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El alma de los violines [por Antonio Lafuente]

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Los violines tienen alma. No es una prosopopeya, es literal. Me lo ha contado Borja Bernabeu, lutier madrileño que vive y trabaja en Cremona (Italia): «El alma es un cilindro de abeto. Se coloca a presión, sin encolar, entre la tapa y el fondo, ligeramente por detrás del pie derecho del puente. La tradición dice que el alma transmite el sonido de la tapa al fondo. A través de mínimos movimientos de este cilindro, hablamos de décimas de milímetro, se puede modificar radicalmente el sonido de un instrumento».

Los violines tienen alma. No es literal, es una prosopopeya. Me lo ha contado Idoia Uribarri, pianista vasca que vive en Nueva York y mi guía por las tierras amables pero a veces engañosas de la música: «Todos los instrumentos tienen alma. No es sólo la de quien la toca, sino la suya propia. Pero el violín es un caso especial porque es longevo. Por ese motivo, su alma envejece y se va enriqueciendo, tanto por un sonido que mejora con el paso del tiempo como por su relación con las almas de todos los que lo han poseído y tocado».

Lo que ocurre también con el violín es que esa alma tiene un precio y, al igual que sucede con las personas, cada violín tiene el suyo. Unos se venden por tan sólo 150 euros y otros por trece millones. Establecer ese precio, medir el alma de un violín, es un arte o un mercado, depende de los ojos que lo miren o los oídos que lo escuchen (ya sea el lutier, el músico, el marchante, el coleccionista o el especulador). Ese alma se tasa por su sonido, sí; pero también por otros factores que van desde la madera hasta la creación escultórica.

Los violines más baratos vienen como casi todo de China, país que se ha convertido en el mayor productor mundial. Son los parias de la familia. Su alma espiritual pertenece a la intrahistoria de la música, pasan de forma anónima y mueren casi igual, queridos tan sólo por quienes los han conocido, pero no por el país de los músicos. En ellos se observa, mejor que en ningún otro, la mística de las mercancías marxista. Fabricados por trabajadores que ganan céntimos de euro, arriba o abajo, llegan a los mercados estadounidenses y europeos a precios de entre 150 y 200 euros para estudiantes que empiezan a tocar el instrumento. A veces se pueden comprar incluso más baratos yendo directamente al proveedor chino a través de internet. «Son casos en los que la necesidad aprieta», me explica Ana Uribarri, hermana de Idoia, violinista y profesora en el Centro Integrado Padre Antonio Soler, una de las tres instituciones educativas que hay en España donde la música no es una maría sino la razón de su existencia, pues aúna las clases de Conservatorio con las enseñanzas generales en un sistema que otros países desarrollados pusieron en marcha hace cien años. 

Los violines chinos baratos sirven para esa función, para empezar a estudiar, para hacer «la gimnasia del violín» y ejercitar el talento porque, como dice Ana desde El Escorial madrileño, «cuando falta un buen instrumento es necesario desarrollar destrezas que permitan disimular la realidad de lo que se posee». Pero aún si «un buen instrumentista puede conseguir su propósito con la peor caja de fresas», al final siempre surge el problema: «Llega un momento en el que la realidad deficiente del instrumento es aplastante y hay que encontrar otro».

Músico tocando en la calle en Lisboa, 2008. María Cardeñas

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