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Diario de una loca del coño. 17 de Abril

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Cuando he llegado Virginia estaba echando espumarajos por la boca: «…una pija gilipollas del barrio de Salamanca. Dependiente emocional, ¡y lesbiana!». «Mujer, qué tendrá que ver que fuera lesbiana», le decía Rita, sin convicción ninguna, ya debía llevar con ella un buen rato; empezaba a notársele el cansancio. «Pues que lo utilizaba, para no estar sola, tener compañía; le llevaba por ahí de viaje, a sitios carísimos y paradisíacos…». En ese punto se le ha quebrado la voz,  se ha puesto a llorar con un desconsuelo que daba una lástima, pobre. Virginia es así. Intensa. Muy intensa. Pasa de la ira más estrepitosa al mayor de los desconsuelos en un pispás. Ha roto con el noviete que tenía y que le pegaba menos que los pegamentos de barra de los chinos marca Junks. Su teoría es que la ha dejado porque necesitaba dejarla, resarcirse por lo que le había hecho su novia anterior, «la lesbiana hija de puta», quien había por lo visto descubierto, de pronto, tras diez años de relación, que le gustaban más las mujeres que las pipas, sobre todo una. Está convencida de que el muchacho, que acabó hecho un trapo, claro, tenía que recomponer su orgullo, que más o menos mantenía ahí ahí no permitiéndose odiarla, «”Ahora es mi mejor amiga”, decía, el pánfilo, cuando le conocí. Va a ser amiga tuya. Hasta que encuentre a otra que cargue con ella y su soledad y sus miserias y problemas de chichinabo». Esta parte ya la decía levantando un poco la voz. Sobre todo chichinabo, que no sé lo que es,  de dónde habrá sacado la palabra. Cualquiera pregunta. Es intensísima. La típica mujer que acaba incomodando enseguida. No sabe medirse. «Es mejor que llores», le he dicho. Llorar es bueno. No es lo mismo que reír, pero también es bueno. Toda esa ira también, no digo yo que no, pero es mejor permitirse estar triste, me parece, luego cabrearse un poco, pegar unas patadas a un saco de patatas, correr, qué sé yo, y luego salir con otro, mujer, si parecía que te lo ibas a comer. Eso no se lo he dicho. Sólo lo he pensado. Si te pones a intentar razonar con ella es peor, dura más. Es tan intensa. Virginia es madre soltera,  tiene dos trabajos, una familia muy particular, ruidosísima,  y un carácter del demonio. Ahora,  además, se había empeñado en tener novio,  sacar de no sabemos qué chistera tiempo para una relación. Había tenido hasta taquicardias, ataques de ansiedad. Todos entendíamos,  incluso nos habíamos solidarizado con él, que la dejaría. Es arrolladora,  un tsunami emocional. Le duró no sé si fueron cuatro o cinco meses. Él era un tipo majo. Nos miraba con curiosidad al principio, hacía muchas preguntas.  Supongo que era su forma de intentar encajar. A mí una vez me preguntó que por qué escribía. «Para comprender el mundo», le dije. Creo que no me entendió. Y es así de sencillo.

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