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Aquella prodigiosa memoria de bibliotecario

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La biblioteca desmemoriada

«Qué poca gracia tiene esto y qué giro más injustificado ha dado». Hace uno meses pensaba algo parecido al retomar después de un tiempo un libro que dejé por la mitad. Su autor era Eduardo Mendoza. Sin ser una de sus mejores novelas humorísticas sí que tenía cierta gracia. Y era sin duda distraída. De pronto, sin embargo, el tono jocoso derivaba sin justificación hacia un argumento serio, muy sobrio. Y todo hay que decirlo: de diversión nada. Aburridísimo. ¿Qué demonios le está pasando a este autor? Es verdad que ya no hace novelas de la calidad de sus mejores obras, pero, francamente, este cambio casi de una página a otra era ya demasiado, un signo de decadencia imparable y muy, muy triste para un seguidor de su obra. Ay.

La extrañeza era tanta que tuve que dejar de leer, muy contrariado. Al colocar el libro en el estante con gran indignación vi otro libro de Mendoza. Glup. Ahí estaba la explicación. Había seguido leyendo otro libro creyendo que era el que dejé abandonado unas semanas atrás. «Con razón», me dije, «este experimento no terminaba de cuajar». Mi memoria no había dado señales de alarma. Es que ni se había activado.

Poco después, charlando con alguien, comentábamos lecturas. E indiqué en un momento dado que aunque sea patético no había leído nada de Simenon. Sin embargo sabía que en los estantes tenía varias obras. Me animé a cogerlas para hojearlas y ver con cuál de ellas paliaba esta carencia cultural imperdonable que ya se prolongaba demasiado, no haber leído a Simenon, qué es esto, por Dios, cómo se puede ir así por las calles de España. Y conforme abría algunas de sus obras se veía claramente que estaban leídas, manoseadas, con las esquinillas dobladas para saber por dónde iba uno. Pero, pero, pero…¿un ladrón entra en mi casa y se pone a leer Simenon? ¿Desde cuándo los nobles ciudadanos albano-kosovares que asaltan hogares tienen estas inquietudes? No, la respuesta de nuevo era la memoria o, mejor dicho, el olvido. Había leído a Simenon, pero como si no lo hubiera leído. Yisuscraist.

Ah, aquellos gloriosos tiempo de la juventud, ah dónde quedan. Entonces tras leer un libro de relatos, pongamos los cuentos de Carver, Ignacio Aldecoa, Chesterton, Martin Amis o Frederic Forsyth, por decir algunos, recordaba el contenido durante una eternidad. Bastaba repasar el título de algún cuento para que me viniese la sinopsis. Tal cuento. «Pues iba de uno que…». De inmediato. Una maquinaria perfectamente engrasada. Era yo como los suplementos literarios, que al lado de la fotito de portada te ponen el resumen. Y no hablemos ya de las novelas, las recordaba todas, con varios pasajes incluidos y una viveza enorme. Tenía en el cerebro una tableta de abdominales neuronal o algo, yo no sé.

Conforme venía llegando el otoño de mis días, aquella prodigiosa memoria de bibliotecario se fue agotando. Era el reverso tenebroso de Funes el memorioso. Al menos para esto. Y a las anécdotas que iniciaban este artículo añado un buen puñado de libros olvidados completamente. Y no porque no fueran buenos. Es como ir por una calle y al doblar la esquina no saber de dónde venías. Maldita sea, ¿qué ha pasado? ¿Dónde están las circunvalaciones del cerebro que se ocupaban de tales menesteres de forma automática? Joder, joder, joder.

Esta biblioteca desmemoriada cuenta ya con numerosos títulos. Todos los lectores tenemos esta biblioteca, la de los libros que olvidamos dos segundos después, tengan la calidad que tengan, ya sea por la edad, la falta de retentiva o el abuso de sustancias perjudiciales de ocio. Quiero creer sin embargo que aunque parezcan no dejar huella, sí dejen un rastro, como el que es capaz de seguir el indio Cuervo de las pelis del oeste, o un efecto de aroma en la habitación cuando alguien pasa pero se va, y su colonia aún se percibe un buen rato. Y que eso sirva y nos influya para bien. Acaso la esencia de nuestra historia particular, la esencia, o sea, la esencia, la esen…, que… que… que… ¿qué? A ver, ¿por dónde iba? ¿Quién ha escrito esto? ¿Quién se ha puesto en mi teclado? Joder, joder, joder…

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