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Diario de una loca del coño. 15 de octubre

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A G., que piensa de verdad que el cine está sobrevalorado.

Cuando he llegado, Rita estaba regando las plantas. Ha conseguido colocar unas cuantas macetitas en el patio de su casa, que no es, por otra parte, muy grande, apenas unos ocho o nueve metros, una habitación sin techo. Su logro respecto a este espacio ha sido crear un lugar acogedor en torno a las no sé si son petunias, geranios, el aloe vera. Contiene también un aguacate espectacular, majestuoso. El patio se le parece, de algún modo. Allí todo sigue su curso, todo está en su sitio; es natural, diáfano aun estando abarrotado de tallos y flores, armonioso, estable. Ella lo riega con cierta parsimonia, y cambia la expresión de su cara, me parece que no de un modo consciente, dependiendo de la maceta de que se trate, el agua le llega a cada una de una manera diferente, única. Yo sé que hoy está triste, que algo le pasa, sólo por la forma que ha tenido de sentarse, dejándose caer en una de las dos únicas hamacas que, junto a una diminuta mesa de hierro forjado, ha colocado al abrigo de toda esa vegetación que agasaja y contiene a diario. Acabo de caer en la cuenta de que no hemos coincidido nunca Virginia y yo en este rincón. Aquí jamás recibe a más de una persona, para qué más asientos, entonces; cuando vamos juntas, o cuando hay aún más gente, nos pone el té, o de comer o beber, en el salón, alguna vez en la cocina, como es tan amplia. Rodeada de gente, pienso, según veo cómo derrama el exquisito té sencha que ha preparado en mi honor (es así como te sientes cuando llegas a su casa; todo está pensado y medido para ti), desaparece, como si mimetizara con los muebles, con el resto de útiles de la estancia. Y aquí, sin embargo, en este patio pequeñísimo y cálido, donde nos recibe de uno en uno, se deja ver, deja de ser su sombra, muda en alguien tangible, alguien con quien puedes charlar, incluso preguntarle, «qué te pasa», le digo, «estás como tristona». «Nada, bueno, no lo sé. Es que que me he enamorado». Lo dice derrotada, apunto de echarse a llorar, finalmente, implorando ayuda con esos ojos enormes que me tiene. «Qué voy a hacer ahora». Me deja desarmada. Es impensable. Cómo ha podido ocurrir, cuándo. Acaso no llevábamos más de doce años ya sin tener noticias de novio alguno, siquiera de uno de esos amigos que no llegan a pareja, que sólo son una complicación molesta, nada más que un buen montón de trabajo adicional. «Y dónde le has conocido». Le pregunto con cierta torpeza, qué voy a decir que esté a la altura de un acontecimiento de tal envergadura. «No te lo voy a decir, eso es lo de menos». Está aterrorizada. En cierto modo, yo también lo estoy: Rita es la única amiga que tengo en el mundo —aparte de Virginia La Gran Loca del Coño— con la que puedo hablar de libros y películas. Qué vamos a hacer ahora. «Y qué sientes», le digo, como si acabara de contarme que cree que tiene qué sé yo qué enfermedad rara y mortal.  Cuáles son los síntomas. «Miedo. Casi todo el rato es miedo. E incertidumbre. Qué voy a hacer ahora». Pues ni idea, qué puede hacer alguien como Rita, que es casi un pilar de nuestra civilización, la última de las mujeres sensatas, el lugar al que vamos todos en peregrinación a pedir consejo, ayuda, unos alicates, las obras completas de Cervantes, con algo como el amor. El Amor. Nada menos. «Podríamos ir al cine», le digo. Pasan en lo de J. una de Malick. «¿A él le gusta el cine?», pregunto. «No. Dice que está sobrevalorado». Dios Santo, Rita, ¡es un imbécil!. «No, no. Sólo quiere epatar, no sabe cómo no hacerlo. Tiene que ser original y divertido todo el tiempo. Él es así. También es guapo, bueno, a mí me lo parece, y endiabladamente inteligente. Es apabullante. Tengo todo el rato ganas de tocarlo. Es horrible. Me emborracho de él cada vez que lo veo, sólo de verle, apenas soy capaz de articular palabra en su presencia, sólo digo bobadas cuando acierto a decir algo, cuando me pregunta, una detrás de otra, creo que por eso me interrumpe tanto, y luego no puedo dormir durante días. Es terrible, terrible. No sé qué voy a hacer». Yo tampoco. Madre mía, qué lío. Le he propuesto que llamemos a Virgina, seguro que se pone a dar voces, a ejercer de lo suyo, todo ese ruido nos apartará del problema durante unas horas, es imposible pensar a su lado, no digamos ya sentir. «Bueno», concede, «prepararé más té».

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