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José Luis «El Puma» Rodríguez en Camboya

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[…] Esta tesitura de espejos de peluquería, que permiten escudriñar, en los largos ratos de inmovilidad, lo que hay a la espalda, me retro­trae a la obra del artista argentino Leandro Erlich en la Bienal de Arte Singapur 2008. Bajo el título de Hair Salon, el artista repro­duce una peluquería de señoras, similar en tamaño al de esta en la que me encuentro, pero donde los tres espejos frente a los asientos han sido sustituidos por aberturas en la pared. Al otro lado de dichas ventanas/engaño el genial Erlich ha creado el otro lado del espejo, donde todo es la imagen invertida y mentirosa de la primera sala. Los peines, secadores y otros objetos de peluquería están dispues­tos en la segunda sala como imágenes de espejo, y hasta las revistas Marie Claire o Cosmopolitan tienen su portada invertida. Al sentarse uno, divertido al principio, inquieto por la impostura después, en la segunda sala, la del mundo al revés, no deja de sentirse una creciente ansiedad. Por ejemplo, de que súbitamente entre por la puerta el yo real en la parte buena y se siente a mirarnos. Si es que hay en algún sitio parte buena.

Saliendo de mi memoria a la realidad de los espejos aprovecho para observar a las clientas de la peluquería.

Justo a mi espalda se sienta, en asana yogui, una jemer entrada en la cuarentena a la que espulgan la cabeza, pelo a pelo, no se sabe si en busca de liendres o de canas, mientras habla por el móvil con chi­rriada ametralladora por voz que compite con el culebrón televisivo.

Junto a ella se sienta, más calmada en sus brincos vocales aunque bulliciosa en los ademanes, una señora regordeta con pantalones de pirata. Su camiseta con brillantes que forman la palabra Chanel re­salta su jugosa pechera. Su piel es grasienta y muestra a ojos vista varias capas de untes blanqueadores. A pesar de que le ejecutan a la vez labores de manicura, pedicura, masaje y cabellera la mitad del personal asalariado del local, dispuestas en enjambre, todavía le que­dan manos sueltas para dar instrucciones a otras peluqueras como verdadera abeja reina.

Mi doña, hojeando un Asia-life, cierra el cuadro de forma cierta­mente más amable.

Mediante cromañones gestos, pues definitivamente no comparti­mos ningún lenguaje verbal o no verbal conocido, me indican el fin del mejunje en seco y me pasan a la trastienda. En un diminuto espa­cio, casi un pasillo, se apelotonan cuatro tumbonas con una especie de abrevadero de reses a la espalda donde se apoya la cabeza y don­de mi rolliza lava-pelos me espera sonriente con unos movimientos excesivos de sus pulgares. Con su cinturón escarlata, los dedos table­teando el aire y las palmas hacia abajo me recuerda a esos pistoleros de spaghetti western que caen en los primeros tiroteos.

Me siento y sin darme tiempo a santiguarme me llena el cuero ca­belludo de un líquido que intuyo licor del polo por el olor a dentífrico y el frío que provoca en toda mi caja craneal. Mi cabeza, vuelta arri­ba como gocho que va al matadero, encara un ventilador que descri­be amplios círculos y que por el treque-treque que emite parece que se va a despegar del techo y rebanar alguna cabeza a en su caída. En secreto sueño con que sea la de la rolliza y no la mía.

Son las fases de esta tormentosa sala el champú helado ya men­cionado, unas briosas manipulaciones con las yemas de los dedos en todo el cuero cabelludo, más champú, esta vez templado, o eso le parece a mi cráneo, apreturas variadas en sienes y cejas, unos escasos minutos de placentero masaje, un enjabonado de cara con frotación facial por unos ásperos dedos en cada recoveco de la cara, repetidos pellizcos en el «bebo», —nombre que inventamos en casa de pequeños para la carnosa parte baja de la oreja, aquella a la que le dan tirones en los cumpleaños— y, por fin, tras los enjuagues, una sesión de toallas congeladas que me son impuestas en ojos, frente, cuello y coronilla. Me siento ya como cadáver en el proceso de embalsamamiento y en verdad qué lejos queda la vida que dejé hace un rato en la calle. Todo este batallar provoca que tras el final del proceso de mi rolliza torturadora, sienta la euforia del superviviente a una catástrofe natural al volver a entrar en el espacio color limón.

Embriaguez por la hazaña de seguir vivo.

Mi casi viuda vive ajena a mi tragedia, embutida como está en rulos y bajo el palio de la secadora de techo, e intuyo un mohín de desaprobación en su cara por no haber disfrutado yo como debía de la terrible sesión de la trastienda.

Me sientan de nuevo en uno de los sillones y un joven jemer, flaco como un suspiro y con unos vaqueros de esos sutilmente desteñidos por zonas, se presenta a mi espalda con su secador de pelo negro cual arma espacial. En contraste con la Antártida anteriormente vivida, el vaquero me abrasa mechones y cuero cabelludo con gestos deci­didos de su arma que vomita aire de fuego, el cual intento esquivar como puedo, moviendo el cuello y apretando fuerte dientes y párpa­dos para resistir.

Al final del tratamiento espero unos largos minutos hasta que me atrevo a abrir los ojos y enfrentarme al espejo.

Frente a mí, mirándome con espanto, veo a José Luis «El Puma» Rodríguez… vestido igual que yo.


Este texto pertenece a Crónicas Jemeres, de Rafael Dochao Moreno (Pequeño Dios Editores). Lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en todas estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

2 Comentarios

  1. […] trata de un fragmento de En la ‘pelu’ con El Puma, la crónica escogida por Rafael Dochao, autor de Crónicas Jemeres para interpretar él mismo en […]

  2. […] trata de un fragmento de En la ‘pelu’ con El Puma, la crónica escogida por Rafael Dochao, autor de Crónicas Jemeres para interpretar él mismo en […]

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