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La casa de los encuentros, de Martin Amis

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La casa de los encuentros

Antes de que se me olvide y empiece a divagar y a perderme: La casa de los encuentros tiene por los menos dos golpes maestros que convierten a Amis en todo un virtuoso. Por un lado, la decisión de acometer el punto de vista narrativo más seductor y más difícil, un empeño suicida si uno no es un escritor como la copa de un pino. Al narrar la historia como un exiliado ruso, ex-convicto de un gulag, lo más fácil es no conseguir que esa voz sea creíble. Amis no sólo logra la credibilidad —y para ver a lo que me refiero con «no lograr la credibilidad» remito a la lectura de El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada—, sino que logra que nos olvidemos de que en realidad la historia la escribe Amis y no ese anciano ruso ex-soviético ex-disidente que escribe una larga carta a su hijastra americana mientras realiza su propio viaje al corazón de las tinieblas —blancas por árticas, en este caso— explicándole su experiencia como convicto y sus complicados amores con Zoya, la judía de las tetas de oro, y con su medio hermano Lev.

El otro golpe maestro consiste en lograr que una novela de más de quinientas páginas potenciales se reduzca a una de menos de trescientas y que en ese proceso de adelgazamiento no echemos en falta nada. Si este es el famoso principio del iceberg de Hemingway, Hemingway nunca llegó a la altura de Amis. A mí me ha impresionado su talento, de verdad.

En cuanto a la novela, es amarga, inclemente, desoladora. Tal vez por la edad del protagonista o su duro clima —cerca del círculo polar ártico— me hizo pensar en Lear vagando a la intemperie, un Lear que le escribe una carta a Cordelia. Puede ser una hipérbole y las hipérboles producen inflación y la inflación resta valor, pero pensé en Lear y eso ya es mucho pensar. Como ya he dicho, la novela es la carta testamento que el narrador protagonista dirige a Venus, su hijastra americana, la única brizna de ternura que lo liga a la humanidad y la vida, mientras viaja por la Federación Rusa para visitar el enclave donde estuvo el campo de Predsopilov y posteriormente internarse en un hospital a que le practiquen la eutanasia por la que ha pagado. El punto central de ese relato es el encuentro que Zoya y Lev tuvieron en la casa de los encuentros del campo, un lugar destinado para breves y espaciadas visitas sexuales entre maridos y mujeres. De hecho, es el no saber qué pasó allí en realidad lo que enturbia la mente del protagonista, también enamorado de Zoya.

Los celos retrospectivos han alimentado la literatura desde Shakespeare a Proust y Joyce y así, la obsesiva indagación del protagonista en el historial amatorio de todas sus parejas explica la pregunta obsesiva sobre aquel encuentro y, más aún, la esperanza de que su hermano fracasase, que no pudiera hacerlo con Zoya. El mismo protagonista se define como un violador que aprendió a violar con el ejército rojo mientras invadía Alemania y que seguía medio violando a las mujeres tras la guerra, o practicando sexo furtivo y apresurado, algo general en aquella época, según nos cuenta, donde la felación de 30 segundos era lo más practicado por la falta de intimidad, espacio y tiempo : «En la Rusia de entonces, no había una sola mujer que no tragase». Y tras ello, lo que de verdad hay es el miedo enfermizo al fracaso, a la impotencia, al cuestionamiento de la virilidad. El protagonista, fuerte, alto, «un héroe de guerra», guapo y brutal, es un pelele sexual, mientras su hermano, el feo y contrahecho, el debilucho Lev es una auténtica máquina de follar, que tiene a Zoya, el icono sexual del barrio, loca por él, capaz de emprender un viaje de varios días en autobús y camión para ir a acostarse con su marido en una cabaña de madera en pleno círculo polar ártico, a la que llega magullada, astragada, llena de moratones, emocionada y feliz. Es el encuentro del protagonista y Zoya en un hotel de Moscú, muchos años después, el día del funeral de Breznev es una patética parodia de aquel maravilloso encuentro que Lev describe en una carta póstuma como un continuo hacer el amor de la mañana a la noche.

Yo no había leído nada de Amis, pero tras leerle a él y a Mc Ewan, pienso que la vieja Inglaterra puede dormir tranquila; me pregunto qué le echan al agua del Támesis.

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