogías, a relacionar unos textos con otros, puede que sí. De hecho, parece que todos esos departamentos de escritura creativa de los Estados Unidos más que a escribir enseñan a leer así. Aún con todo, una cierta formación no me parece imprescindible para ser un buen lector o un lector perspicaz. Truman Capote ni siquiera acabó la enseñanza secundaria y era un excelente lector. Claro que ser pareja de Newton Arvin, un reputado crítico literario, durante algunos años le debió ayudar. Capote fue, por cierto, de los primeros en advertir el talento de Patricia Higsmith y la recomendó para entrar en Yaddo, una colonia de artistas de élite.

De todo lo dicho queda claro que no creo que se pueda ser buen escritor sin ser un buen lector. No es lo mismo equivocarse a sabiendas que equivocarse sin más. Lo que no quiere decir que todo buen lector sea escritor. Un buen lector no tiene por qué sentir la necesidad de escribir. Borges decía sentirse más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Cuando a Gil de Biedma le preguntaban, día sí y día también, por qué ya no escribía, siempre contestaba lo mismo: la pregunta debería ser «¿Por qué escribí?», ya que lo normal es leer.

Leer es un acto creativo, es un acto de amor, es un diálogo íntimo y, con toda seriedad, la lectura debería ser considerada una de las bellas artes.

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