Inicio»Textos que nos llegan»Diario de una loca del coño»Diario de una loca del coño. 10 de Junio

Diario de una loca del coño. 10 de Junio

0
Compartidos
Pinterest Google+

duras-1

Iba andando por la calle, pensando en C., en cómo me sonríe cuando le cuento cualquier bobada; me mira de esa manera y es con un chute, me activa, me anima, me hace a mí reír, contar lo que sea que quiere que le cuente mejor, poniéndole detalles que acaso maquille un poco para que le gusten más todavía, para hacerle feliz. Se le ve disfrutar tanto. Y se pone tan guapo. Sabe que me gusta, pero no lo sabe todo. Me gusta de un modo, con una intensidad tal, que me lo podría comer cuando se me acerca, a traición, sin mediar palabra o aviso, a besos o qué sé yo, tal vez morderle un poco, volver a besarle, lamerle, despacio, con dedicación, durante un rato bueno y largo, metérmelo en la boca hasta saciarle del todo, por completo. A veces es así; necesariamente ha de notárseme en las mejillas. Coqueteo con él siempre. Seguro que lo sabe. Esto sí lo sabe. Los hombres saben que nos gustan, siquiera un poco, incluso cuando es mentira y les sonreímos y les escuchamos con atención sólo para ser amables. Él me mira así ahora, lo noto en la distancia, en el recuerdo que tengo de su mirar; según voy andando la calle vuelve a ser así de intenso. Le deseo. Muchísimo. Tanto, que me sonrojo. Tengo que haberme puesto colorada incluso por las pestañas. Me despista un señor, «¡Guapa!», me dice. Será la expresión de mi cara; yo no soy guapa, o tal vez sí lo sea, un poco, por C., por cómo me mira. Sospecho que él tiene algo que ver con mi belleza. «Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter»{*}. Ser hombre ha de ser algo muy difícil, pienso, entonces, de pronto. No había caído. Concluyo que ha de ser complicadísimo; no saber decir tengo miedo. Atascarse en un te quiero y me quiero morir del miedo que me da quererte, maldita, no te vayas nunca de mi lado, qué podría hacer yo sin ti, dime que todo está en su sito, que soy suficiente para ti. Claro. Es eso. No había caído. C. no necesita que yo haga nada especial, que me ocupe de nada, que le diga lo que él me quiere decir, lo que necesita escuchar. Le basta así. Es como en el poema de Ángel González {*}. Yo no tengo que hacer nada. Es suficiente. Le basta. Es eso. Cómo no me lo voy a querer comer. Ya me he vuelto a poner colorada.

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *