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El maratón como una de las bellas artes

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Empezar a hablar de un libro con una cuestión tan personal del que suscribe la reseña no es algo especialmente recomendable. Podría parecer una ataque de egocentrismo. Pero uno no puede evitar sentir una enorme solidaridad, una verdadera corriente de simpatía, por aquellos que ponen nombre a ciertas «mascotas». Por llamarlas de algún modo. Digamos… mascotas peculiares. Los personajes (reales) de este libro la llaman de un modo más preciso «inquilina». Sea cual fuere la clasificación, una de ellas queda aquí bautizada como Panchita. Recuerdo entonces la visita hace años de mi primer y único «inquilino» ocasional, al que sin embargo puse un nombre masculino: Alien José. Hasta tuvo su particular viñeta con el dibujante Daniel «Danunto» Miñana contando la historia de su autodiagnóstico por Google. En fin, que aquellos que hacemos deporte y a veces sufrimos de almorranas y las llamamos cariñosamente de un modo familiar formamos una hermandad oculta, No nos reconocemos entre nosotros, como decía Monterroso del sexto sentido de los enanos, pero sabemos que estamos ahí y eso nos consuela casi más que el Synalar Rectal Simple.

En este caso, y abandonamos ya con esto tan irritante asuntillo, esta variedad de varices sale en plena preparación del maratón. Vámonos 42, de Rafael Aguilar, aborda el entrenamiento de un corredor para afrontar la primera vez esta mítica distancia después de una reciente afición al running que ya le había llevado por varios medios maratones.

Vámonos 42
Fragmento de la portada de Vámonos 42. Foto de Valerio Merino

En tiempos no muy lejanos cualquiera se ponía aquello que daba en llamarse Meyba, aquello que daba en llamarse tenis y aquello que daba en llamarse camiseta con publicidad del supermercado de la esquina, y tan tranquilo salía a trotar por las aceras. Pronto aquello que daba en llamarse footing mutó en running, otro fenómeno distinto aunque con la misma apariencia y que va más allá de la salud o el mantenerse más o menos delgado. Aquí se da ya la evasión de los problemas diarios, el ocio con los amigos, la superación personal e incluso aquel tipo de obsesión que linda con un concepto cuasi religioso de este muchomásqueundeporte. Este breve vídeo humorístico y este texto bastante más largo resumen de qué hablamos cuando hablamos de running, parafraseando al De qué hablamos cuando hablamos de correr de Murakami.

La mención a Murakami no es casual, pues es una de las inspiraciones de Aguilar, periodista entre sevillano y cordobés que hace pocos años, y lindando los 40, se propuso empezar a correr, afición que le ha llevado incluso a conocer ciudades de esta forma. Atrás quedaron los paseos siguiendo a un guía turístico que suelta un discurso mil veces repetido.

El desafío de correr un maratón surge en la playa y muy a la española. Con unas cervezas y al estilo ¿a que no hay huevos?, aunque aquí no se mencione esa parte de la anatomía masculina y la situación sea más sutil. Cuántas empresas y proyectos habrán nacido de esta forma… A partir de ahí Aguilar cuenta a modo de diario la preparación, los pensamientos que le asaltan, la cercanía de los suyos. La ventaja del libro es que se puede leer como un conjunto de consejos para corredores a modo de diario pero también como una pequeña novela autobiográfica de una fase de la vida en torno a la madurez y el paso del tiempo. Correr, en suma, es una forma de conjurar a la muerte con las limitadas herramientas que posee un hombre normal y corriente. También una forma de hace algo que se vive como bello aunque tal belleza sólo la perciba la persona en concreto. Es suficiente.

Rafael Aguilar, periodista con dos décadas de trabajo a sus espaldas, ha asimilado además lo mejor que puede aportar el periodismo al abordar algunos textos de otro tipo: ritmo, sencillez y concisión. Nada sobra en esta obra que, en realidad, se ha autoeditado casi como regalo para los amigos y conocidos.

¿Por qué destacarla entonces? Sin duda alguna, aquellos que estén preparando sus primeras carreras encontrarán en sus páginas un interesante apoyo para abordarlas y, desde luego, los corredores más avezados recordarán sus primeras incursiones en las distancias más duras. Pero además, de la misma forma que el autor se atrevió con el maratón un día, su estilo hace pensar en que podría abordar sin ningún problema obras de más aliento, desde una ampliación de este mismo diario (demasiado apegado a la ciudad donde vive, Córdoba, o a sus conocidos como para llegar al público general que no esté aficionado al running), hasta ensayos de otro tipo o novelas. Con la misma modestia que en sus líneas habla sobre su entrenamiento y progresivos adelantos, nos encontramos con la humildad ante la escritura. En un caso consiguió superar esos 42 kilómetros. Todo hace pensar que dentro de no mucho el maratón del ensayo, el cuento o la novela llamarán a su puerta. Las condiciones para superar ese nuevo reto ya se reconocen en Vámonos 42, en este caso la primera prueba literaria para otras que exijan un entrenamiento y dedicación más exhaustivos. Esperamos en un futuro ese salto hacia adelante dada la diversión, buen rato y adicción que despierta este librito de apenas 80 páginas.

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