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Diario de una loca del coño. 11 de febrero

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Vaso de plástico rojo en el parque

Cuando he llegado había una señora muy muy loca. Quiero decir que estaba dando voces, que incluso podíamos adivinar, todos los presentes, incómodos, cansados, impacientes,  y aquello parecía que no iba a acabar nunca, gotas de saliva explotándole desde la boca hacia el mostrador, tal vez alguna haciendo diana en el funcionario de correos, abrumado, acorralado. «Ya le digo que lo tiene que hacer el director de la oficina, y no lo ha hecho, y ahora ya no está». El pobre hombre había empezado a tartamudear un poco. La energúmena, flaca, desabrida, decía una y otra vez la misma cosa, con variaciones: «¿Y qué hago yo ahora si tu jefe no ha hecho tu trabajo? Porque yo soy abogada. Y también tengo que trabajar. Y no puedo hacerlo porque tu jefe no ha hecho su trabajo». Pronunciaba tu jefe, tenía esa capacidad, algo muy sutil, humillándolo, dando a entender que él, el hombre tras el mostrador, era una miseria, de algún modo no merecía vivir. Tal vez por haber tenido ese jefe. Tal vez por alguna otra circunstancia aún más vergonzosa. Y no podíamos hacer nada. Intervenir hubiera sido peor, hubiera alargado el incidente, tendría otra persona con quien discutir, que era lo que necesitaba. Horror. Teníamos que dejarla, que siguiera hasta la extenuación, hasta que ya no pudiera seguir soltando una y otra vez la misma historia por falta de aliento, porque empezar ella a darse cuenta, por algún milagro, de la facha que tenía, de que todas esas personas que la miraban, desde la distancia, estaban dos peldañitos por encima de ella en alguna escala imaginaria era impensable. Imposible razonar con ella. Un abismo nos separaba: a un lado, el personaje central, dando mal para desahogarse; a otro, el resto, esperando, mirándonos los unos a los otros, haciendo comentarios con cuidado de no ser oídos, podía atacarnos a alguno, en cualquier momento, había que andarse con ojo… Y entonces se me ocurrió. Que podía hacerlo. Y lo hice: como necesitaba un interlocutor elegí a una señora educada y limpia, entrada en carnes, lozana, diría que hasta simpática. Era perfecta. Se lo solté: «Una vez vi cómo le estallaba un ojo a una mujer así. No se sabe nunca. El cuerpo es sabio y pasan estas cosas. Son respuestas». Lo dije en un tono normal, aprovechando una de las pausas que hacía la lunática para tomar aire. Conseguí no soltar la carcajada y decirlo de seguido no sé cómo, porque era una cosa muy graciosa imaginar el ojo por ahí botando. Qué imagen. Qué risa. Funcionó, claro. Se calló inmediatamente, se volvió hacia  mí y ya sí que me te tuve que reír, con estrépito, no había quién pudiera pararlo. La oficina empezó a contagiarse, primero la señora a la que utilicé, cómplice involuntaria e ideal, luego el resto, unas doce o trece personas eran las que estaban haciendo cola,  divertidas ahora, celebrando la ocurrencia, sabiendo que había por fin acabado ese rato desgradable, largo, de pronto. No nos dimos cuenta de cuándo salió. Cómo lo haría. Pero qué risa.

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