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«Hostia, igual a mí me gustaría encontrar un libro que fuera diferente». Marta Martínez Carro, periodista, poeta, editora.

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Marta Martínez Carro es periodista; ha hecho el doctorado en fotoperiodismo y ética. Leo que detesta el huevo duro y, bueno, esta redactora tampoco sabe qué hacer con ese dato. Quise quedar con ella, sobre todo, por curiosidad, qué es eso de pedir dinero a la gente, a desconocidos, para montar una editorial, cuánto dinero te han dado ya, cómo llegaste a Ensayos del dolor propio; y ahora qué, qué será lo próximo. Lo mejor de Marta, sin duda, es su empuje, la arrolladora pasión que pone en todo lo que hace, en todo lo que quiere hacer. Y lo original de sus propuestas, que suele además llevar a cabo, como debe ser.

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Cuéntame de dónde surge este proyecto tan raro.

Es muy raro, sí. ContraEscritura nace aquí en Madrid, en la Complutense. Son unos chavales muy jóvenes que aún no han acabado la carrera…

¿Son? No tú, dices

Ahora, ahora te cuento. Son ellos. Yo no les conocía de nada. Les conocería más tarde. Tenían una página web.  Estaban —están— interesados en nuevas formas de crear, de compartir literatura… También Bellas Artes. Aunque nace en Periodismo, en seguida se une gente de Bellas Artes. Se comparte también fotografía. Acaba siendo totalmente interdisciplinar. Hay poesía, hay narrativa, fotografía, dibujo… Se empiezan a dar colaboraciones entre la propia gente que escribe. Comienza a haber una comunicación, sobre todo gracias a las redes sociales, y el grupo acaba cerrándose en torno a diez autores que estamos —acabo uniéndome a ellos— diseminados por todas España: Murcia, Madrid, Barcelona [es donde vive ahora Marta], Valencia… Y llegan también colaboraciones de gente de otras partes de Europa. Creo que es por el buen rollo que se genera, de ahí el éxito.

Era una página web, que ahora está cerrada. O, bueno, reconvertida. El proyecto llevaba tres años funcionando. Gente muy joven. Estábamos estudiando, haciendo el doctorado unos, otro compañero en Florencia… Al final, todo el mundo tenía otro gran proyecto. ContraEscritura se nos hizo grande para poder seguir compaginándolo con nuestra vida. No teníamos ni para pagar el dominio, además. Que costaba 12 euros al mes, imagínate. Es decir, algunos sí, pero los más jóvenes no. Y un día ocurre algo, una casualidad: paseando por Madrid yo, que soy de Barcelona, me encuentro con un sitio que se llama ContraClub. En aquel momento llevaba las redes de ContraEscritura, le hice una foto, «No me puedo creer que sea yo quien se tenga que enterar de que existe este sitio…». Esto nos sirvió de excusa, tomamos rápidamente, en cuestión de horas, la decisión de organizar un recital, que era algo que nunca habíamos hecho, no tenía nada que ver con el proyecto. Y, en el último momento, resulta que ContraClub nos falla, y acabamos en el Libertad 8. Para la mayoría era un «Dios mío, dios mío, nos vamos a una de las cunas de la bohemia casi…». Se creó un ambiente muy mágico en torno a ese primer recital. Hubo gente que se quedó en la calle, funcionó muy muy bien. Cuando bajamos del escenario la gente nos preguntaba: «¿Pero dónde puedo comprar vuestros libros?».

Un recital de poesía de autores que no erais vosotros, hicisteis una selección…

Sí. Había otros poetas, algunos vinieron a apoyarnos, se subieron al escenario.

¿Qué poetas salen en ese recital?

Aparte de los del núcleo de ContraEscritura[1], se leen poemas de César Ulla, Pablo Benavente, Batania, Alejandra Saiz… Gente que se movía mucho en las redes sociales. Entonces desconocía todo lo que se movía en torno a la poesía.

En los meses siguientes nos damos cuenta de que tenemos un problema de operativa. Tanto de dinero como de tiempo. Y nos planteamos qué hacer con ContraEscritura durante todo ese verano (el recital fue en marzo), que seguía aún siendo una web. Había un debate, «qué hacemos». Se plantean dos opciones: seguir haciendo lo mismo que estábamos haciendo, pero en papel, fanzines, alguna publicación esporádica; y yo propuse el montar una editorial. La mayoría son de una franja de edad más joven, en realidad, y esto les parece una locura. Como se da la circunstancia, en ese momento, de que me quedo en paro, y que una editorial publica mi libro, el primer dinero que obtengo lo invierto en montar la editorial.

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Mujer, pero háblanos de tu libro…

[Ella iba a seguir como si nada. Se ríe, y accede] Es un poemario. Se llama Muertes inéditas. Se publicó por un crowfunding. Era la primera vez que lo hacía así la editorial Parnass Ediciones.

Lo poquito que saco de la publicación de mi libro, sobre todo de las ventas directas en presentaciones, lo decido invertir en montar la editorial. Que todos me animaron dentro de ContraEscritura, pero en plan «hazlo tú». Lo cual, la verdad, fue de agradecer; sabía desde el primer momento con qué contaba. En ese sentido, desde el principio quedaron las cosas muy claras. Me cedieron la marca, y empecé por ahí; hice ese trabajo, registrarla, reconvertir la web, buscar un diseñador editorial, buscar cuáles serían las líneas editoriales del proyecto… Y como el dinero inicial es tan mínimo, 200 euros.

¿Perdón? ¿200 euros para montar una editorial?. Eso nos lo tienes que contar en detalle.

Dicho así, en plano, sí.

Solo imprimir te cuesta más. ¿Qué no me estás contando, Marta?

A ver, evidentemente, con 200 euros no puedo montar una editorial. Es con lo que empiezo. Y me pregunto cómo lo hago. Con 140 euros que tenía de dinero que me habían dado mis abuelos, etc. en Navidad, es con lo que registro la marca. Lo que hago es montar un sistema de socios; cualquier persona puede entrar en nuestra web y comprar uno de los cinco niveles que hay de socios y que van desde los 5 euros hasta los 100. Estos están limitados a 5. Nos queda solo uno. La idea es la del micromecenazgo. No queremos abusar.

Uno ve la web, le gusta, y se hace socio. Es así, ¿no?

Sí. Eso es. Invierto el poco capital que tengo en los kits de bienvenida: sobres, pegatinas, postales… Un salto al vacío. Podía estar tirando ese poquito dinero que tenía.

El caso es que recuperé el dinero en la primera semana, con lo que ya no tenía pérdidas. Y en Marzo ya tengo 30 socios, a los tres meses de empezar, lo cual ya me permite publicar mi primer libro.

[La interrumpo] ¿Cuántos años tienes?

Acabo de cumplir 30.

La satisfacción es doble: la gente tiene también ese punto de querer consumir cultura de manera diferente, de apostar por proyectos de manera diferente. Verkami es un ejemplo de esto también.

Tenemos un foro privado, el contraclub, donde el socio participa, expresa sus opiniones, nos ayuda con críticas. Es un balón de oxígeno.

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¿Cómo te llega este primer libro?

Me llega por un amigo, el que hizo la web.

Cuando tomas la decisión de montar la editorial no tenías el libro.

No. La idea llega tras el recital del que te hablaba. Me alojé en casa de un amigo, Sergio Perela, que había estado escribiendo poesía, tenía incluso una idea muy formada de lo que iba a ser su primera novela, pero había perdido la esperanza, la ilusión por escribir y publicar algo. Me dijo que el recital le había parecido muy inspirador. Me explicó su idea de novela, y yo le animé a que la escribiera. La escribe y me la pasa. Pienso que si la leo y la corrijo nuestra amistad se va a acabar, y fue el contrario. Agradeció mis observaciones. Le encantó el trabajo que yo había hecho. Esto me animó mucho. Además, le publican la novela, Desván Editorial, de Salamanca.

Cuando monto la editorial, que esto sí lo tenía claro, que quería montarla, mi única premisa era, es, que han de ser libros buenos. Y a las librerías me remito: se publican muchos libros que no son buenos. Hay libros que los ves y te dices «Qué vergüenza».

El caso es que el chico que hace la web, que es además un lector voraz, estaba muy pendiente, e inquieto, «no tienes aún qué publicar», «traduce a este», «léete eso». Y un día, durante el festival de San Sebastián, cuando vivía allí, alojó a un amigo suyo, de Huelva, para que pudiera participar como jurado joven en el festival de Donostia. De otro modo no hubiera podido el chaval estar allí. En esos días, a modo de agradecimiento, el chico, que está estudiando un máster de escritura creativa becado en Nueva York, le regala el libro que le han publicado allí: Ensayos del dolor propio. Mi primer libro.

La primera edición, la americana, no es fea, no: es lo siguiente. La diseñadora, Pi del Campo González, que es de Burgos, pero trabaja en Barcelona —ha estudiado un postgrado de diseño editorial, trabajado toda su vida como diseñadora, se moría de ganas de dedicarse al diseño editorial— cuando le enseñé el libro me dice: «Bueno… la ventaja es que es fácilmente mejorable».

Por mi parte, cuando lo acabé de leer, lo tuve claro. Iba a ser el primer libro de ContraEscritura.

Y el autor encantado, ¿no?

No, no. Si él no sabía aún nada. Cuando acabé el libro hablé con mi amigo de Donostia: «Me vas a tener que dejar el contacto de este amigo tuyo;  quiero publicar su libro». Salva [G. Barranco] sigue en Nueva York, vive allí, se está doctorando en crítica literaria, si no me equivoco. Salvando la diferencia horaria, conseguimos coincidir, llegar a acuerdos con él. Para mí había alguna cuestión innegociable, sobre todo en relación al diseño.

El diseño es fundamental. Durante la primera reunión que tuve con la diseñadora yo ya le dije: «Tengo claro que en la portada no va a haber autor, no va a haber título, y no va a haber logo».

¿Pero por qué?

Por varias cosas. Si he de ser brutalmente sincera, lo que aplico es mi lógica de compradora de libros en librerías. Y, hostia, igual a mí me gustaría encontrar un libro que fuera diferente.

Lo de la portada es una cicatriz, un texto sobre el autor en el útero de su madre… ¿Es la cicatriz de una cesárea lo de la foto?

No. Es un chico al que le pegaron una puñalada cuando tenía 18 años. Se salvó de milagro: fue a 5 centímetros del pulmón. Además, ha sido interesante porque para él siempre ha sido muy traumático, claro. Es un conocido de la diseñadora, que lo tuvo clarísimo cuando leyó el libro: «Tengo la imagen clarísima». Y a él le ha ayudado a reconciliarse con el hecho.

Así, por un lado, desde el punto de vista del lector, o, mejor, del comprador de libros, si tú lo ves en la librería, este libro tiene algo, algo que invita a cogerlo, y si tú lo coges, si lo eliges entre otros para cogerlo, teniendo en cuenta la cantidad de volúmenes que hay, desde mi punto de vista, eso ya es un éxito. Por otro lado, está el valor de la imagen. Va de solapa a solapa.

Eso sí, de cara al autor… tiene su complicación. Dile que vas a publicar su libro, su primer libro, y que no va a aparecer su nombre en la portada. Esto pensándolo yo, desde casa. La respuesta fue increíblemente positiva. Supongo  que porque yo se lo justificaba. Verás que es un libro muy diferente. Las páginas de cortesía en negro, también un par de páginas centrales totalmente negras, con el texto en blanco. Y una parte que volvió absolutamente locos a los de la imprenta [2]: llamaron varias veces el día que tenían ya la pruebas de impresión: «¿Esto seguro que va así?».

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No está en la edición orginal.

La edición original es en digital. No partían las palabras, lo cual a mí me parece algo bastante anormal. Siempre se han cortado.

Por aquí no va justificado, ni a derecha y a izquierda…

A ver, todo está pensado, tiene un sentido. Son dos partes. En el centro hay una grieta. Y puedes, al verlo, pensar «Buah, esto es la típica chorrada que hace uno para llamar la atención». Pero no. A mí me encantó. Y no solo por lo que es ContraEscritura, nuestro nombre, todo está permitido (es decir, casi, no se admite nada gratuito).

En el caso de este libro es clara la influencia del entorno académico del autor: el llevar dos años trabajando en Nueva York en escritura creativa le ha permitido al autor ser más natural. Creo que si hubiera estado aquí, y es una impresión mía, puedo estar equivocada, hubiera sido algo más forzado.

Y hay algo que a mí me gustó mucho, muchísimo, de este libro: es de los libros que yo he leído en los que hay una relación de homosexualidad donde esta está tratada de una forma más cotidiana. No hay complejos, no hay justificaciones. Es lo que es. Ese punto natural absoluto me interesó desde el minuto cero.

La portada es nada más la foto y un pasaje del libro

Sí. De un capítulo muy cortito. Aparece en la portada a la misma altura que en el libro. Es un juego, no sé si de memoria… Es una parte muy real. Cuando la leyó —se llama «Gestación de la culpa»— en público, cuando estuvo por aquí presentándolo, fue muy emocionante.

Y, bueno, el autor está muy contento con la edición. Eso me gusta mucho. Lo he visto disfrutar de verdad con su libro.

«…y puedo tolerar mi tristeza, pero no la suya».
Ensayos del dolor propio. Salva G. Barranco

 ¿Y ahora qué vas a hacer, cuáles son los próximos proyectos?

Lo próximo son dos proyectos diferentes. Uno es editar un poemario a Macky Chuca, no sé si la conoces. Ha estado viviendo muchos años en Palma. Es argentina. Me llamó mucho la atención la potencia de sus poemas; es muy visceral, e increíblemente sincera.

¿Sin ilustraciones? ¿Solo poemas?

Sí, sin ilustraciones, solo poemas. La poesía no necesita artificio. Y, además, hay otra cuestión: a mí me sale, a nivel de producción, por lo mismo que Ensayos del dolor propio. Los libros de poesía, de media, valen 10 euros. Al autor le liquidamos el 30%.

Eso será difícil mantenerlo…

Lo he hecho con Salva desde  la venta del ejemplar uno. Que, a ver, estoy testeando todo ahora. Lo mismo en un tiempo tengo que replanteármelo, «Esto es inviable». De momento, ahí estoy, intentándolo.

El libro de Macky, sin dibujos, cuesta lo mismo de producir que el de Salva. Así que  tendrán el mismo precio.

Con la poesía es que creo que pasa un poco igual que con los relatos, que están aquí algo denostados.

¿Publicarías relatos?

Me encantaría. Sí.

El otro proyecto que te decía es aún más complicado. Y más personal. En abril, al cumplir los treinta años, decido irme a celebrar mi cumpleaños a Munich. Sola. Siempre me ha interesado mucho la historia del siglo XX, en especial el Tercer Reich, el holocausto… Tal vez me viene de familia: abuela miliciana y tal.

[La animo a que cuente más sobre quién es, sus orígenes]

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Soy de Cataluña. Nací allí. Mi padre también, pero sus padres eran de Almería. Mi madre es gallega. Mi bisabuelo por parte de madre estuvo en las líneas franquistas, por quintas. La otra parte estuvo dando auxilio a maquis en la época de la postguerra y, por otro lado, mi abuela era cenetista. Estuvo en la cárcel. De hecho, está colgada en casa la orden de liberación, firmada por «El Jefe».

Siempre me ha interesado mucho la literatura del holocausto. Desde Primo Levy… pero no solo, es decir, toda la literatura de los supervivientes, la historiografía también.

Había estado ya en Auschwitz, Mauthausen y Terezin. Son tres campos completamente diferentes, y además en tres países distintos. Cuando voy a Munich, y esto sé que es muy freak, es para pasar mi treinta cumpleaños en el campo de exterminio de Dachau. Sé cómo suena.

El caso es que voy allí. Y encuentro una mención en la parte del Museo a un libro de Nico Rost, un periodista que había trabajado en Holanda y Bélgica, y que había estado en España luchando durante la guerra civil. Escribió un libro mientras estaba en Dachau. Investigo un poco, y me entero de que él entra enfermo en el campo de concentración, y como no es un centro de exterminio, sino de trabajo, tienen una enfermería donde se tratan a los enfermos. Una de las particularidades es que los enfermos tenían acceso a libros. Y Rost tiene acceso a Goethe y otros grandes. Escribe una especie de diario, muy prototípico de lo que puedes ser la literatura concentracionaria. También hay —por lo visto, es lo que yo más o menos entiendo del alemán, de la gente con la que hablo allí— una relación con las lecturas que hace. Como lectora esto me resulta  muy interesante. Allí, en Dachau, hay una librería, donde voy y donde me encuentro algo que es habitual pero que allí me fastidió particularmente: tienen literatura en inglés, en alemán, prácticamente en todos los idiomas… pero no en castellano. La respuesta siempre es la misma: es que las traducciones son muy caras. Hay mucha literatura Polaca, alemana, etc., que no se ha traducido. Automática es una editorial que está haciendo un gran trabajo en este sentido. Me leo todo lo que cae en mis manos suyo.

En el caso de Nico Rost los derechos de autor están divididos. Tuvo dos matrimonios, luego dos tercios los tiene su hijastra del segundo matrimonio. Y el otro tercio está repartido entre el hijo del primer matrimonio y los nietos. Estoy acabando de localizar una parte, pero es una señora mayor, y no es tan fácil como escribir un mail…

Otra cosa que me gusta mucho de este proyecto es que Nuria Molinés, del núcleo de ContraEscritura, se acaba de graduar ahora como traductora de alemán. Me va a permitir generar empleo dentro del propio entorno natural de lo que había sido ContraEscritura.

¿Y los artefactos? Podríamos acabar así

Es una segunda línea, más vinculada a los microformatos. Parte del primer artefacto, que es un juego de cuatro postales. Les doy un tema a los escritores y esa frase se la paso a los ilustradores. Son postales. Tienen una utilidad más allá del valor de la obra en sí, se pueden usar. Es la línea más libre, sobre todo a nivel de formato. Probablemente sigan las postales. Pero está muy abierto.

Hay una tercera línea, Sopas bobas. La idea es publicar relatos solo en formato digital, diez páginas, no más.  O diez poemas. Tengo en mente que cada uno cueste 99 céntimos, como mucho.

Y esto es la editorial. No sé si lo conseguiremos.

Yo creo que sí.


Notas al pie:

[1]Sara Montero, periodista, Madrid; Beatriz Ríos, periodista, Granada; Javier Gomis, periodista y autor del poemario La autonomía del otoño, Madrid; Núria Molines, traductora, Valencia; Nacho Samper, social media y autor del libro de relatos Pulsos y tránsitos, Madrid; Gonzalo Rielo, comunicador audiovisual, Galicia (ha crecido en Castilla la Mancha, en realidad); Antonio López, arqueólogo y fotógrafo, Granada; Maje Muñiz, periodista, León; Blas Martínez, autor del poemario Malversaciones y otros delitos literarios, Murcia; Claudia Ponce, bellas artes, Madrid, y Elena García, bellas artes, Madrid.

[2]La imprenta es Romanyà Valls. Les conocen por los libros maravillosos que hacen para Acantilado.

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