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José Luis «El Puma» Rodríguez en Camboya

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Así ilustró Rafael Dochao su experiencia en una peluquería de Camboya
Así ilustró Rafael Dochao su experiencia en una peluquería de Camboya

Antes de nada, os invitamos a leer un fragmento de En la ‘pelu’ con El Puma, la crónica escogida por Rafael Dochao, autor de Crónicas Jemeres para interpretar él mismo en la presentación que tuvo lugar en la Librería Los Editores. Un evento que echó abajo ese mito que dibuja a los diplomáticos como seres aburridos, enfundados en trajes y armados de protocolo hasta los dientes. Se podría decir que Rafael Dochao es diplomático de profesión, viajero por devoción y escritor por ilusión. Ilusión por contar al resto del mundo las vivencias de quien llega a un país lejano como quien acude a una cita a ciegas, pero sabiendo que se inicia un cortejo en el que ambas partes están condenadas a entenderse.

Rafael Dochao lo tiene claro: «el oficio de diplomático comienza con una regla de oro: enamorarse del país al que llegas». Es más, él se enamoró hasta las trancas de Camboya. Preguntado por eso que le enamoró de ella, no sabe con qué quedarse: «Tiene muchos encantos algunos visibles y otros no tanto. Entre los visibles está la sonrisa de sus gentes, los verdes de los campos de arroz, las montañas de los pueblos originarios en el norte. Entre lo más difícil de hacer visible  están sus costumbres ancestrales, muy agrícolas o su apasionante historia con sus  reyes jemeres como Jayavarmán VII cuya capital, Angkor Tom, tenía en el año 1000 un millón de habitantes, más que París en esa época».

A lo largo de los cuarenta y tres relatos que conforman Crónicas Jemeres el lector descubre lo más cotidiano de la realidad de este país, pero también las heridas que aún supuran en este rincón del continente asiático. Cargado de humor, de constantes paralelismos entre su país natal y el país al que fue destinado, Rafael Dochao dibuja la Comboya que trata de renacer tras los jemeres rojos, ese episodio de su historia que redujo en un cuarto su población y que fue considerado un genocidio. Murieron entre millón y medio y tres millones de camboyanos. «Hasta hace poco el período de los jemeres rojos no figuraba en los libros de Historia de Camboya, se había borrado ese periodo de un plumazo.  Muchos jóvenes jemeres que nunca vivieron esos años de plomo y tragedia dicen: no, eso no puede ser cierto, no puede haber sido… jemeres que matasen a jemeres… a miles como dicen ahora. Hay una especie de revisionismo utilitario que hay que desenmascarar. Cada pueblo tiene que saber su historia, aprender de lo ocurrido cueste lo que cueste:  hay siempre que abrir cunetas y fosas comunes. La Historia y las familias tienen derecho a  saberlo».

Heridas que aún sangran

A pesar del estilo de Rafael Dochao, que podría ser definido como desenfadado, incluso irónico, el autor no huye de esas realidades incómodas que el lector que pretende descubrir este país tiene que conocer. Así, en varios de sus relatos nos tropezamos con una realidad que aún sangra: las minas antipersona.

«En la época actual, el turista o el ciudadano que vive en Camboya no frecuenta lugares plagados de minas, normalmente. Sí se hacen paseos en zonas rurales, pero es poco habitual. Sin embargo, lo que es real es el riesgo para los miles y miles de familias que viven cerca de los campos de minas, o peor aún, la gente que ante un artefacto explosivo, como las enormes bombas de los B-52 que acaso no explotaron,  se las llevan en brazos para  venderlas como metal, con resultados a veces trágicos. Es terrible ver en ciertas zonas del campo de Camboya los tullidos por la minas. Durante mi estancia allí, algunas minas antitanque, llevadas por las crecidas de la temporada de lluvias causaron la muerte a todos los ocupantes de un transporte rural o un tractor», recuerda compungido.

En este contexto se sitúa uno de los relatos que nutre Crónicas Jemeres. Es ése que cuenta la historia de Koma, el criado cuyo patrón utiliza como detector de minas asegurando que «tiene un sexto sentido que le hace intuir el peligro». Es por eso que Koma camina cinco metros delante de su amo: la distancia suficiente para que éste no sea alcanzado por la metralla si falla la intuicón de Koma.

No obsante, es la frontera oeste con Tailandia, la conocida como cinturón K5, el lugar más minado del mundo. En sus entrañas, más de 2,5 millones de minas antipersona siguen sin explotar, aguardando a su víctima. Pero es más cruel aún: este vasto territorio es arrebatado a la población campesina, sumida en la pobreza, incapaz de cultivar unas tierras sembradas de muerte. Ante esta estampa, Rafael Dochao enmudece y cede el testigo a otro narrador. Recurrirá a Jean Paul, un hombre que conoció en un mercado de antigüedades, para que relate cómo falló en su intento de abandonar la barbarie emprendiendo rumbo al país vecino, Tailandia, y lo descarnado que resultó el periplo de vuelta:

«A voz en grito nos obligaron a echar en los cubos todo lo que pudiéramos tener de valor: relojes, joyas, dinero. Hasta los amuletos de Buda quitaron a una señora viuda. Después, casi con lo puesto,nos amenazaron con fusilarnos a todos allí mismo si no descendíamos monte abajo a nuestro país. De vuelta a las entrañas de la Kampuchea Democrática en descomposición. La ladera estaba minada, pero allá nos mandaron, resbalando cuesta abajo, como manada ciega, a cientos, miles de refugiados. No llevábamos ni cien metros cuando se oyó la primera explosión ronca y luego un alarido de dolor. Y luego la desbandada. Entonces como rocas-tapón saliendo de la tierra, una, dos, tres, diez explosiones y más dolor y gritos y sangre. Al rato la gente hizo filas para bajar por donde ya había saltado una mina y se apartaba al herido con un palo y con los pies para dejar paso. Sin embargo, los de atrás empujaban y al salirse del sendero seguro venían más explosiones.».

Con Jean Paul en el Mercado Ruso

Fotografía incluida en Crónicas Jemeres, al finalizar el relato de Jean Paul en el Mercado Ruso
Fotografía incluida en Crónicas Jemeres, al finalizar el relato de Jean Paul en el Mercado Ruso

Desnudar vergüenzas

Quizás otro de los relatos más estremecedores de Crónicas Jemeres sea el titulado El Pinocho de Charlot. En él, Rafael Dochao deja que Charlot muestre al mundo sus más bajos instintos y acerca al lector el modus operandi de quienes sostienen el negocio de la explotación sexual infantil. No se puede obviar que Camboya es también conocida como ‘Las Vegas de Asia’, ni tampoco que una de cada tres mujeres que ejercen la prostitución es menor de edad, niñas de entre 12 y 17 años.

«Con una cierta disminución del turismo sexual en países como Tailandia, ha aumentado en Camboya. A veces la prostitución no es sino la salida a la pobreza para miles de chicas jóvenes que van a la ciudad y, o no encuentran trabajo, o son despedidas de los que tienen, ya precarios, en el sector textil —salarios de entre 50-100 dólares al mes por jornadas maratonianas, 6 días a la semana—. Hay una cierta permisividad de las autoridades y también a nivel social. Y, aunque hay muchos europeos que van allí buscando ese sexo barato, no olvidemos que la mayoría de los clientes son asiáticos, locales o de otros países de la región», argumenta Rafael Dochao.

Aquí un fragmento de ese relato estremecedor:

Están en una esquina los dos compadres pringados y Demeret habla entre dientes.
–La pájara que te levantaste ayer es una pelandusca de dieciséis años, que se llama Seila Samlean o algo así y la utiliza de carnaza una oenegé de nuestra tierra que se llaman APLE y no por las putas manzanas sino por la acción por los niños…menudos cabrones.
–Pues algo joven sí parecía, lo pensé en mi cuarto –responde Charlot –, pero una pájara sí, y de rabo largo también –se queda pensativo mientras entran más policías en la sala –. Y ahora, ¿qué se supone que nos van a hacer?
–Pues pinta feo el asunto, amigo Charlot, muy feo. Hablan de no sé qué artículo 34 de la ley contra el tráfico de niños y nos pueden caer un montón de años en la sombra. ¡Maldita mala suerte!
–¿Y no podemos inventar nada? –pregunta con una bola en la garganta Charlot.
–Pues ya he llamado a un amigo jemer, colega de un juez o algo así, que me debe unos favores, ya sabes, y va a ver si se puede salir de la detención y tras ello escapar del país como se pueda.

Fuerte arraigo

A pesar de tpdas estas asignaturas pendientes de Camboya, el autor destaca a lo largo de su obra el lado menos trágico de este país: su fuerte arraigo a las tradiciones. Es más, serán varias las crónicas destinadas a acercar la cultura camboyana al lector occidental. Asistirá a una boda burguesa y vivirá la tan importante ceremonia de los Surcos Sagrados, vital para una población agrícola. «Es la fiesta más alucinate. En ella, unos bueyes dictaminan cómo serán las cosechas del año según coman a beban al azar de unos recipientes con arroz, soja, vino de arroz, alfalfa, agua…».

Otra celebración que recuerda es la Fiesta del Agua. Está inmortalizada en Las masas jemeres y el agua. «La capital pasa de un millón de habitantes a cuatro millones por unos días, es un caos humano total, pero muy puro», comenta matizando lo relevante de este evento.

Rafael Dochao hace zoom sobre estas ceremonias aprovechando su condición de testigo predilecto. Para ello abondanará la tercera persona y se convertirá en ese narrador omnisciente, ése que todo lo sabe y lo que no, lo pregunta. Describirá olores, sensaciones, colores, invocará recuerdos… todo lo que sea necesario para que el lector tenga las herramientas necesarias y capte la esencia de eso que él ha vivido.

Es en esta doble realidad en la que viven los camboyanos. Por un lado, sobreviven aferrados a la tradición que les otorga esa identidad irrenunciable; por el otro, sufren las heridas que aún no han cerrado y que supuran e impiden regenerar el país. Así conoció Rafael Dochao Camboya y así se enamoró de ella: con sus luces y sus sombras. «El pueblo jemer es muy peculiar: comen tarántulas, muchos choncheats viven aún de lo que cazan en la selva, se queman billetes de papel falsos en las fiestas, creen, y mucho, en los fantasmas, utilizan una prenda de vestir —la Kroma— para todo, desde los pies  a la cabeza… Es un país raro y que merece la pena visitar e impregnase bien de él. Ya no quedan tantos sitios así de vírgenes en la tierra».

Ya lo decía el gran Lope de Vega, «esto es amor, quien lo probó lo sabe».


Crónicas Jemeres está disponible en toda la generosa red de librerías con la que trabajamos. Si no ve en el mapa una que le quede a mano o tiene algún problema para conseguirlo pregúntenos: librerantes@librerantes.com

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