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Diario de una loca del coño. 12 de Febrero

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Giorgio y el arte de cocinar tortillas

«Me gusta porque toca el piano», le he dicho a Sarita, la niña mayor de Virginia. A mí los chicos que me han gustado de verdad, y han sido muy muy poquitos, me han gustado porque sabían hacer algo así, muy difícil y muy bien, y además casi sin darse cuenta, dándose solo un poquito de importancia. Sarita me mira divertida. Tiene sólo catorce años. Es encantadora. A su lado, incluso su madre se transforma, se suaviza, es capaz de sentir compasión, algo de empatía. Cuando he llegado a su casa estaban jugando a las cartas en el comedor, la niña se había maquillado, llevaba unos ojos que parecían dos agujeros hacia alguna parte interesante y misteriosa; la madre estaba de muy buen humor, tomaba campari con naranja. «Ahora mismo te preparo uno», me dice. Y se levanta y desaparece. Me quedo con Sara para mí. Sarita. «Cómo te va». Es cuando me pregunta por los hombres. «Por qué no tienes novio». Pues porque no se me da bien, no lo sé, me resulta muy difícil seguir siendo yo misma, me parece, y me da un miedo mortal, de pronto, volver a sentirme atrapada. Lo que le digo, en su lugar, es que hay alguien que me gusta mucho. «¿Y no se lo dices?». Pues claro que no, lo estropearía todo, ya no podría contarle mis historias, estoy convencida.  Y dejaría de verle. Y eso sí que no. «Es un amor platónico, Sara. Me basta con quererle», le digo, en lugar de la verdad. Quiere saberlo todo sobre él, a qué se dedica, si es guapo, por qué me gusta tanto. «Es muy, muy guapo. Pero, ¿sabes qué es lo mejor? Que cuando estoy con él puedo hablar de lo que se me pasa por la cabeza, sin medirlo. Y él me escucha, me mira con los ojos abiertos, sin perder ripio, y aun cuando no me toque es como si me diera un abrazo, uno de los confortables. Siento que lo hace para que no pare, para que siga hablando y hablando. Nunca, jamás me interrumpe. Es una sensación increíble, que alguien te preste toda esa atención». «Te brillan los ojos mucho ahora». No me van a brillar; todavía siento el abrazo de sus ojos, qué le habría contado hoy. Ni me acuerdo. Habíamos quedado a media tarde para tomar un té en su casa, él me tocaría el piano un ratito, con cierta impaciencia, nada más para cumplir el trámite, porque yo se lo he pedido. Y al acabar me pediría él que le leyera algo; hoy ha elegido La tabaquera. «Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré/la caligrafía rápida de estos versos,/pórtico partido hacia lo Imposible». Cuando he levantado la vista del libro, allí estaba, mirándome. Solo Dios sabe lo que me cuesta no comérmelo cada vez que le veo mirarme de ese modo. Estoy ardiendo. Pero a Sara no se lo cuento, aún no hemos hablado de sexo, es muy niña.  Hoy le he hecho una foto al marcharme, en la cocina, le cuento. Iba a intentar hacerse una tortilla de patatas. Como C. parece italiano la he titulado «Giorgio y el arte de cocinar tortillas». Me gusta mucho hacerle fotos. «¿Me dejas que la vea?». Claro. «Es verdad que es muy guapo. Y que parece italiano». «¿Verdad que sí?» Pero lo mejor es que sabe tocar el piano, Sara. Eso es lo importante. Y sus libros, su casa parece que va a reventar de tantos y tantos como tiene. Y se los ha leído todos, disfrutándolos. Es mucho más guapo de lo que parece.  «Sí que te gusta…», me dice, algo sorprendida. «Mucho, Sara». Hasta me gusto más yo.

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