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Los fantasmas que surgen de las pinturas [por Gema Álava]

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—A ver, cuéntame, ¿y por qué quieres ser un artista cuando crezcas?
—Porque puedo usar mi imaginación y ser famoso.
—¿Pero vosotros creéis que los artistas de los que hemos hablado hoy pintaban porque querían ser famosos?
—¡Pues claro!
—Cuando un artista solo piensa en ser famoso puede que la cosa no salga bien…
—¡Pero hay que intentarlo!
—Sí, es verdad, hay que intentarlo todo en esta vida. Bueno, decidme, ¿y cómo se vuelve uno famoso?

John y su clase no llegan a los siete años, pero parecen tener muy claro lo que quieren y no quieren ser. Me contestan a gritos dentro de un museo que —en teoría— no permite grandes muestras de efusividad en sus galerías mientras la profesora se ríe al final del grupo. Me pregunto si se ríe porque los estudiantes cuentan verdades que suenan a chiste, o si es una de esas risas nerviosas que aparece cuando no sabemos qué decir y luego nos quejamos: si hubiera respondido esto o lo otro en el momento exacto, pero la frase llegó demasiado tarde. Me asombra la capacidad que tienen los niños para perder ese miedo que impide contar lo que vemos, o lo que no vemos pero imaginamos, soñamos, o creemos que sucederá si lo deseamos al soplar las velas de cumpleaños.

La siguiente parada es Monet, los nenúfares. Tres lienzos que abarcan una pared de más de quince metros de largo. John y sus amigos se sientan con cuidado en el suelo y me hablan de lo que ven debajo de ese agua: los peces de colores, las burbujas, las ranas, las piedras… Me hablan también de lo que se mantiene a flote: hojas caídas, pétalos de flores que parecen barquitos de papel o cáscara de nuez. Y por último, lo que se refleja en esa superficie de mar, rio o lago, según el día: el cielo con sus nubes, sus pájaros, algún avión que otro, y ramas volanderas arrancadas por un huracán pequeñito que se está formando en la esquina derecha (porque el azul es ahí más oscuro). A veces, y casi siempre al final, descubren las monedas de pirata que llevan demasiado tiempo enterradas, escondidas en el fondo del estanque dentro de un cofre amarillo. Sus frases me recuerdan al dibujo de Saint-Exupéry (el de la boa constrictor que se tragó un elefante pero no daba miedo), ese boceto que solo El principito —un niño al fin y al cabo— fue capaz de ver en mitad de un desierto. Vienen muchos principitos a los museos y me hablan de sus mundos.Vienen también príncipes de los otros, altos en estatura y en la efectividad de sus palabras. Estos príncipes me hablan de sus silencios.

Los educadores de museos, algunos, hemos sido entrenados para conversar con los fantasmas que surgen de las pinturas como espíritus aventureros para describirnos por sorpresa el sabor de aquel beso que nunca dimos. “¿Qué os llama la atención de esta pintura? Recordad que no hay respuesta correcta”. Esta última frase evita muchas de las ansiedades de las que soy testigo cuando mi grupo permanece inmóvil ante unas Señoritas de Aviñón que les interroga por vez primera con esos ojos negros que me recuerdan a otra serpiente, Kaa, del Libro de la selva, quien hipnotizaba a sus presas hasta dejarlas inmóviles, casi inconscientes, desconocedoras de lo que se les venía encima. “Puede que veáis cosas diferentes, incluso contradictorias, y está bien, porque es en la contradicción donde empieza la buena conversación”. Y entonces me cuentan lo que ven y lo que no ven. Y las pinturas se transforman en espejos de lo que esconden cada día. Porque es gracias a ese empujón de aire, de saliva, al estallido de un cohete mal encendido que escuchamos en la calle, o a la frase que oímos queriendo o sin querer, por lo que decidimos un buen día quemar todas las cartas, aprender a hacernos el nudo de la corbata, a atarnos los zapatos, a insultar, y a decir que no, que ya está bien, que hacía tiempo que debíamos haber cortado el cordel por el que habíamos aprendido a caminar de puntillas con los ojos cerrados. Las manos huelen a cebolla cuando se piensa en estas cosas, pero ni las cámaras de seguridad ni las alarmas de incendios detectan estas esencias.


Este fragmento pertenece a Tell me o cómo perder el miedo dentro de un museo, publicado en Fronterad. Lo mejor es que está recopilado en su Antolojía, así con jota, a lo Juan Ramón Jiménez, junto a otros textos igual de interesantes. Y ese libro lo tiene en nuestra red de librerías.

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