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La feria, tres libreros y un perro llamado Zeta

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El primer día llovió a cántaros, un chaparrón de los buenos, de esos que luego dejan un olor a tierra mojada un buen rato, incluso en Madrid. Y el segundo también. Pensaba, según llegaba el sábado por la tarde, tan contenta, celebrando que, a buen seguro, entre unas cosas —las lluvias— y otras —un partido de fútbol de esos que paralizan media España y fastidian a la otra mitad—, no iba a encontrarme con el desquiciado mogollón de gente que suele acudir en masa y en tropel los fines de semana de feria al Retiro, en lo bien que nos vienen a los egoístas estos estragos meteorológicos. Iba a tener que concentrarme para que  no me vieran demasiado feliz los libreros, que no es regodeo, se trata nada más que de sacarle partido a una circunstancia.

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«A mí la feria no me gusta, todo este dinero lo podíamos invertir en hacer otra cosa». Es Igor Muñiz, librero de la librería Muga. «Esta mañana teníamos una cola de gente justo enfrente… Firmaba Mario Vaquerizo. No sé, Raquel. No me gusta».

Igor es un librero, diría, difícil. Es vasco. Y eso, para alguien que suele regalarse a los prejuicios más de lo que seguramente debería tratándose de las siete u ocho Españas, es una garantía; no va a haber sorpresas: un sí es un sí y un no es un no. Aún más: un «me lo tengo que pensar» también significa justo eso, que se lo va a pensar. Cuesta llegar, pero cuando se llega todo sale. Tiene tan claro lo que quiere, para él es tan evidente además cómo hay que hacer las cosas, cómo funciona todo, que es casi un regalo del cielo, tanta gente como hay en este sector dando vueltas y vueltas no se sabe hacia dónde ni porqué o con qué objeto.

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—¿Cómo va, Santiago?

Santiago Palacios, librero y regente (esto lo ponemos para que se sonría cuando se lo lea) de cuatro librerías —Con Tarima y Sin Tarima, en la calle Príncipe; la Fugitiva, junto a la Filmoteca, y La librería de la Biblioteca Nacional—, anda atareadísimo. Como casi siempre, por otra parte. Sólo es que en la Feria se le nota más, se multiplican todas las cosas que quiere llevar en su cabeza a la vez.

—Muy mal. ¿No viste la que ha caído? El primer fin de semana. Menudo comienzo de Feria este año.

Le dejo con la gente; en unos cinco minutos ha contestado, con acierto, a tres preguntas de tres personas diferentes sobre tres libros. Este año la caseta 136, la de la Biblioteca Nacional, está dedicada a autores españoles y a libros sobre literatura (creo que entendí bien, ya me regañará si no).

Cuando llego a Venir a cuento tomo aire, será una prueba a superar: Enrique García Ballesteros, el librero, de fuertes convicciones religiosas, digo, pesimistas, estará calentito por las lluvias. Que no me pase nada. Tanto es el respeto que le tengo, que cuando le pregunto Qué tal soy yo la que contesta, de inmediato, no me lo vaya a contar: «Nada, no me lo digas, que me hago cargo».

La caseta está llena, no sólo por los que acuden a comprar cosas para sí y para sus niños¹: dentro están un amigo, una amiga e Isaac Rosa, que anda firmando un libro ilustrado que tiene, por cierto, muy buena pinta; les dejo aquí el enlace. Se están partiendo de la risa porque hay una muchacha de las que han acudido a la firma que corre de un lado a otro de la feria buscando no recuerdo qué libro de Isaac, y se para cada poco, les hace gestos, sin resuello, «Un momento, un momento, que me han dicho dónde lo pueden tener». En la castea 121, donde estamos, no lo tiene Enrique, claro, no es un libro ilustrado. Ella sabía que estaría el autor y sabía el libro que quería, en fin, lo encontró. Y como Isaac le escribió una de esas dedicatorias que dice Alfredo Martín-Gorriz, una de las largas, pudo agradecerle como es debido, ya respirando con normalidad, que la esperara.

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Mientras Enrique atiende a alguien que ha venido preguntado por una edición de La isla del tesoro de, creo entender, Edhasa, descubro a Zeta. Se llama así por una película de Costa Gravas, «Muy recomendable», cuenta su dueña. «Otra opción que barajaba era ponerle Chándal (lo dice completamente en serio), pero no le gustaba a mis amigos. Cuando tenga un perro —Zeta es una hembra— lo haré. No voy a quedarme con las ganas, ¿no? (esto también lo dice completamente en serio)».

El librero sigue atendiendo a la misma persona, que ya se ha olvidado, me parece, del libro a por el que venía. «Cortázar se tomaba muchas libertades». Están viendo una edición muy bonita de La Isla del Tesoro que sacó hace unos meses Los libros del zorro rojo. Una preciosidad. De verdad. Sale también a cuento Poe…

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En el fondo, es un bueno tipo. Y no sólo por lo que sabe sobre libros, sino también.

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