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Cuando no se puede pronunciar «perro» [por María Isabel Gutiérrez Cobos]

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En 2010 el invierno se alejaba y, con el verde de estreno y los primeros olores de las flores en el aire, mi ánimo se caldeaba a la espera del verano y los 15 días de descanso en la playa a finales de junio. Sin embargo, hacía unos dos meses que venía sintiendo que, en contra de mi voluntad, mis palabras se ralentizaban en la boca al ir a pronunciarlas. Siempre corriendo, mi discurso iba también veloz. Hablar ha sido siempre el instrumento más eficaz para mi trabajo y mi vida personal. Hablar, modular, buscar la palabra precisa, el matiz, el tono para convencer, manipular, seducir. Y de repente algo me frenaba.

Vivo en Madrid y cuando comienza esta crónica tenía 49 años. Estudié Geografía e Historia en la universidad y encontré trabajo como secretaria gracias a tener un buen nivel de inglés. Resultona, más bien bajita, de pelo color caoba, con facciones armónicas, dedos largos en manos y pies y caderas anchas. Y coqueta. Fui ascendiendo y llegué a un puesto directivo al cabo de unos años. Tuve amores y desamores hasta que, ya crecidita, conocí a un italiano simpático y arrollador, A, y decidimos vivir juntos y tener hijos. Todo iba a buen ritmo y el futuro, tiempo en el que me encontraba casi siempre centrada, se presentaba muy acogedor. La boda y la hipoteca, todo fue tal y como lo imaginaba. Me quedé embarazada enseguida y, en cuanto pude, buscamos la parejita, que resultó ser niño también. Fueron pasando los años dedicada a mi trabajo, a mi familia y cuidando de cumplir con todo aquello que había imaginado.

En el presente de cada día me despertaba y en el revuelo de las primeras horas llevaba a mis hijos al colegio (entonces de 4 y 6 años). Casi siempre desayunaba mientras conducía. Tenía calculados los minutos, los semáforos, las curvas, el mejor carril por el que avanzar. Un día de tantos nos encontramos a un autobús averiado ocupando casi toda la calle. Yo, rápida, calculé la altura del bordillo y dije en alto mientras metía la primera marcha:

—¡Rezad lo que sepáis!

Maniobré subiendo la mitad del coche a la acera superando el obstáculo. Mientras lo hacía se escuchó la vocecilla de mi hijo mayor, que decía:

—Padre nuestro que estás en los cielos….

Cada mañana tomaba café con S. Rubia de pelo finísimo, cercana a los 50 años, ojos claros y gran amante de los zapatos y el baile. Durante años llegábamos a la oficina con puntualidad, despachábamos los primeros asuntos y, mirando el reloj, procurábamos salir sobre las diez a tomar un café que nos asegurase el buen tono para el resto de la mañana. Hablábamos de nuestra jornada, yo me confesaba un poco, ella se reía y mostraba su talento para relativizar casi todo. No recuerdo el momento exacto en el que me di cuenta que de vez en cuando no conseguía pronunciar bien alguna palabra y de que mi lengua, algo torpe, no lanzaba al aire las palabras a la velocidad que quería. Un día me atreví a preguntarle a S si notaba que hablaba más despacio y que no pronunciaba todas las palabras bien. Me dijo que no. Una o dos semanas después me visitó mi hermana. Es médico. Respondió a la misma pregunta con igual negativa. Sentadas en la cocina, y con un día por delante para compartir, la pregunta y la respuesta se desdibujaron rápidamente. Creo que ninguna de las dos quería aceptar que algo no iba bien.

Sin embargo cada vez sentía más torpeza. Un lunes de finales de marzo, rompí mi rutina habitual y marqué el número de un hospital para pedir cita con un especialista que, suponía, debía saber qué hacer para averiguar qué me pasaba. Un neurólogo. Me dieron cita para el 7 de abril.

Elegí un médico de la sociedad privada de salud que tengo contratada desde que pensé en tener hijos. Un hospital cercano, cómodo y rápido para –siempre pensando en la eficiencia– sacarle el máximo rendimiento al tiempo. Me encontré con una doctora, con ese tipo de expresión que les hace parecer envarados. Le conté lo que me pasaba y por primera vez escuché:

—Resulta obvia su dificultad para pronunciar bien las palabras.

Y me soltó el primer término del vía crucis que empezaba en ese momento: «disartria». Dijo también que se llegaría a un diagnóstico a base de descartar lo más obvio primero. Yo, muy entera, anoté las pruebas que tendrían que hacerme y volví a la oficina.


Este es un fragmento de Cómo se aprende a vivir sin poder pronunciar perro y algo más, de María Isabel Gutiérrez Cobos, publicado en la Antolojía de Fronterad, de venta en nuestra red de librerías.

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