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El editor novato y las matemáticas. A modo de editorial

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De cuando El Maligno es tan torpe que es mucho peor. Y de sus estragos

La primera vez que alguien me habló del principio «ganar/ganar» no entendí nada; lo hizo un hombre que me hacía regalos carísimos con cierta frecuencia y con el que no podía comunicarme apenas. «Busco el win win», me decía, en inglés, para más inri. Y yo no veía más que pérdidas por todas partes, nadie parecía contento, ni él —jamás le escuché una buena carcajada— ni por supuesto yo, que me sentía poco menos que como una dama de compañía, como la mujer de Trump, pero sin ese cuerpo, ni ese pelo, ni nada más que el agobio, esa sensación de vacío que sospecho que siente, al ver algunas fotos; qué gracia podía tener algo con un nombre tan engañoso, entonces. «Esto es algo que les han contado en el banco para hacerles comulgar con ruedas de molino», me dije. Y lo dejé estar. Cuando luego lo escuchaba, «ganar/ganar», en algún otro sitio, me acordaba de los viajes, de todos aquellos regalos, los sitios carísimos donde me llevaba, de mi infelicidad aquellos días, cuan larga era… y colocaba a quien usaba el término, el win win, ya fuera en inglés o en castellano, en un lugar junto a los seguidores de Osho y Coelho. Y a correr.

Y hace no mucho, como regalo de Reyes, mi hermano mayor me regaló un libro, «que seguro que no tienes»: Los 7 hábitos de la gente altamente efectivaY lo empecé a leer con curiosidad. Me chiflan los libros de autoayuda, los intentos de sistematizar comportamientos que son tan de sentido común, las frases lapidarias que encabezan los capítulos y que luego acaban en postales con puestas de sol o flores melosas o qué sé yo, todos esos lugares comunes. Leí y leí mientras el resto de mi familia veía la televisión, hasta que llegué al «ganar/ganar», uno de los hábitos. No tenía nada que ver con la torpe puesta en práctica que yo había padecido. Ni de lejos. Tenía todo el sentido del mundo. Y me lo quedé. Iba a aprender a usarlo en serio. Y lo que era aún más difícil: iba a aprender a hacérselo ver a los posibles futuros editores novatos, si volvía a colárseme alguno por la puerta de Librerantes

Un «perder/perder» de manual

Un editor novato, uno que empieza, y aún más uno que se ha ocupado directamente de distribuir sus libros, llamar a las librerías, que ha dedicado esfuerzos, tiempo, ganas, a esto de hacer llegar los libros a los puntos de venta, puede, si no estás lista, a poco que te despistes, acabar convirtiéndose en un dolor de cabeza de los de muy señor mío, hacerte perder tiempo, dinero, e incluso el sentido del humor. Que es adonde voy.

Llega un momento en la vida de casi* todo editor novato en el que, como quiere hacer más libros, tener más tiempo para leer, producirlos, pensar colecciones, trabajar más en la parte que más le gusta y menos en la que no (la distribución y todo lo que conlleva), empieza a darle vueltas a cómo quitarse esa parte de encima. Como además ya son varios los libreros y libreras —no hay visita que haga a una librería en la que no salga el tema— que le han aconsejado buscarse un distribuidor, que le vendrá bien, podrá crecer, le dicen, a las librerías también les interesa tener cuantos menos proveedores mejor, así se agiliza algo la carga de trabajo diario, el papeleo, toma la decisión, digo, el editor novato, se dice: «Voy a buscar una distribuidora que se ocupe de todo esto».

Lo habitual es que llame a las distribuidoras grandes, las más conocidas, tipo Machado, o UDL, que además es súperguay, su catálogo está en todas los bares que venden libros, además de en todas las grandes superficies. Lo habitual, también, es que no le contesten, o le envíen una carta tipo. Un editor novato no suele tener medios suficientes para tener una regularidad en las publicaciones, por ejemplo. Ése es uno de los motivos. Aparte de que en estas compañías hay gente que sabe mucho —no como esta redactora, que es aprendiz— y que les ve venir… y no se meten en estos berenjenales, para qué, qué necesidad tienen estas distribuidoras de llevarse estos dolores de cabeza. Para eso estoy yo, que tengo unas espaldas así de grandes.

De este modo es como el editor novato llega a Librerantes*. De rebote.

Y al poco de llegar es cuando el editor novato, que hasta entonces había sido una buena persona, tal vez algo ingenuo, seguramente con más de un suspenso en matemáticas en sus años mozos, pero un buen tipo*, al fin, se transforma, muda en una suerte de negrero sin alma ni sentimientos. La distribuidora, según sus cuentas, tiene que conseguir doblar las ventas que ha conseguido él llamando puerta a puerta a las librerías. No se le pasa por la cabeza, en ningún momento, bajo ningún concepto, y esto es lo sorprendente, lo que más llama la atención o clama al cielo, que no tiene recursos económicos para pagar a la distribuidora el tiempo que requiere tal cosa, que sería más o menos tres veces el que él invertía, solito, libro en mano, puerta a puerta, librería a librería. Porque él tiene que seguir ganando lo mismo o más, mucho más, sin hacer ese mismo trabajo, sin hacer absolutamente nada por vender un libro en las librerías. Y tiene que ser, además, inmediatamente.

Más aún, por qué va a seguir visitando a los libreros, que lo haga la distribuidora, que se ocupe la distribuidora de la promoción también, de toda la labor comercial. Él está para hacer libros. Y punto. Eso lo tiene bastante claro. No importa el cómo. Si acaso, importa el cuánto. «Es que ahora resulta que facturo menos», se dice. Cómo puede ser. Ah, claro, por la distribuidora, esta pequeña y atípica distribuidora,  que se lleva, cual vampiro (¡cómo puede alguien pretender cobrar por su trabajo!), en el mejor de los casos, ¡el 20% de lo que vale un libro!. Cómo y por qué por la mitad de lo que él se lleva por cada ejemplar no consigue el doble de ventas de las que él conseguía… cuando no pasaba totalmente de sus libros, cuando trabajaba por ellos.

El editor novato nunca —de verdad: nunca— hace autocrítica. Jamás asume la responsabilidad económica por un retraso, o por tres o cuatro retrasos en un año que han sido fatales a la hora de organizar el envío de libros. Tampoco sabe hablar con un autor pelmazo, explicarle que no vende porque no lo conoce nadie, o porque su libro es una castaña, o porque, ejem, el editor novato estaba preparando otros libros, no podía ocuparse de la promoción del suyo. Eso también lo ha de asumir la distribuidora… Y así todo. Diría «qué puto coñazo», pero es que no me gusta hablar mal.

El editor novato está, mayormente, para dar dolores de cabeza. No es, en fin, y así acabo, una forma de vida especialmente inteligente o sensata. Créanme. Es una de las formas que adopta el Maligno más cansinas y más improductivas. Un «perder/perder» de manual.

No me enviéis a ninguno más, libreros, os estoy mirando ahora a vosotros. Por favor.


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