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Un dónut gigante encima de una gasolinera

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Una vez escogí un libro sólo por su portada. Y por su título. Fui una víctima del diseño. Me entró por los ojos, así de sencillo. Había escogido otros libros en la librería y decidí por primera vez en mi vida llevarme uno por ese motivo. Sin ni siquiera conocer al autor. De hecho sólo salía su apellido. Descubrí en casa que era una autora. A.M. Homes. El libro era Este libro te salvará la vida. Reconozcamos que lo tenía todo para hacer lo que hice. El título parecía un reclamo que te llamaba con humor y en la foto de la portada salía una de las cosas más bellas que se pueden contemplar en la vida: un donut gigante encima de una gasolinera. Un donut gigante. Más bello que el binomio de Newton y la Venus de Milo sumados, si es que la suma de binomio de Newton y Venus de Milo no era ya un donut gigante.

dónutPues como digo el libro parecía guiñarte un ojo y darte un codazo de complicidad. Te salvaré la vida. Pero ya sabes que no. Estamos en un alto nivel irónico, comunicándonos entre cumbres. Je, je. Lo sé, lo sé, le contesté mentalmente. Te compro, venga, te compro. Creo que más de veinte eurazos de hace unos años, que si hacemos la comparativa seguro que son más que los de ahora. Ahí van, me llevo a este libro cómplice con el que he conversado imaginariamente a una altura elevadísima.

Y llegué a casa con mucha ilusión. Y de camino iba pensando que mi primera elección por título y portada solamente tenía que tener dentro un regalo, una compensación. En cierto modo había sido una mezcla de destino, libre albedrío y voluntad lo que nos había unido. Y el donut, claro. Estaba seguro, como un niño que abre un Kinder Sorpresa, por seguir en el mundo de la repostería, de que dentro habría algo, como mínimo, divertidísimo. Como mínimo. Pero esperaba en el fondo, desconociendo al autor que era una autora y la obra, que me topase con una maravilla. Por pura improvisación en la librería, ese dejarte llevar que tenía seguro que transformarse en un gran descubrimiento.

La novelista A.M. Homes

Y entonces llegó ese momento de darme cuenta de que se trataba de una escritora, lo cual me gustó aún más, porque era como el primer paso que confirmaba todo el asombro que tenía que venir detrás. Las siglas A.M. de la portada pertenecían a Amy Michael. Y en la solapa se podía leer que era la reina de las bad girls heroines y retratista inmejorable de la depravación contemporánea. ¡Que más se puede pedir! En la foto salía vestida como una gran dama de Boston, aunque era de Washington y vivía en Nueva York, con una camisa de esas que tienen puños que remiten al siglo XIX, al menos para mí, y que hacen pensar en velocípedos y zepelines. ¡Vamós allá!

Mira por el ventanal. La ciudad se extiende a sus pies, envuelta en un sopor nebuloso. Baja presión. Las nubes ruedan sobre las colinas, emanando de grietas y fisuras como si la geografía misma enviara señales de humo.

Ahí estaba el primer párrafo. Bueno, no está mal. Sigamos. A ver, a ver, a ver… Ay, ay, ay… No, no, no. Ay, ay, ay…

No podía ser. No podía ser. No. Pues sí. ¿Y qué era? Una basura. El helicóptero del Kinder Sorpresa, si es que todavía hay helicópteros en el Kinder, que una vez me tocó uno, al que le falta una pieza. Una ba-su-ra. Sin más. ¿Por qué? Creo que casi bato mi récord de abandonar un libro a primeras de cambio. Las expectativas, todo lo bueno que rodeaba a lo que iba a ser una aventura intelectual fruto de la casualidad y los hechos consumados… al pilón. En menos de media hora de lectura cerraba el libro que prometía tantísimo al adentrarme en principio en un terreno desconocido lleno de posibles peripecias. Desde entonces no he vuelto a repetir la experiencia. El libro no me salvó la vida pero sí de la tontería de hacer esas elecciones de nuevo. Algo es algo, ahora que lo pienso. Gracias, A.M. Homes y dónut gigante encima de una gasolinera por reflejar mi propia idiotez. Gracias.

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