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El festival Eñe o la crónica de esas fiestas despampanantes (y II) [Por Manu Mérida]

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Es sábado. Tengo un amigo que se llama Rubén y va a ver el fútbol esta tarde al Santiago Bernabéu, y encima es negro. Nos cuenta que hay más policía que nunca, y que le han cacheado ya dos veces y todavía no ha podido entrar al estadio. Que o le detienen o le cae una bomba junto a los demás, pero algo se lleva seguro, que hasta otro amigo le dice: «Macho, es que tú también, qué manera de jugarte la vida. Con estado de alerta 4 por los atentados y te vas al fútbol. Por lo menos dile a alguna chavala que el final está cerca, a ver si tienes suerte y te cae una paja en los baño». Yo me despido de mis padres en el salón de casa y les digo que no veré el partido, que tengo que cubrir el Festival Eñe de literatura por segundo día consecutivo, mientras ellos comen pipas de calabaza, hojean los periódicos y miran la televisión.

No tengo muy claro qué estoy haciendo. Tengo algo de resaca, y preferiría quedarme en el sofá con ellos. Son las cinco y pico de la tarde y creo que mis dos hermanos siguen durmiendo, como mandan los cánones. En mi casa siempre se han respetado mucho los horarios de cada uno en el dormir. Lo único bueno de que jueguen el Real Madrid y el Barcelona es que la carretera de A Coruña está despejada. Pero la Gran Vía es un infierno, y tardo casi una hora en aparcar. Voy dando vueltas con el coche de un lado a otro, y esquivo a unos gorrillas en el Templo de Debod. No soporto a los gorrillas. Encuentro hueco en una bocacalle de Callao. Ante mi estupor, hay tanta gente andando por el centro de la ciudad que sospecho haber dejado de mover las piernas y ya ser llevado en volandas, arrastrado por la inercia y los demás.

Camino en dirección al Círculo de Bellas Artes pensando en mis manos, en las manos en general. De qué modo son importantes las manos para un escritor. Por lo visto Dostoievski le dictó su novela El jugador en una semana a una secretaria, que terminaría convirtiéndose en su mujer, pero salvando excepciones a un escritor le son bastante indispensables las manos… y es que el viernes por la noche mis amigos y yo habíamos estado hablando de manos a altas horas de la madrugada. Ahora, aquí andando, yendo a ver hablar a tipos que viven de sus manos, analizando lo sucedido anoche, y mirándome las mías propias, me acuerdo de un breve artículo que escribí sobre mis manos en mi blog hará un año:

«Me considero hombre de manos provechosas, aunque discretas. Son de esas manos que pasan por la vida sin llamar mucho la atención, elegantemente, lo cual me llena de orgullo. Tengo en el dedo corazón de la derecha una suerte de ampolla, por culpa de escribir, desde que fuera un niño. Me lo tomo como un gaje del oficio. Hemingway tendría el bigote y luego la barba; yo, mi ampolla. Cortázar tendría el cigarro, el puro o su pipa; yo, mi ampolla».

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Las manos, digo, a veces me las han calificado como «pequeñas» o incluso «de mujer», y cada cosa me ha hecho sentir más seguro respecto a ellas, por poder contar con tales atributos distinguidos, que en el fondo yo considero muy normales. Lo que más me halagó fue una vez que alguien me dijo que parecían manos «de no haber trabajado nunca». Pero sin duda nuestra relación no siempre ha sido de caminos fáciles, y toda la magia pudo haberse roto hace algún tiempo, cuando una chica, entre alguna caricia desafortunada, se percató de su presencia y las miró de reojo. Dijo: «Ah, pero que manos tan graciosas…».

Dejo de mirarme las manos y cruzo algún paso de cebra tratando de acertar con el color de los semáforos. Se mueven despacio los viejos edificios, las aceras sucias, los seísmos en la sangre. Esto de los seísmos en la sangre se lo he copiado a alguien y he olvidado a quién. El azul del cielo es casi negro y no como ayer, y los huesos míos son de porcelana y me avisan del frío tremendo que hace. La luz de una farola se refleja mal reflejada e ilumina las baldosas grises del suelo y no a la chica que fuma junto a una pared, como debiera. Lleva un gorro de lana, ella. Y me hace sentir bien, verla así. Tan tranquila. Su pelo cae como una cascada otoñal y hasta su propio final, como caemos todos. Me dan ganas de acercarme y pedirle un cigarrillo. Hay ruido. Es el sonido de la gente a nuestro alrededor. ¿Pero es que nadie está viendo el fútbol? Me acerco del todo a la esquina de esa calle que recoge la misma librería Antonio Machado en la que estuve hace tan solo unas horas. Hace tanto frío que Lorena me espera dentro. El invierno se nos ha echado encima otra vez y sin avisar siquiera. Busquen mantas, películas, bolsas de palomitas y café caliente, unas buenas zapatillas de andar por casa y sobre todo compañía, a ellas o ellos, y que los meses de frío que vienen los pille confesados.

Parece ser que, desde ayer, Manuel Rivas sigue dirigiendo el evento. Sale de cuando en vez al escenario a decir algo, como si fuera un breve recuerdo de otros años, una aparición. Me había dicho mi hermano que había estado leyendo una vieja entrevista a Manuel Rivas, y que tendríamos que mudarnos con cierta urgencia a Galicia, para dedicarnos a escribir y tener un huerto. Decía Paul Theroux que, desde pequeňo, se le había metido en la cabeza que los mejores escritores eran héroes sumamente defectuosos. Me parece esto algo bonito que recordar antes de ponerme a escribir sobre algo tan relacionado con la literatura y con los propios escritores.


Texto de Manu Mérida publicado en Negratinta. Pueden leer aquí más textos del autor.

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