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Diario de una loca del coño. 27 de Noviembre

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boligrafo«Mal». Temía que contestara algo así en cuanto apareciéramos por la puerta, al preguntarle qué tal. Iba con Virginia; estaba escribiendo un artículo sobre la gentrificación del barrio de la Latina, «le sacas, que le vendrá bien, y yo te hago las fotos, que también me vendrá bien». Había aceptado, claro. Virginia siempre dice que sí cuando se trata de echar una mano. Es una histérica de manual que además es buena gente, «No me explico cómo no tengo novio», dice, riéndose, cuando nos encontramos y le doy las gracias y le planto un beso sonoro en la mejilla. Se pone muy guapa cuando se ríe. Yo también me río.  Estamos guapísimas las dos. Q. trabaja en la tienda de muebles de segunda mano desde hace no menos de 30 años, conoce cada rincón del barrio, a cada loco, a cada inconsciente; se la compró a la viuda cuando murió su jefe hará casi esos treinta años, por supuesto, protestando por el precio, por el mal negocio que había hecho, «estoy aquí esclavizado», por «la peña, que sólo piensa en sí misma, todo el mundo va a lo suyo». Q. puede —y lo hace— decir algo malo de cualquier persona con la que se haya encontrado, a la que haya tenido que tratar siquiera durante unos minutos. «Mal», temía que dijera. Si le dejas, te echa encima, sin darse apenas cuenta, ya no se da cuenta, con una facilidad pasmosa, brutal, el resto de su vida, miserable, la que construye mal mal día a día, con tesón y profesionalidad, no vaya la dicha a colarse por algún resquicio obligándole a dudar, valdrá acaso la pena vivir, porque tendría entonces que ocuparse de hacerlo, enfrentarse al enorme vacío que dejarían todas las quejas, los reproches, las personas a las que ha echado de su lado. «Eres una exagerada», me dice Virginia, en un aparte. Había exagerado, es verdad. Prefería prepararla, predisponerla. Así sería más sencillo que no fuera tan mal. Lo que ha ocurrido en realidad es que Virginia está de buen humor hoy, sonríe todo el tiempo, como si estuviera coqueteando, implacable, certera. Por eso es tan buena en lo suyo cuando está bien, cuando por fin arranca, consigue en seguida que la gente, los desconocidos, sobre todo los hombres, pero también las mujeres, con todas sus aristas, sus cambios, sus matices, le cuenten sus historias. Les mira y les trata como si de verdad le estuvieran descubriendo algo único, apreciado, definitivo. Cuando vuelve —Q. había desaparecido por la puerta que da a la trastienda en cuanto vio que empezábamos a despedirnos— trae dos cajitas de cartón, casi sonríe al tendérnoslas: «Tomad». Una para cada una. Es a Virginia a quien quiere complacer, claro. Ella se da cuenta, se crece, vuelve a sonreír. Qué tía. Ahora sí está coqueteando. Se lo va a merendar, está perdido. Abrimos nuestros regalos: son dos figuritas de madera tallada. La mía es un ratón saliendo de un agujero, la suya un cervatillo que parece haber oído algo, a lo lejos. Nos gustan mucho. Ya en la calle, hago como que he olvidado cualquier cosa y vuelvo un momento para preguntarle «Qué tal». «Bien, muy bien. Es muy maja», me dice, con una cara de bobo que te lo comes. Qué gracia. Qué tonto.

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